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García Bergés, Eduardo

Contenido disponible: Texto GEA 2003

(Zaragoza, 2-IX-1852 – Madrid, 18-III-1923). Tenor de zarzuela. Por lo general se le cita en los periódicos de la época como Eduardo Berges o Eduardo G. Berges, de lo que se deduce que su primer apellido no parecía muy apropiado para figurar en las carteleras. Hijo de un militar que alcanzó el grado de coronel, después de aprobar la segunda enseñanza hacia 1870 se trasladó a Madrid para cursar la carrera de Arquitectura, estudios que siguió hasta 1874. Tal vez por su espíritu inquieto y deseoso de conocer mundo, a lo que sin duda también contribuiría su afición por la música lírica, le decidieron a enrolarse con una compañía de zarzuela que en 1875 se trasladaba a la Habana donde actuarían durante varios meses.

Este periplo americano le fue especialmente útil para adquirir o ampliar los conocimientos del oficio que le servirían para mejorar su posición en el elenco de la compañía; tras el regreso a España, en 1876, ya figura como otro primer tenor. Con ésta y otras agrupaciones similares recorrería toda la Península, adquiriendo cierta popularidad, aunque su auténtico debut artístico y personal ocurre en 1880, al participar como primer tenor en la representacion de El dominó azul, de Emilio Arrieta, en el Teatro Apolo, de Madrid junto a la tiple Almerinda Soler, también aragonesa. Comentando sus cualidades como cantante decía la Crónica de la Música: «El señor Berges tiene una bonita voz de tenor de medio carácter, robusta y bien timbrada en las cuerdas bajas y central, y un tanto débil en la aguda. Canta con afinación, y tan pronto como deseche el temor de que se hallaba poseído, producirá aún mejor efecto». De este triunfo también se hacía eco la prensa zaragozana en el mes de septiembre del mismo año.

No resulta fácil seguir los pasos de Berges en esta época, trabajando de teatro en teatro por toda España, en los que gracias a su bien ganado prestigio tuvo la oportunidad de participar en los estrenos de destacadas zarzuelas como La tempestad, en 1882 o El milagro de la Vírgen, en 1884, ambas de Ruperto Chapí, acompañado nuevamente en esta segunda por Almerinda Soler. Además de las nombradas, en su dilatada trayectoria profesional también figuran las primeras representaciones de obras como La Bruja, El rey que rabió y El duque de Gandía, las tres, así mismo, de Chapí; San Franco de Siena, de Arrieta; la ópera Guinera, de Brull; las traducciones al castellano de Dinorah, Carmen o Filemón y Baucis, y hasta de una versión de Bocaccio.

De Eduardo Berges se dice que fue el tenor de la zarzuela grande e incluso se lo conoció como el tenor de Chapí; según una información publicada con motivo de su muerte, su irrupción como primera figura en la profesión fue paralela con la puesta en escena de las obras de autores como Barbieri, Gaztambide, Oudrid o los ya citados Arrieta y Chapí, en un primer momento, y algo después Bretón y Fernández Caballero, que elevaron a primer rango a la música lírica española en un momento en el que el llamado género chico, con libretos y melodías más populares y hasta parodiando en ocasiones a las anteriores, se anunciaba con gran profusión en los teatros de todo el país.

A nuestro personaje siempre se le recibió con gran cariño y admiración en su ciudad natal en la que actuó en numerosas ocasiones. A primeros de julio de 1889, hospedado en la fonda de Europa, fue obsequiado con una serenata por parte de una rondalla local. Continúa la nota: «A ruego del público que se aglomeró en la plaza de la Constitución, el simpático artista cantó la jota aragonesa, siendo aplaudido estrepitosamente». No sabemos si como consecuencia de esta circunstancia o porque ya lo tenía previsto, unos días después se dice que estaba organizando una rondalla aragonesa para realizar una campaña artística en París. La idea parecía prometedora cuando en esa ciudad se celebraba la Exposición Universal, suceso que la convirtió en la capital del mundo; la torre Eiffel es el recuerdo más conocido de esa celebración; no obstante, los inconvenientes debieron de ser tan insalvables, sobre todo los económicos, que el proyecto no pudo llevarse adelante.

Una de sus últimas actuaciones en Zaragoza, tal vez la postrera, tuvo lugar entre los días finales de 1907 y primeros de 1908, cuando se presentó en el teatro Principal la compañía de zarzuela dirigida por los señores Berges y Bouza. Para el día 3 de enero se anunció la función en su beneficio en la que se representaría El milagro de la Virgen, obra muy ligada a su trayectoria profesional y de la que se dice cantaba como nadie. A los casi sesenta años de edad, de ellos unos cuarenta sobre los escenarios, sus facultades ya no podían ser las mismas que décadas atrás; sin embargo, la crónica dice que cantó como en sus mejores tiempos y que la selecta concurrencia aplaudió con calor sus intervenciones. Por desgracia la dura noche invernal privó a muchos zaragozanos del deseo de salir de sus casas, lo que repercutió, sin duda, en la asistencia al teatro; Berges se lamentaba por ello, puesto que a pesar de ser hijo de esta ciudad no había acudido el público que cabía esperarse.

Los últimos años de su vida fueron algo difíciles; carente de unos ahorros que le facilitaran un razonable vivir en su vejez y excesivamente grueso para representar los papeles de tenor, por esencia el galán en estas obras líricas, se vio apartado poco a poco de los escenarios y relegada su participación a actuaciones ocasionales. Por suerte, aún consiguió un puesto de funcionario municipal en Madrid con el que pudo sobrevir modestamente hasta sus últimos días. Sobre estas tristes circunstancias se reflexiona en la antes citada información: «Y ahora la muerte en el olvido, y en el olvido ha sido ha sido sepultado».

 

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