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Avellaneda, Alonso Fernández de

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 23/03/2010

Nombre al que va atribuida una continuación de la primera parte del Quijote Buscar voz... de Cervantes (1605) que se publicó en Tarragona en la segunda mitad del año 1614 con el título de Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha..., «compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas». Que el libro fue impreso en Tarragona, cosa que han discutido algunos bibliógrafos, lo demuestran los nombres de los firmantes de las aprobaciones episcopales y ciertos rasgos propios de cajistas acostumbrados a componer en catalán.

La narración se inicia un año después de lo relatado por Cervantes en la primera parte y en el lugar de la Mancha ahora decididamente identificado con Argamasilla de la Mancha, o de Alba. El retorno a la lectura de libros de caballerías y la llegada a la aldea del caballero granadino don Álvaro Tarfe inducen a don Quijote (aquí llamado Martín Quijada) a reemprender su vagabundeo en busca de aventuras y en compañía de Sancho Panza. Tras una aventura en la Venta del Ahorcado, llegan a Ariza Buscar voz..., donde don Quijote fija un cartel en el que se firma El Caballero Desamorado (pues ha renunciado al amor de Dulcinea), y luego a Ateca Buscar voz..., donde ocurren algunos incidentes. Los capítulos VIII a XIII transcurren en Zaragoza Buscar voz..., donde don Quijote es encarcelado por sus locuras y donde, libertado gracias a don Álvaro Tarfe, participa ridículamente en una sortija caballeresca que se celebra en el Coso. De retorno a Castilla, don Quijote protege a una vil mondonguera de Alcalá llamada Bárbara, que le acompaña a Sigüenza, Alcalá y finalmente a Madrid, donde ocurren muchos lances ridículos, hasta que don Álvaro lo interna en el famoso manicomio de la Casa del Nuncio de Toledo.

El libro va precedido de un prólogo en el que el autor escribe frases muy insultantes contra Miguel de Cervantes. La primera reacción de Cervantes contra este libro se hizo pública en otoño de 1615, en la dedicatoria de sus Ocho comedias y ocho entremeses, donde se limita a anunciar la pronta publicación de la segunda parte auténtica del Quijote. Al aparecer ésta a finales de 1615, Cervantes desautoriza por razones literarias y de fingida historicidad la continuación de Avellaneda, a quien secuestra el personaje don Álvaro Tarfe para donosamente desmentirlo, y entre otras hace dos afirmaciones decisivas, que sería absurdo poner en tela de juicio porque él mejor que nadie sabía quién era su rival: que Alonso Fernández de Avellaneda es un pseudónimo y que esconde la personalidad de un aragonés. Que el autor del Quijote de Avellaneda fue aragonés ya parece darlo a entender el itinerario de la novela, su conocimiento de Ariza, Ateca y Calatayud Buscar voz... y las precisas referencias urbanas a Zaragoza: don Quijote se aproxima a ella por la Aljafería Buscar voz..., entra por la puerta del Portillo, admira los gigantes que flanquean la puerta del palacio de los Luna, hoy Audiencia, las torres mudéjares de la ciudad, entre ellas la Nueva, la principalidad de «la famosa calle del Coso» y «la ancha plaça que en esta ciudad llaman del Pilar», etc. Claro que todo ello podría deberse a la pluma de un no aragonés que conociera estas tierras y la capital.

Lo que realmente convence del aragonesismo del llamado Avellaneda son determinados vocablos y giros del lenguaje que se dan o se daban con mayor intensidad en Aragón, como tomar la mañana, «madrugar»; torçón, «retortijón»; puesto, «sitio»; de repapo, «cómodamente»; despanzorrar, «despanzurrar»; chinchón, «chinchón»; mossen, tratamiento de sacerdotes; barruga, «verruga»; cansacio, «cansancio»; botica, «tienda», no específicamente «farmacia»; sorbiscones, «sorbos»; horno, «panadería»; pedir, «preguntar»; hazer paxaritos, «hacer primores»; señal en masculino; passar el rosario, «rezar el rosario»; drecho, «derecho»; malagana, «indisposición», etc. Añádanse constantes construcciones de en seguido de gerundio (en llegando, en vez de «al llegar») y de infinitivo (en salir, en vez de «al salir»); la locución a la que, en vez de «cuando»; omisión de la preposición de (delante mis ojos), etc. Estos rasgos aragoneses, que aisladamente poco significarían, abundan tanto en el falso Quijote, que demuestran que Cervantes tenía toda la razón cuando afirmaba que su encubierto competidor era un aragonés.

Este personaje se revela también, en las páginas de su novela, como hombre muy piadoso, severamente contrarreformista y muy devoto del rosario (características que no obligan necesariamente a considerarlo sacerdote o religioso, pues eran numerosos los seglares así); buen conocedor de la topografía de Alcalá de Henares y la vida estudiantil de su Universidad, lo que hace verosímil que allí hubiese cursado estudios; y ferviente admirador de Lope de Vega, quien, como es sabido, tenía relaciones literarias muy tensas con Cervantes.

El Quijote de Avellaneda es una obra de cierto valor literario, de trama hábil y entretenida, de acusado realismo quevedesco y con algunos episodios bien logrados. Pero, desgraciadamente para él, pretendió competir con una de las novelas mejores de la literatura universal, y el lector, por más esfuerzos que haga, siempre compara el relato de Avellaneda con el relato de Cervantes, con grave detrimento para aquél; y la segunda parte cervantina constituye la mayor derrota de la segunda parte apócrifa.

Desde la primera mitad del siglo XIX aparecen monografías en las que sus autores pretenden haber descubierto la verdadera personalidad de Alonso Fernández de Avellaneda; van desde los estudios de cierta lógica y sensatez hasta las más disparatadas lucubraciones y fantasías. De cuando en cuando, e incluso a veces aireados por la prensa, aparecen libros o artículos en los que se proclama que finalmente se ha descubierto quién era Avellaneda, libros y artículos que pronto caen en el descrédito y el justo olvido. Y hase de advertir que, cuando algún erudito o aficionado presenta la candidatura de algún personaje o escritor que no fue aragonés, lo primero que hace es intentar convencer de que Cervantes ignoraba quién era su rival o que lo llamaba aragonés para desorientar, y desde luego pasa por alto o intenta minimizar los abundantes y tan significativos rasgos aragoneses de la prosa del Quijote de Avellaneda.

• Bibliog.:
Morel-Fatio, A.: «Le Don Quichotte d’Avellaneda»; Bulletin Hispanique, V, 1903.
Cossío, J. M.ª de: «Observaciones sobre el Quijote de Avellaneda»; Boletín de la Biblioteca Menéndez y Pelayo, XVII, 1935.
Gilman, S.: «Alonso Fernández de Avellaneda: A reconsideration and a bibliography»; Hispanic Review, 1946.
Gilman, S.: «Cervantes y Avellaneda: estudio de una imitación»; El Colegio de México, Méjico, 1951.
Fernández de Avellaneda, Alonso: Don Quijote de la Mancha; edición, introducción y notas de Martín de Riquer, «Clásicos Castellanos», tres tomos, Madrid, 1972.

 

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