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Abu Bakr Muhammad ibn Yahya ibn al Saig ibn Bayya, «Avempace»

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 05/08/2009

(Zaragoza Buscar voz..., ? - Fez, Marruecos, 1138). Filósofo Buscar voz... y científico musulmán Buscar voz..., nacido en la segunda mitad del siglo XI en Zaragoza, en fecha muy imprecisa. Más conocido en el mundo latino por Avempace. Parece que perteneció a una familia de artesanos, posiblemente orfebres, y se sabe muy poco de sus primeros años, que pasó en Zaragoza, iniciando en ella su educación científica y filosófica. La escuela filosófica zaragozana era ya conocida por su importancia en la época. Cuando vinieron los almorávides Buscar voz..., la fama de Avempace como filósofo, científico, músico y literato era ya grande, con lo cual se ganó la amistad de los primeros gobernadores: llegó a ser, según parece, ministro de uno de ellos, de Ibn Tifilwit. En 1116, antes de la conquista de Zaragoza por Alfonso I Buscar voz..., emigró a Almería, Sevilla (1118), Granada, Jaén y, finalmente, Fez, retirándose de la actividad política para consagrarse a la vida de la enseñanza y a escribir. Durante sus últimos años tuvo numerosas enemistades con los médicos y literatos de las cortes, muriendo al fin víctima de una intriga en Fez, donde fue enterrado.

Su extensa cultura y reputación abarcó los campos de la medicina, astronomía, matemática, filosofía, literatura... Según García Gómez, es el inventor, en Zaragoza, del zéjel. Incluso una conocida anécdota lo inscribe dentro de una línea medio mística y esotérica: sabiendo Avempace que la noche en que se velaba a un amigo suyo difunto se iba a producir un eclipse de luna, escribió unos versos invitando al satélite a que se ocultara en señal de duelo; el fenónemo se produjo con el consiguiente asombro de los asistentes y el aumento de fama del sabio aragonés. Su reputación, después de muerto, fue grande en el mundo cristiano, judío y musulmán: Averroes lo cita con frecuencia y consideración, y Maimónides le prodiga grandes alabanzas. Entre sus obras pueden citarse: Comentarios diversos a las obras de Aristóteles (p. ej., a la Física, De generatione et corruptione, Historia Animalium, Meteorológica...), a Galeno (Discurso sobre el tratado de los simples; Libro de las dos experiencias; De los temperamentos desde el punto de vista médico...), a al-Farabi (Lógica). Entre sus obras originales (muchas de las cuales, así como de los comentarios, se han perdido): Risalat al-wida («Carta del adiós») traducida al castellano y editada por Miguel Asín Palacios Buscar voz... en Al-Andalus VIII, 1943, pp. 1-87; Kalama fi ittisal al-aql bi-l-insan («Tratado sobre la unión del intelecto con el hombre»), traducida y editada por el mismo autor en Al-Andalus VII, 1942, pp. 1-47; Tadbir al-mutawahhid («Régimen del solitario») traducida y editada también por el mismo autor en Granada, 1946. Algunas de estas obras tuvieron traducción latina y hebrea en la Edad Media.

La gran figura del sabio aragonés coincide con un momento histórico y cultural de particular importancia: es el momento de los reinos de taifas Buscar voz..., al que sucede el de los almorávides Buscar voz... y almohades: al caer el califato de Córdoba, desaparece el centralismo y control califal sobre la política y el pensamiento de la época, con la consiguiente diáspora de los intelectuales, que van a acogerse al mejor mecenas, y la correspondiente dispersión de las bibliotecas cordobesas. Con lo cual surgen numerosas escuelas: las de Toledo, Badajoz, Almería, Zaragoza; particularmente importantes en filosofía las dos últimas. En la de Almería se sigue el pensamiento de Ibn Masarra y en la de Zaragoza hay una fuerte impronta neoplatónica por medio de la obra enciclopédica de «Los Hermanos de la Pureza», introducida entre 1056 y 1064. La tónica general del pensamiento musulmán, de todos modos, en este momento, es la de un fuerte neoplatonismo masarrí y de Algacel, incrementado por la aportación as'arí y de Ibn Hazm de Córdoba.

Se ha querido interpretar a Avempace, dentro de este conjunto y siguiendo la opinión de Munk, como al filósofo que intercepta esta línea ético-teológico-mística neoplatónica para dar paso a un racionalismo aristotélico. Pero no parece ser del todo correcto: Avempace revisa e incorpora al pensamiento español de la época a Aristóteles, Avicena y, particularmente, al-Farabi. Pero el Aristóteles que aporta es el de las versiones sirio-alejandrinas y, por tanto, muy neoplatonizado. Por otro lado, ni Avicena ni al-Farabi son aristotélicos puros; y, finalmente, el propio pensamiento de Avempace se mueve dentro del área masarrí, añadiendo además elementos de Plotino, Proclo y Jámblico. Y todo ello con un talante místico y ascético que permitirá luego a Santo Tomás de Aquino citarlo con frecuencia para temas como el de la visión de Dios en la otra vida y de los místicos. Por lo demás, Avempace es el pensador que marca definitivamente la línea por la que ha de seguir en adelante el pensamiento hispanomusulmán y el primer filósofo que ejerce un influjo directo y notable sobre Ibn Tufayl, Averroes, San Alberto Magno, Alejandro de Hales, Roger Baton, Raimundo Lulio, etc.

El fin del hombre es, para Avempace, la unión con Dios con la doble dimensión cognoscitivo-intelectual y mística. Se trata de un proceso que, arrancando de la materia, culmina en un conocimiento máximo intuitivo y la identificación mística con la divinidad; para lo cual van ayudando, como medios, el perfeccionamiento de nuestras facultades, la formación intelectual y las virtudes morales. Así, establece cuatro estadios de conocimiento o «formas espirituales», desencadenadas por tres tipos de entendimiento (igualmente progresivo): entendimiento material, entendimiento adquirido, entendimiento agente. Este último culmina el camino de máximo conocimiento y máxima unión mística. De esta manera el Entendimiento Agente es, a la vez, el Primer Motor del Universo, al cual tendemos (como lo había sido para Avicena y al-Farabi), y, a la vez, el grado sumo de intelección, con sus caracteres de universalidad, necesidad, simplicidad, eternidad del conocer científico y aun místico. Pero aunque todos los hombres pueden alcanzar este último grado sapiencial (científico y de unión divina), el hecho de lograrlo es para Avempace un don gratuito del Dios libre. Así, el proceso de abstracción a través de las «formas espirituales» y de los tres entendimientos, que más o menos podrían encontrarse germinalmente en Aristóteles, culmina con la contemplación de las ideas puras, en el sentido más plenamente platónico. Sentido, además, confirmado por las frecuentes alusiones al mito de la caverna, de la línea dividida y al del Sol-Bien de la República de Platón.

Llegados a este maximum de conocimiento y unión tenemos el sabio imaginado por Avempace. Un sabio que raramente se da y que, cuando lo encontramos, tropieza con una dificultad capital: el hombre es sociable por naturaleza, siendo esta sociabilidad buena; pero la bondad de esta dimensión se halla empañada por las circunstancias concretas históricas y políticas que ha de vivir el sabio. Por esa razón da Avempace sus directrices a los que llama «solitarios» (en el Régimen del Solitario), para que se desenvuelvan dentro de la comunidad política, para él imperfecta, sin apartarse de ella; viviendo en ella, viviendo en su seno, pero sin mancharse de las imperfecciones: llevando un régimen de «soledad». Soledad relativa, puesto que los sabios-solitarios han de formar entre sí una sociedad ideal que sea modelo y germen de la otra «sociedad imperfecta». Tal sociedad ideal llegará a su plenitud cuando no necesite de médicos corporales (ya que al no haber vicios no habrá enfermedades) ni de médicos del alma ni de médicos sociales (jueces y tribunales).

Su alusión a la medicina era para él vital, pues fue una de las ramas a las que se consagró dentro de la ciencia: había estudiado a Hipócrates y Galeno, y a los médicos musulmanes orientales y occidentales (Arrazi y Abenguafid).

En matemáticas y astronomía dominaba la sintaxis matemática de Ptolomeo: el Almagesto. Maimónides, en un pasaje de los Itinerarios, atribuye a Avempace la primacía de la crítica del sistema de Ptolomeo, por delante de Ibn Tufayl, Averroes y el Petruchí, quienes ostentaron ese honor a lo largo de la Baja Edad Media y el Renacimiento. La base de la crítica de Avempace al modelo cosmológico de Ptolomeo surge de la contradicción intrínseca entre las consideraciones físicas de Aristóteles con la formulación astronómica del modelo hiparco-ptolemaico. Según Maimónides, Avempace aseguraba que estaba en posesión de un sistema astronómico que prescindía de los epiciclos y funcionaba exclusivamente con excéntricos. Aunque no se conoce el modelo cosmogónico de Avempace ni parece que la crítica de Avempace e Ibn Tufayl a la contradicción antes aludida fueran objeto de traducción latina, jugaron el papel de base conceptual para los posteriores desarrollos teóricos de Averroes y otros, que sí se difundieron por todo el occidente cristiano por la vía de las traducciones de Gerardo de Cremona y Miguel Soto. Sólo se conserva un documento de la obra matemática de Avempace. Se trata de una carta que dirigió a su amigo Abu Safar Yusuf ibn Hamad ibn Hasaday, en que trata temas de astronomía y geometría. Relacionado con este tema se puede incluir su Respuesta al matemático Abensid el Muhandis, sobre los métodos de las ciencias exactas.

• Bibliog.:
Casiri: Bibliotheca árabe-hispana; Madrid, 1760.
Codera: Estudios críticos de la historia árabe-española; Zaragoza, 1903.
Sánchez Pérez: Biografías de los matemáticos árabes que florecieron en España; Madrid, 1921.
Menéndez Pelayo: La ciencia española; t. III, C.S.I.C., Santander, 1954.
Taton y otros: Historia General de las Ciencias; t. I: La ciencia antigua y medieval, Barcelona, 1971.
García Gómez: Todo Ben Quzman; Madrid, 1972.
Asín y Palacios: «Tratado de Avempace sobre la unión del Intelecto con el hombre», Al-Andalus, VII, 1942.
Id.: «La carta del adiós de Avempace»; Al-Andalus, VIII, 1943.
Id.: «El régimen del solitario por Avempace»; Granada, 1946.
Asín y Palacios: «El filósofo zaragozano Avempace»; Revista de Aragón, Zaragoza, 1900-1901.
Vernet: Historia de la Ciencia española; Madrid, 1975.
Id.: La cultura hispanoárabe en Oriente y Occidente; Barcelona, 1978.
Millás Vallicrosa: Nuevos Estudios sobre historia de la Ciencia Española; Barcelona, 1960.
Farrukh: Ibn Bajja and the Philosophy in the Moslem West; Beirut, 1945.

Música: Este zaragozano enciclopédico destacó también como excelente músico. Hábil tañedor de los típicos instrumentos árabes de la época, y excelente compositor, su saber alcanzó hasta la teoría musical. «La teoría de la música —dice hablando de él el sabio arabista Julián Ribera, que Ibn Tirmas fue el primero en introducir en Al-Andalus Buscar voz..., tuvo muchos maestros. El libro que se estudiaba era el de Al-Farabi, hasta que el filósofo zaragozano, que tanto se distinguió como inspirado compositor de hermosas y célebres canciones, compuso un tratado.»

• Bibliog.:
Soriano Fuertes, M.: Historia de la música española, Madrid, 1859.

 

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