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Cargos municipales

Contenido disponible: Texto GEA 2000

Para llevar adelante la administración municipal Buscar voz... en la Edad Media, había una serie de oficiales cuyas competencias se fueron perfilando con el correr de los tiempos, a la vez que se multiplicaban los cargos a tenor de la creciente complejidad de aquélla. Su número, funciones, sistema de elección y retribuciones se fijó en las numerosas ordenanzas municipales promulgadas en los siglos xiv y xv.

—Los regidores del municipio: En los siglos xi y xii, sustituyendo paulatinamente al señor local, el magistrado supremo del municipio fue el juez local, designado en un principio por el rey y poco a poco elegido por el concejo Buscar voz.... Tenía funciones gubernativas y judiciales. En la mayoría de los municipios aragoneses, este magistrado supremo no recibía el nombre de juez, sino el de justicia, alcalde o zalmedina. En 1062 se habla en los documentos de un alcalde de Aragón, que entonces se reducía al núcleo pirenaico.

Los principales municipios del Alto Aragón y del valle del Ebro estaban regidos por jurados, así llamados por el juramento que prestaban de defender los intereses de la comunidad. Los jurados eran los representantes del municipio; corporativamente desempeñaban el papel que hoy compete al alcalde. Recibían una remuneración del concejo y su mandato era anual. Los jurados fueron siempre de elección popular y su número varió según municipios y épocas. En Jaca fueron diez desde el principio del siglo xiii, cantidad repetida en Huesca; al menos diez jurados son los que establecieron las ordenanzas de 1445. En Zaragoza, en el siglo xii, hubo probablemente veinte jurados, doce a partir de 1271 y en los años que mediaron entre 1430 y 1442; los redujo a cinco en 1414 y este número fue el que prevaleció en las definitivas ordenanzas de 1442. En los principales municipios del Bajo Aragón no hubo jurados, pero en cambio tuvo gran importancia el juez local y el notario, segundo cargo del concejo y segundo juez, que primero fue de designación anual y posteriormente quedó fijo por varios años.

Los alcaldes o los justicias locales figuraban a la cabeza de los municipios, tras el señor o tenente, en las villas de señorío. El cargo de alcalde era policéfalo, generalmente en número par: dos, cuatro o seis alcaldes. En cuanto a su competencia, constituían un tribunal colegiado de jueces ordinarios del lugar.

Los consejeros formaban el consejo local, una magistratura colegiada cuya misión estribaba en asesorar a los jurados en la mayoría de los actos encaminados al regimiento de la ciudad. El consejo local vino a sustituir en el siglo xiii a la asamblea concejil en muchas de sus funciones. El capítulo y consejo era la asamblea deliberadora y decisoria del municipio y estaba formada por los jurados y los consejeros. En Teruel hubo catorce consejeros desde 1250 (privilegio de Jaime I, de 10 de julio). En Zaragoza eran treinta y uno.

Además de estos cargos preeminentes, en los municipios más desarrollados de la Baja Edad Media se nombraba, por diversos procedimientos electorales, un crecido número de oficiales para la administración económica, representación, asesoramiento, administración de justicia, policía, urbanismo y trabajos subalternos.

—Cargos económicos: La mayordomía fue siempre ejercida por una sola persona, elegida anualmente por los vecinos. El mayordomo era el encargado de realizar los cobros y pagos de bienes y servicios pertenecientes al común de la ciudad. Cobraba sueldo del concejo y disponía de un notario que ponía por escrito los documentos relativos a la mayordomía. Estaba obligado a rendir cuentas al final de su mandato a unos contadores, encargados de revisarlas y aprobarlas. En el siglo xv, en Zaragoza, los contadores fueron sustituidos por un racional. Había además otros magistrados supervisores llamados impugnadores de contos.

La vigilancia del mercado y fiel contraste de los pesos y medidas utilizados estaba a cargo del almutazaf, oficio que existió en todos los municipios del reino. La almutazafía fue ejercida generalmente por un solo hombre, aunque en algunos municipios grandes llegaran en ciertas apocas a desempeñarlo hasta tres personas. El almutazaf contaba con el auxilio de unos funcionarios subordinados a él denominados pesadores de almutazaf. Por su parte el zabacequia vigilaba la equitativa distribución de las aguas, que se respetaran los turnos de riego y dictaminaba en los pleitos por estas cuestiones.

—Cargos judiciales y policiales: Para la administración de justicia y función policial además del juez local, zalmedina, justicia o alcaldes ya citados, auxiliados por los correspondientes lugartenientes, asesores y notarios, existía toda una serie de funcionarios, entre los que cabe destacar por su importancia a los capdeguaytas (cabezas o jefes de guardas locales), que velaban por el orden público evitando las peleas en el recinto urbano y confiscando la armas a los individuos que transitaban armados sin tener licencia para ello. Les ayudaban los hombres de la decena, retén de guardias armados que acompañaba a cada capdeguaytas y cuyo número lógicamente variaba según la extensión del casco urbano. En Zaragoza y en el siglo xv había tres capdeguaytas y tres decenas de hombres, una por capdeguaytas. En otros municipios, caso de Teruel, estos funcionarios se llamaban rondas. En las torres de la villa estaban los centinelas o velas, en total dieciocho (había en Teruel nueve torres), secundados por los sobrecentinelas o sobrevelas.

Las puertas de la muralla estaban guardadas por porteros, a los que el concejo solía proporcionar vivienda anexa a la puerta a fin de que pudieran cumplir su trabajo día y noche. Los porteros abrían las puertas por la mañana y las cerraban por la noche, o durante el día en caso de revuelta interna en la ciudad, que les era comunicada mediante ciertos toques de la campana de determinada iglesia del recinto urbano. Había también guardas de las huertas para vigilar las zonas de regadío, monteros o guardas de los montes y términos, que custodiaban los yermos, deheseros o guardas de ganado para guardar las dehesas concejiles, y guardas de las viñas y sembrados que concentraban su atención en las tierras de vid y cereal.

Para el cobro de multas, prendimiento de malhechores y una larga serie de servicios, se nombraban unos funcionarios subalternos denominados sayones, vergueros, andadores, veedores o alguaciles, apelativos todos que designan, en los distintos municipios, oficios muy parecidos. Los pregoneros y tromperos se encargaban de dar a conocer al vecindario las decisiones de las magistraturas locales, y el corredor del concejo tenía a su cargo la subasta de las servicios municipales y la venta de los bienes del común. Las sentencias criminales —exposición a la vergüenza pública, azotes, mutilación o muerte— eran realizadas por el ejecutor de las sentencias corporales (no se usó el término «verdugo»): este oficio era despreciado hasta el punto de no poder tocar con sus manos las mercancías hasta haberlas pagado, debiendo señalarlas con una varita y contentarse con un examen visual desde las manos del vendedor. En algunos lugares y tiempos se utilizó a un moro para ejecutar las penas físicas.

—Cargos urbanísticos: El cuidado de las murallas, tan importantes para la defensa del recinto urbano, hizo nacer el cargo de obrero de los muros de la ciudad; el interés por la limpieza, orden y buen estado de las vías públicas dio origen al de veedor de carreras, términos y puentes. En algún caso, como ocurrió en Zaragoza en el siglo xv, ambas funciones las desempeñaba una misma persona, llamada veedor de muros y carreras, elegido anualmente para ello, que contaba con un ayudante y varios subalternos. Los maestros de ciudad, a modo de arquitectos municipales, intervenían en la tasación de las obras necesarias en los edificios públicos, vigilaban la conservación y reparación de los puentes, murallas y puertas del recinto urbano, y dictaminaban en los pleitos entre vecinos por motivos de habitación.

—Cargos representativos y asesorativos: La mayoría de los municipios nombraba un procurador, que representaba al concejo en todas las cuestiones civiles o criminales en las que éste tuviera que intervenir como parte demandante o demandada. Para que pudiera actuar libremente y con garantía, el concejo le otorgaba amplios poderes, válidos para el año de su procuración. En Teruel el grupo representativo lo constituían el procurador y «tres de concejo» —citado así en la documentación—. El notario o escribano del municipio redactaba los documentos municipales y consignaba por escrito los acuerdos del concejo y de los regidores en el libro de actas; en algunos municipios el cargo de notario tuvo gran preeminencia, segundo en importancia después del juez local. Las ciudades más desarrolladas contaban con uno o dos abogados, llamados de ciudad, para asesorar a los altos magistrados municipales en las cuestiones legales en que el municipio, como sujeto de derecho, se veía implicado. En Zaragoza había también abogado y procurador de pobres para asesorar y representar de oficio a los menesterosos ante todos los tribunales que juzgaban en la ciudad.

Para optar a cualquiera de los cargos reseñados se exigían ciertas condiciones de fortuna y categoría personal. En algunos municipios era preciso ser caballero; en otros, por el contrario, el serlo vedaba el disfrute del oficio y lo preceptivo era ser vecino. Las condiciones variaban de unos municipios a otros, incluyéndose entre ellas la posesión de una determinada fortuna, sobre todo para los oficios principales. En las ordenanzas municipales extensas, como suelen ser las de la Baja Edad Media, se indican claramente las circunstancias, competencias, funciones y obligaciones de cada uno de los cargos municipales.

• Bibliog.: Arco y Garay, R. del: Apuntes sobre el antiguo régimen municipal de Huesca; Huesca, 1910. Navarro, F.: «Régimen municipal aragonés. Responsabilidad consiguiente al desempeño de los cargos concejiles»; Aragón, VI, 1905. Caruana, J.: «Organización de Teruel en los primeros años siguientes a su reconquista»; Teruel, 10, 1953, pp. 9-102. Falcón Pérez, M.ª I.: Organización municipal de Zaragoza en el siglo xv, con notas acerca de los orígenes del régimen municipal en Zaragoza; Zaragoza, 1978. Lacarra, J. M.ª: «Desarrollo urbano de Jaca en la Edad Media»; Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, IV, Zaragoza, 1951, pp. 139-155.

 

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