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Visigodos

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 16/04/2009

La escasez de la documentación disponible para el estudio de la dominación visigoda en el actual territorio aragonés es muy grande. Lo principal de nuestra información se deriva de datos escuetos en las crónicas de tipo analístico. Según la reconstrucción derivada de los mismos, a partir del 466, cuando desde la corte goda de Tolosa (Toulouse) ya se controla buena parte del territorio septentrional de Hispania, se amplía por iniciativa de Eurico Buscar voz..., esa expansión Buscar voz.... En lo que respecta al valle del Ebro, un comes o conde, Gauterit o Gauterico Buscar voz..., entra con tropas por el Pirineo occidental (posiblemente, por Roncesvalles) y toma Pamplona, Zaragoza «et vicinas urbes», sin que las fuentes mencionen ningún episodio de resistencia armada que, por lo demás, no resulta verosímil.

Los visigodos, romanizados y cristianizados, pero en la confesión arriana, culturalmente inferiores a las capas cultas de hispanorromanos, van, en un primer momento, a intentar imponer por la fuerza su credo. El momento álgido se da con la sublevación de Hermenegildo, duque de la Bética e hijo del rey, que dura entre 579 y 585, de cuyas resultas muere el rebelde. En esos años, precisamente (c. 580), Zaragoza es una excepción. Que se sepa, su obispo Vicente Buscar voz... es el único del que consta la apostasía del catolicismo, para plegarse a las exigencias del poder político, lo que le procura un aumento de influencia en la corte, de cuyo tribunal para el enjuiciamiento de Hermenegildo y posterior condena formará parte. A la vez, Leovigildo emprende su drástica acción contra los pueblos insumisos del Norte, algunos de los cuales hasta hacía poco se atrevían a asaltar emplazamientos del valle del Ebro (bagaudas Buscar voz..., vascones), con lo que Zaragoza y Pamplona forman la retaguardia de esas acciones militares que conducen a la fundación de Vitoria. Tampoco sabemos si la plaga de langosta de 584, que las crónicas mencionan como general, originó perjuicios especiales en estas áreas.

Tras el 589 (III Concilio de Toledo; adopción oficial y general del credo católico por la Monarquía, bajo Recaredo), comienza una integración cultural e ideológica más eficaz y profunda entre las aristocracias respectivas, gótica e hispanorromana (especialmente, los obispos, verdaderos mentores morales de las comunidades hispánicas). Empiezan, entonces, a cobrar inusual importancia los concilios episcopales, a los que asisten regularmente los prelados de Zaragoza, Huesca y Tarazona ( concilios visigodos Buscar voz...), celebrándose en el hoy territorio aragonés los llamados II de Zaragoza Buscar voz... (592; el primero es del 380), de Huesca Buscar voz... (598) y III de Zaragoza (691), los dos primeros de carácter «provincial» y el último único caso de sínodo «nacional» celebrado fuera de la capital regia, Toledo.

No obstante las enérgicas acciones de Leovigildo frente a los «vascones», vuelven esas gentes a intervenir violentamente en el Valle. Sus bandas irregulares actuaron en ambos lados de las vertientes pirenaicas y turbaron de modo notable la vida de amplias zonas. En 625, los desórdenes originados en toda la comarca de Zaragoza y aledañas por el norte, exigirán la intervención de Suintila Buscar voz... (fundación de Olite, como fortaleza de vigilancia). En ese mismo año, San Braulio Buscar voz..., el obispo cesaraugustano, narra a su admirado mentor, San Isidoro de Sevilla Buscar voz..., cómo se ha visto imposibilitado de mantener su habitual correspondencia no sólo por el empobrecimiento y la ruina generados por la carestía agraria, sino porque las incursiones vasconas han sembrado el desconcierto e interrumpido la vida regular y las comunicaciones. A pesar de las acciones de Suintila, el soberano va a ser depuesto, en una parodia de juicio. Un ejército de francos Buscar voz... enviado por el rey Dagoberto entra en Hispania y, concomitantemente, Sisenando Buscar voz... es proclamado rey de los godos en Zaragoza, en cuya plaza se ha celebrado el juicio paródico de deposición de su antecesor. Sisenando es el jefe de la conjura de notables godos, que debe pagar un elevado precio económico por el apoyo franco, cuyas tropas se hacen presentes en la ciudad. Sisenando perdonará la vida a Suintila, enviándolo al destierro. No es imposible que esta proclamación tuviese lugar el 26 de marzo del 631, al inicio de la estación primaveral que consentía la guerra con grandes medios y el paso más franco por el Pirineo.

En estos años 30, Braulio pierde a su venerado maestro, Isidoro, que muere en 636. El prestigio del obispo de Zaragoza está en su apogeo y, por su inspiración, se convoca el importante VI Concilio toledano. El resto de nuestras noticias es muy parco. Hacia 642, un embajador de Clodoveo II (Sigfrido), que se dirige a ver a Chindasvinto Buscar voz..., es retenido en Zaragoza, a la vez que coinciden, en ese año, nuevas perturbaciones producidas por los vascones y una nueva plaga de langosta. El prestigio cultural de Zaragoza y su escuela episcopal es insuperable, sobre todo faltando Isidoro. El rey, que necesita nombrar obispo metropólita en Toledo, recurre a Eugenio Buscar voz..., el archidiácono de Braulio, para tal puesto, a pesar de las quejas del anciano prelado de Zaragoza. Gracias a una iniciativa de éste, en 648 un grupo de obispos solicita del rey, Chindasvinto aún, ya senil, que asocie al trono al joven Recesvinto Buscar voz..., preparando así una sucesión pacífica y que garantice la siempre débil estabilidad de la cúspide de la sociedad goda, objetivo que se consigue, lo mismo que el refuerzo de la intemperante política antijudía de los reyes, alentada por Braulio, gracias al cual la ciudad del Ebro, en estos años, es una especie de segunda capital del mundo visigótico.

Muerto Braulio, heredará su sede un discípulo, Tajón Buscar voz... (Taio), bibliófilo y culto como su maestro. En su tiempo, en 653, un caudillo vascón, Froya Buscar voz..., asola de nuevo las tierras del valle, llegando hasta la misma Zaragoza amurallada, al frente de un combinado militar potente y bien preparado, acaso con participación de godos enemigos de los reyes corregnantes. El ataque, a lo que parece, tuvo efectos devastadores, causando muchísima mortandad, de modo que los cronistas hablan de multitud de campesinos muertos, de otros muchos esclavizados como botín y de una especial saña contra las gentes de Iglesia y los elementos de culto, que muestra claramente la no cristianización de estos vascones en fecha ya tan adelantada. Tajón, que vive en la ciudad asediada (se trata del Segundo Sitio de Zaragoza), se dedica, como puede, a escribir sus Sentencias y cartas a sus amigos, a quienes habla con gran angustia de las peripecias experimentadas, de su miedo a los feroces enemigos, que desaparece con la llegada de las tropas de Recesvinto, que disuelven el asedio y dan muerte a Froya, meses antes de que se promulgue el famoso e importante Liber Iudiciorum (654), en cuya redacción y revisión había tomado Braulio parte importante.

En 673, un dux o gran jefe militar godo, el duque Paulo, que ha sido enviado por Wamba para sofocar un alzamiento de sus súbditos en la antigua Narbonense, llegado al teatro de la revuelta asume su conducción y se alza contra el rey, reuniendo a los enemigos tradicionales de éste: no sólo a los godos descontentos, sino a los francos, grupos de vascones e, incluso, sajones. El intento de Paulo iba, como mínimo, dirigido a la creación de un Estado godo oriental (Narbonense y parte de la futura Cataluña) y contó con medios muy poderosos. El viejo Wamba, en campaña contra los vascones (menester sempiterno de la monarquía goda y de la retaguardia del valle del Ebro), toma la vía romana que lleva a Huesca desde Calahorra y, en sólo siete días logra acabar con el enemigo oriental. Seguramente cruzó por las Cinco Villas bajas.

En 691 se celebró el III Concilio de Zaragoza, antepenúltimo de los visigodos, en el año cuarto del reinado de Egica, el 1 de noviembre. Se legisló en él para una Iglesia ya consolidada y oficial, sobre sus libertos, la viudedad de la reina y otros asuntos de interés general. Veinte años más tarde, cuando Rodrigo realizaba la enésima campaña contra los vascones, las tropas musulmanas Buscar voz... que venían en apoyo de una facción goda rival entraban en Hispania. El 714; sin resistencia militar, el valle del Ebro, con Zaragoza al frente, caía en sus manos, representadas en la figura de Muza.

La herencia goda desapareció rápidamente de la vista, al igual que las sedes episcopales influyentes. Uno de los rescoldos más activos vino de los monasterios Buscar voz.... Con anterioridad al 714 conocemos monasterios entre Nueno y Sabayés (San Pedro de Séptimo), en Lecina (San Cucufate) y Nocito (San Úrbez), cuyo origen será visigodo o aun romano, lo que es seguro para el de Nocito. En cambio, Siresa y Ciella son posteriores, carolingios. El caso más notorio es el de Asán, que se fundaría (según Durán Gudiol) cerca de Huesca, siendo luego trasladado a las cumbres pirenaicas. Es claro el surgimiento de viviendas troglodíticas y de eremitorios. En los monasterios se guardó el recuerdo de la clasicidad perdida, continuando la callada labor de conservación del legado hispanorromano que, en casos como el de Asán, se haría famosa en el Ultrapirineo.

• Bibliog.: Un completo resumen de la misma puede consultarse en Fatás, G.: Atlas de Prehistoria y Arqueología Aragonesas; Institución «Fernando el Católico», Zaragoza, 1980, vol. I, en los epígrafes LXXX («Concilios», pp. 276 y ss.), LXXXII («Monasterios y sedes visigodas», pp. 284 y ss.) y LXXXIV («San Braulio», pp. 292 y ss.). La obra fue dirigida por A. Beltrán. Un resumen sintético reciente es el de Escribano, M. V. y Fatás, G.: «Recepción del Cristianismo y dominación visigoda»; Aragón en su Historia (Canellas, A., dir.), Zaragoza, 1980, pp. 91-98. La monografía más reciente es la de García Iglesias, L.: Zaragoza, ciudad visigoda; Guara Editorial, Zaragoza, 1979. La documentación goda original en Canellas, A.: Diplomática hispano-Visigoda; Zaragoza, 1980. Ubieto, Agustín: «Aragón visigodo», Estado actual de los estudios sobre Aragón, II, Zaragoza, 1980, 223-259.

 

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