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Termas romanas

Contenido disponible: Texto GEA 2000

Como otras tantas cosas, los orígenes de los establecimientos de baños romanos deben buscarse en el mundo griego, no sólo físicamente, ya que las termas griegas precedieron en el tiempo a las romanas como en la idea, puesto que fueron las recomendaciones de los médicos jonios las que se desarrollaron tanto en unas como en otras. Roma toma la idea del mundo griego pero no la reproduce miméticamente. Por una parte, difunde estas instalaciones de forma extraordinaria haciéndolas llegar hasta los lugares más alejados de su dominio territorial. Por otro, logra desarrollar monumentalmente un esquema arquitectónico que había sido siempre eminentemente funcional, desarrollo que corre parejo al de la construcción urbana en general. Así, las grandes aglomeraciones urbanas en espacios reducidos obligaron al crecimiento en altura de las casas —sobre todo para el caso de la propia Roma—, fenómeno que trajo de forma inmediata los problemas de acometida, evacuación y peso de las instalaciones, que obligaron a resolver el expediente por medio de la construcción de termas públicas.

En primera instancia, estas instalaciones continuaron siendo, ante todo, funcionales, pero ya en época de Nerón surgió el tipo que se ha dado en llamar «imperiales», en donde se logra integrar la funcionalidad dentro de un conjunto arquitectónico artísticamente elaborado y frecuentemente ordenado sobre un eje de simetría.

El esquema básico de unas termas consiste en unas instalaciones que permitan la práctica de ejercicios gimnásticos y la toma de baños a diferentes temperaturas. De esta concepción elemental se desprenden luego otras necesidades que son —o no— cumplimentadas por las diferentes termas, dependiendo de su categoría lugar de instalación o incluso cronología. De esta forma se incluyen dentro de las instalaciones estancias tan necesarias como las dedicadas a vestuarios o letrinas, u otras de necesidad menos perentoria como salas de masaje, saunas, piscinas natatorias, salas de ejercicios específicos, etc. Al ser consideradas las termas romanas como puntos de encuentro social o incluso de negocios, también tuvieron cabida dentro de ellas algunos servicios menores: así podemos encontrar en algunas instalaciones de cierta importancia tiendas que expendían toda clase de productos, establecimientos de comidas y bebidas, bibliotecas e incluso pequeñas instalaciones religiosas.

El recorrido completo de un usuario de las termas debía comprender primero algunos ejercicios físicos, pasando inmediatamente a un baño a temperatura ambiente en una sala especialmente habilitada para ello (frigidarium). Luego, y tras la estancia en una sala templada —que podía tener baño o no— para aclimatar el cuerpo (tepidarium), se pasaba a la habitación con temperatura más alta (caldarium), que contaba siempre con, al menos, una pequeña piscina de agua caliente, para finalizar con la entrada en la sauna (sudatio, laconicum), si es que ésta existía.

El ciclo se completaba repitiendo estas operaciones en sentido inverso: caldarium, tepidarium, frigidarium, para pasar inmediatamente a los vestuarios (apodyteria). Naturalmente, existían termas en las que estas habitaciones estaban repetidas para completar el ciclo y otras más modestas en las que simplemente se debía pasar de nuevo por las mismas salas.

Las termas podían ser estatales o municipales, en donde se podía entrar libremente o pagando precios muy razonables, o las había también privadas, naturalmente más caras, siempre dependiendo de los servicios que prestaran o de la exclusividad de la clientela.

En principio, las termas estaban destinadas para hombres y mujeres indistintamente, siendo, no obstante, muy frecuente la división horaria del tiempo de utilización (mujeres por la mañana y hombres por la tarde, por ejemplo) o bien la duplicación de las salas, como se desprende de un texto de Vitruvio —hacia el cambio de era— y de algunos ejemplos italianos. La primera legislación que conocemos en este sentido —haciendo obligatoria la división temporal o espacial— data de época del emperador Adriano.

Arquitectónicamente la disposición de este tipo de establecimientos es bastante sencilla. Deben estar orientados según las latitudes, de forma que se aprovechara o no el calor del sol, que quedaran al abrigo de los vientos dominantes en la zona, lo que, conjugado con los determinismos urbanísticos y el lugar disponible, hace que la disposición sea particular en cada caso y que no predomine orientación alguna.

Los elementos más característicos de las termas son los dispositivos de calefacción. Éstos están constituidos por un horno (praefurnium) de carbón vegetal o leña, cuyos gases de combustión calientan un espacio (hypocaustum) comprendido entre el suelo verdadero y un falso suelo (suspensura), que viene a tener una altura de unos 50 a 80 cm., sostenido por columnitas (pilae) de ladrillos cuadrados o circulares, o por pequeños arquillos.

Este hypocaustum estaba frecuentemente conectado con pequeñas cámaras huecas en las paredes de las habitaciones conseguidas mediante ladrillos planos fijados con pernos a las paredes (tegulae mammatae) o bien por tubos cerámicos (tubuli), lo cual permitía un cierto caldeamiento general de las paredes que contribuía al mejor aislamiento térmico de las estancias y evitaba a la vez problemas de condensación de los vapores producidos por el agua caliente de las piscinas, con el consiguiente deterioro de los estucos o pinturas en su caso.

El diferente grado de temperatura que se debía alcanzar en las habitaciones se conseguía, en la mayoría de los casos, mediante la disposición del praefurnium más cerca o más lejos de unas u otras.

El agua era calentada en calderas que se situaban sobre el praefurnium y luego era distribuida mediante tubos a las diversas estancias según el grado de calentamiento requerido.

Las instalaciones se completaban mediante una red de canales de diversa entidad, según su cometido, que servía a la acometida y evacuación de aguas residuales.

En Aragón las termas romanas están representadas ampliamente, aunque muchas de las noticias que tenemos—sobre todo las referentes a las pequeñas instalaciones de las villae rústicas— son muy parciales, antiguas o ambas cosas a la vez. Sin embargo, la variedad tipológica de las termas que se conservan es bastante menguada, así como el número de ellas que se han excavado en extensión.

Quizá las más antiguas sean las que se conservan en Azaila, que pueden datarse por la evolución general de la vida del yacimiento hacia fines de la República. La excavación de este conjunto es muy antigua y son pocos los datos que de él tenemos. En el estado actual de los restos conservados hay fuertes dudas sobre la funcionalidad de algunas estancias, si bien pueden reconocerse otras que han sido identificadas como frigidarium, tepidarium y caldarium dividido en dos piezas, en una de las cuales, de planta circular, iría alojado el labrum.

En Monreal de Ariza, la antigua Arcobriga, se localizan otras instalaciones de este tipo. Se trata de un edificio de proporciones modestas en donde se pueden distinguir varias estancias: por un lado, un apodyterium (que en su fase final parece cumplir también funciones de frigidarium, ya que por su ángulo suroeste se accedía a una piscina de agua fría), un pequeño tepidarium de planta rectangular y un caldarium de mayores dimensiones que comunica al noroeste con una estancia más pequeña, de planta cuadrada, cuya función no está bien definida.

En el yacimiento de Los Bañales, en término de Uncastillo, también conservamos los restos de un edificio termal en buenas condiciones de conservación. El esquema arquitectónico de esta fábrica es bastante sencillo, presentando un pequeño vestíbulo por el que se accede al apodyterium, desde el que se puede pasar a un frigidarium y a un tepidarium. Desde el tepidarium se accede, a su vez, a un caldarium de proporciones bastante mayores, que tiene en su lado noroeste una estancia de planta cuadrada que pudo haber sido un laconium o quizá una estancia en donde estaría alojado el labrum.

En Bilbilis, en el cerro de Bámbola, cerca de Calatayud, tenemos constancia arqueológica de la presencia de al menos dos establecimientos termales. De uno de ellos sólo se puede adelantar su existencia al aparecer dispersos en cierta zona del yacimiento abundantes restos del material latericio que componía su infraestructura de calefacción. El otro se encuentra excavado parcialmente y en bastante buen estado de conservación. En su fase final, estas termas se componían de un apodyterium con hornacinas para el depósito de las ropas, un frigidarium con piscina, un tepidarium de proporciones más reducidas y un caldarium mayor, con piscina de agua caliente, desde el que se podía acceder a una pequeña estancia cuadrada en donde se localizaba el labrum del que sólo quedan las huellas de su anclaje. En la zona este existe una gran estancia con dos exedras, que fue ocupada después por una escalera y un pasillo de acceso, cuyo uso todavía no está claro, aunque podría tratarse de un gran frigidarium de una fase previa, ya que ésta que describimos es la fase final, cuya estructura debe de datar de los últimos años del siglo I d.C. o principios del II d.C. y que debe de perdurar, cuando menos, hasta el siglo III d.C.

Antes de esta fase definitiva, que afectó profundamente a la estructura global del edificio y a su modo de funcionamiento, se puede constatar una refección de las pinturas murales que tendría lugar en algún momento del último cuarto del siglo I d.C. y que afectaría a las habitaciones del edificio anterior. El aspecto de las instalaciones anteriores —todavía en proceso de excavación y estudio— debió de ser completamente diferente, presentando un hypocaustum circular, en una sala que luego será ampliada y convertida en apodyterium, y otro, posiblemente rectangular, que se sitúa debajo del posterior frigidarium de la fase descrita más arriba.

Caesaraugusta también conserva los restos de algunos edificios termales que poco a poco las excavaciones sacan a la luz. Tenemos restos de ellos en la plaza de Santa Marta, con una estancia que parece que se remodela hacia el siglo II d.C.

En la calle de San Prudencio, a la altura de los números 34-38, aparecieron unas pequeñas termas pertenecientes a una domus que se pueden datar hacia mediados del siglo I d.C.

Fueron documentadas también unas termas en la calle Méndez Núñez, esquina a Ossaú, con frigidarium, caldarium y terpidarium, además de una pequeña fuente, que posiblemente pertenecían a una domus, que se datan en época flavia y que perduran hasta su abandono hacia el siglo I d.C.

Entre las calles Alonso V y Rebolería se constató la presencia de unas instalaciones en una casa cuya vida debió de perdurar entre los siglos I a IV d.C.

Han aparecido unas termas en la plaza de España, con dos habitaciones, una con hypocaustum y tubuli de la concameratio de las paredes —quizá un caldarium o un tepidarium—, y otra sin sistema de calefacción que podría corresponder a un frigidarium, cuya datación hay que situar hacia la primera mitad del primer siglo después de Cristo.

Quizá los restos más interesantes son los que se exhumaron en un solar de la calle San Juan y San Pedro. En ellos se encontró una estructura porticada que rodeaba una piscina con ábside cuyo fondo estuvo revestido de mármol veteado. La situación de este edificio en una zona cercana al centro de la Caesaraugusta romana y al teatro, esto es, en una parte neurálgica de la vida ciudadana, hace que se piense que quizá nos encontramos ante los restos parciales de uno de los establecimientos más importantes con los que contó la capital del convento jurídico caesaraugustano.

Otras noticias más o menos parciales o antiguas de termas diseminadas por toda nuestra geografía han llegado hasta nosotros, haciendo referencia a edificios o partes de ellos, que en algunos casos ya han desaparecido para siempre; en Albalate de Cinca se encontraron ladrillos de pilar de hypocaustum en una villa del siglo IV d.C.; en Alhama de Aragón, donde en el siglo pasado fueron vistos restos de las antiguas termas de Aquae Bilbilitanorum; en Bolea, donde aparecieron tegulae mammatae en una villa de cronología amplia; en Cabañas de Ebro, la asociación de restos de hypocaustum con un molde de terra sigillata hispanica hace dudar entre la posibilidad de que se trate de unas termas o de un horno cerámico; en Calatorao se localizó una piscina junto al actual cementerio que quizá perteneciera a un establecimiento termal; en Griegos se localizaron unas en el paraje denominado El Castillejo; en Hinojosa de Jarque aparecieron restos en el yacimiento de Espadán; en Panticosa fue hallado un pozo romano de aprovechamiento de las aguas medicinales que fue datado mediante algunas monedas que en él aparecieron entre los años 8 a.C. y 2 d.C.; en Sádaba, cerca de su famoso mausoleo romano, también existen indicios; en Tiermas existía una piscina circular, junto a las modernas instalaciones balnearias, que hoy ha desaparecido bajo las aguas del pantano; en Gurrea de Jalón también se localizaron unas pertenecientes a una villa datada entre los siglos I a III d.C.; en Velilla de Ebro quedan, asimismo, restos que quizá pertenezcan a época republicana final, y para finalizar, en Villadoz, en donde las instalaciones están asociadas a una villa de los siglos II a III d.C.

En Aragón todas las termas cuyo estado de conservación o parte excavada permite aventurar un análisis arquitectónico global (Azaila, Arcobriga, Bilbilis y Los Bañales) pertenecen al tipo que los especialistas han dado en clasificar con el nombre de «provinciales», esto es, establecimientos bastante modestos y de características eminentemente funcionales, en donde las habitaciones fundamentales se agrupan sin repetición alguna de las estancias, obligando a una división horaria para el empleo por personas de diferente sexo y a la realización de recorridos de utilización de «ida y vuelta». Es posible que las termas de la calle San Juan y San Pedro, en Zaragoza, se apartaran de este esquema, aunque lo exiguo de los restos a la vista no nos permite juzgar con más precisión.

• Bibliog.: Álvarez, A., Mostalac, A., Aguarod, M. C., Galve, P., Escudero, F.: Arqueología urbana en Zaragoza, 1984-1986; Zaragoza, 1986. Beltrán Lloris, M.: Arqueología e historia de las ciudades antiguas del Cabezo de Alcalá de Azaila; Zaragoza, 1976. Id.: Arqueología de Zaragoza, últimas investigaciones; Zaragoza, 1982. Id.: Los orígenes de Zaragoza y la época de Augusto; Zaragoza, 1983. Beltrán Lloris, M. et alii: «La arqueología urbana en Zaragoza»; Arqueología de las ciudades modernas superpuestas a las antiguas, Zaragoza, 1983, pp. 55 y ss. Beltrán Martínez, A.: «Las termas de Los Bañales»; Atlas de Prehistoria y Arqueología Aragonesas; Zaragoza, 1980, pp. 192 y ss. Lostal Pros, J.: Arqueología del Aragón romano; Zaragoza, 1980. Martín- Bueno, M.: Bilbilis. Estudio histórico arqueológico; Zaragoza, 1975. Id.: Aragón arqueológico. Sus rutas; Zaragoza, 1977.

 

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