Estás en: Página de voz
  • Aumentar tamaño letra
  • Reducir tamaño letra
  • Imprimir página
  • Guardar voz
  • Añade a tu blog
  • Buscar noticias
  • Buscar en RedAragon

Romanización

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 30/04/2007

(Hist. Ant.) El concepto de romanización es un concepto complejo y, a la vez, equívoco puesto que, en palabras de M. Bénabou (1976), designa, cuando menos, tanto un proceso cuanto sus resultados finales. Por lo general, el proceso de romanización tiene un inicio militar, de conquista bélica hasta que se logra la sumisión de los no romanizados (guerras celtibéricas Buscar voz..., cesarianas Buscar voz..., púnica Buscar voz... y sertoriana Buscar voz...). A medida que avanza esta conquista, en la época de la República tardía y comienzos del Imperio (siglos II a.C. a I d.C.), a la labor legionaria hay que añadir la de colonización, con la que se establecen poblaciones fijas compuestas por ciudadanos romanos o de Derecho latino (ciudadanía romana Buscar voz...), casi siempre procedentes de las unidades militares que han combatido en el país y que son convertidos en habitantes de una ciudad y propietarios de su territorio, vigilando militarmente una retaguardia e implantando, paulatinamente, los modos de vida romanos en el área. (Colonias romanas Buscar voz..., convento jurídico Buscar voz...).

La presencia militar de los romanos establece, a su vez, comunicaciones fijas (vías romanas Buscar voz...), relaciones de dependencia obligada entre los estados indígenas y Roma (pueblos prerromanos Buscar voz...) y un marco administrativo, jurídico y económico que obliga a determinadas conductas fiscales, tanto en lo que se refiere a pagos en especie o metálico cuanto en lo que concierne a impuestos de sangre, como, particularmente, el reclutamiento para las unidades indígenas regulares que forman junto a las tropas legionarias, tanto en Hispania como fuera de ella. (Turma Salluitana Buscar voz..., Bronce de Áscoli Buscar voz....)

La conquista, en lo que afecta al territorio aragonés actual, puede darse por concluida en sus líneas maestras al final de las guerras celtibéricas de la segunda mitad del siglo II a.C. y, antes, en torno al año 200 a.C., en el ámbito ibérico de ilergetes Buscar voz... y sedetanos Buscar voz.... (Con los vascones no parece que hubiese nunca problemas militares. Los suessetanos Buscar voz... desaparecen hacia el 184 a.C., destruidos por Terencio Varrón. Los iacetanos Buscar voz... quedan, aparentemente, sometidos con la campaña de Catón Buscar voz..., en 195 a.C.) Después de las guerras celtibéricas hay episodios aislados de alguna importancia, como el que conocemos de Cayo Valerio Flacco Buscar voz..., en 93 a.C., que tiene como centro la localidad de Belgeda, seguramente la Beligiom de las monedas, ciudad-estado de los celtíberos Buscar voz... que cubría el territorio de las actuales Belchite y Azuara, a su vez hegemónico sobre el valle de la Huerva, en donde se asentaba Contrebia Belaisca Buscar voz... (Bronce de Botorrita Buscar voz...).

Ya en esa fecha había comenzado a introducirse el uso del latín que se utilizaría como lengua franca o segunda lengua universal, según se comprueba en el Bronce de Botorrita, que lleva fecha del 87 a.C. En algunos puntos del valle del Ebro el latín, muy prestigiado, se había introducido ya en los usos cotidianos y familiares de los indígenas; así, en el año 90-89 a.C., sabemos por el epígrafe de Áscoli que algunos indígenas de Ilerda (Lérida), cuyos padres todavía utilizaban nombres prerromanos, usaban el nombre (praenomen) y el apellido (nomen) latinos. Ese mismo documento nos da la prueba de que, en la frontera oriental de los pueblos ibéricos, cuyo punto más extremo era Salduie Buscar voz... o Salduba, la administración de los gobernadores romanos había establecido un centro de reclutamiento de tropas de a caballo, del cual dependía una extensa área, incluyendo territorios de los vascones meridionales y de la Ribera, de sedetanos y de ilergetes, si bien no de celtíberos, que debían, aún, de luchar en otras condiciones cuando se incorporaban a las legiones.

La fase colonizadora tiene, en el valle del Ebro, una cronología bastante transparente: colonias de ciudadanos romanos hubo, únicamente, dos: la Colonia Victrix Iulia Celsa (fundada por Lépido Buscar voz..., cuyo nombre llevó un tiempo, sobre la antigua Celse ibérica), en tiempos de César, y tras sus victorias sobre la facción de Pompeyo Magno en las batallas de Ilerda Buscar voz... y de Munda (Montilla), en 49 y 45 a.C., respectivamente. Roma estableció allí un importante puente de piedra que, por mucho tiempo, iba a ser el más valioso del Noreste hispano. La segunda fue la Colonia Caesar Augusta o Caesaragusta (que de las dos maneras se escribió en la Antigüedad), de tipo inmune o fiscalmente exenta, poblada inicialmente por legionarios de tres grandes unidades, veteranos de las guerras del Norte emprendidas por Agripa Buscar voz... y Augusto Buscar voz... contra cántabros y astures, entre el 29 y el 19 a.C. Esto es: las dos primeras ciudades romanas de la zona se crean en el espacio de veinte o veinticinco años, cuando ya hace, al menos, dos generaciones que no se dan episodios bélicos en esas tierras ni en sus cercanías. Desde el punto de vista de la sujeción militar estos años son, pues, el límite de la romanización.

A la vez que se crean las colonias, Roma induce modificaciones en la estructura de la jerarquización territorial, alterando poco a poco la red urbana preexistente (lo cual trastoca, a su vez, toda la sistemática política y administrativa). Estas modificaciones se llevan a término mediante acciones de creación, potenciación o supresión de núcleos. Las primeras ya se han ejemplificado y, aunque Salduie y Celse preexistieron a Caesaraugusta y Celsa la envergadura y el significado de las colonias romanas fundadas sobre ellas, por suponer un cambio cualitativo, han de entenderse como un hecho nuevo. Potenció Roma —sobre todo, a comienzos del Imperio— algunos otros núcleos indígenas; se trata, en la gran mayoría de los casos, de ciudades-estado indígenas cuyo centro principal se hallaba tan romanizado que podía ser incorporado al Derecho romano o al latino, por ser la mayor parte de sus habitantes ciudadanos romanos (llegados a tal condición por caminos individuales: suponemos que, básicamente, la milicia, la entrada en las clientelas de los poderosos) o, en el caso de las comunidades de Derecho latino, por ser sus minorías dirigentes colaboracionistas. Son los casos de Bilbilis Buscar voz... (apodada en las monedas Italica y Augusta) o de Calagurris (Calahorra) e Ilerda (Lérida) y Huesca, que en el cambio de Era o poco más tarde fueron constituidas como municipios de ciudadanos romanos, al igual que Turiaso Buscar voz... (Tarazona).

Al poco tiempo de inducidos estos cambios ya no se utilizan, que sepamos, los nombre gentilicios ni de los viejos pueblos prerromanos: la larga nómina (treinta localidades) que facilita Plinio en su Historia Natural —escrita a mediados del siglo I d.C.— no se refiere a esas antiguas divisiones y, antes que él, Estrabón Buscar voz... de Amasia —que revisa su Geografía, en lo que concierne a Hispania, poco antes de terminar el siglo I a.C.— afirma que en las riberas del Ebro las gentes se hallan muy evolucionadas y casi todos los hombres visten ya la toga, traje nacional del ciudadano romano. Parece, pues, que podemos suscribir el viejo aserto de que Hispania fue la tierra occidental que primero sufrió la acometida de Roma fuera de Italia y aquella en la que la romanidad arraigó antes y más fuertemente, siendo la afirmación especialmente válida en las cuencas del Baetis y del Hiberus.

Junto a estas creaciones y potenciaciones de núcleos urbanos se dan, como dijimos, supresiones de otros, en los casos documentados, violentas. Así ocurrió con algunas ciudades indígenas de las que nos consta su actividad política y su representatividad tanto por noticias escritas cuanto por los infalibles testimonios numismáticos. Ha de tenerse por seguro que, en el Valle, cuando una población amonedaba piezas con su nombre indígena daba fe de su existencia como Estado autónomo. De entre ellas, cabe distinguir el diferente rango de las que, además de acuñar ases y semises de bronce, emitieron denarios de plata: parece que serían las polis hegemónicas. Entre ellas estuvieron Beligiom (en Azuara y Belchite), hegemónica sobre Belais y Contrebia Belaisca; Ildirda, sobre los ilergetes orientales; Bolscan Buscar voz..., sobre los occidentales; Turiasu Buscar voz..., sobre los celtíberos del Moncayo; Segia Buscar voz..., en la Vasconia oriental; y Segaisa (Segeda, en Belmonte, junto a Calatayud), para los celtíberos del Jalón (titos Buscar voz..., belos Buscar voz... y lusones Buscar voz...). En muchos casos hubo de ocurrir que habiendo presentado resistencia política y militar a Roma, tales Estados ciudadanos fueron destruidos y castigados con sanciones que irían desde la desaparición física hasta la anulación política casi completa; nos consta, por ejemplo, en los casos de Belgeda y de Segeda. De manera que es preciso tener en cuenta que, si bien la romanización se basó en el sistema viario, el control militar y la acción irradiada desde las ciudades, éstas no fueron una creación romana, sino anterior. Y que, incluso, bastantes de entre ellas debieron su muerte precisamente a la presencia romana.

El proceso de romanización jurídica, en Hispania, puede darse por concluido, en términos generales, en tiempos de Vespasiano (segunda mitad del siglo II d.C.), cuando la homogeneidad cultural de los hispanos es suficientemente grande como para que el César otorgue a la totalidad de los habitantes libres de la Península que no lo tuvieran el ius Latii, el Derecho latino, especie de ciudadanía de segunda clase pero que, oficialmente, suponía la consideración de las provincias de Hispania como países no bárbaros. Los autores de hoy, no obstante, consideran que esta concesión es un reconocimiento a posteriori de la situación real; y que la romanización de la gran mayoría de los territorios hispanos estaba básicamente concluida años antes. Ello es muy claro en la Bética y en el valle medio del Ebro.

Algunos elementos de la cultura indígena entraron en sincretismo con otros romanos, modificándose de manera paulatina hasta llegar no sólo a servir de agentes de la romanización, sino a constituirse en ejemplo que imitar en otras partes del Imperio. Tal ocurrió, por ejemplo con la consagración que a menudo los guerreros hispanos hacían de su vida a su jefe militar, mediante voto solemne (devotio) que podía incluir la promesa de la propia muerte en caso de que la padeciera el caudillo. Hispania Citerior Buscar voz... (la Tarraconense de tiempos de Augusto) dio nuevo contenido a la institución poniéndose en cabeza de las comunidades romanas que dieron culto al emperador, instituyéndolo con centro en la capital provincial, Tarraco. Esta vinculación directa y personal al jefe militar supremo contribuyó a coagular muchas voluntades en torno a Augusto y sus sucesores.

Las prácticas jurídicas ordinarias están atestiguadas desde fechas tempranas en el territorio aragonés de hoy: así, a poco de comenzar el siglo I a.C., las comunidades indígenas (vasconas, celtibéricas, ibéricas), recurrían, para solventar litigios entre ellas, a copiar los repertorios formulares del Derecho romano, empleando, incluso, el latín, según hemos dicho, y ordenando los procedimientos de acuerdo con las normas en vigor en Roma; de este modo se reproducían, de manera más o menos espontánea, los esquemas mentales y jurídicos de la República en territorio bárbaro, creándose pautas de conducta social, individual y política muy similares a las corrientes en la Urbe.

Un testimonio subjetivo muy importante, que es expresivo de cuán anacrónicas resultan las atribuciones de «nacionalismo hispánico» (y, no digamos, de «protoaragonesismo») a las gentes antiguas del territorio hoy aragonés, es el que nos suministra Marcial Buscar voz..., natural de Bilbilis. Muy amante de su patria chica, a la que dedica conmovedoras palabras en su obra epigramática, el poeta es, ante todo, romano y actúa, escribe y vive como tal, en cada ocasión. Este orgullo de la romanidad, en el terreno colectivo, es asimismo bien visible, ya en el siglo I, a través de las amonedaciones locales, integradas plenamente en el sistema oficial romano. Los dupondios y ases de bronce de las ciudades del área que acuñaron entre Augusto y Claudio, insisten siempre que pueden en los aspectos puramente romanos de su estirpe: símbolos legionarios, expresión de cargos honoríficos ciudadanos otorgados a miembros de la familia imperial o a grandes personajes del Imperio, reproducción de monumentos y estatuas en honor del César, sus herederos o su esposa, conmemoración de las ceremonias fundacionales mediante tipos artísticos que rompen brusca y plenamente con la tradición iconológica local, uso de motes urbanos como Italica o Augusta y la mención visible y reiterada de la condición jurídica romana: municipium, colonia, en circunstancias casi de exhibicionismo, sin ahorrar los detalles (Municipium Urbs Victrix Osca, Colonia Victrix Iulia Lepida, en textos abreviados pero comprensivos de cada epíteto). En el mismo ámbito de la expresión colectiva de la romanidad figuran, desde los comienzos de la Era, testimonios muy convincentes: las ciudades y municipios se constituyen, inmediatamente, en torno al sistema de ordines o estamentos oficiales, tienen sus cultos locales romanos, con pontífices y flamines (religión romana Buscar voz...) e, incluso, una entidad tan poco susceptible, en principio de recibir veneración como es una circunscripción administrativa menor, el convento jurídico, tenía, en la forma personificada de un genius específico, su propio altar en el foro de la provincia, en Tarraco.

En cuanto a la cultura material, la romanización es igualmente rápida e intensa. Puede hacerse un esbozo de lo más significativo desde el punto de vista del movimiento mercantil, relativamente bien conocido a través, sobre todo, de las sistematizaciones de los hallazgos arqueológicos realizadas en los últimos diez años. Las relaciones comerciales responden, aquí, en rasgos generales, a la dinámica económica que Roma impuso en la globalidad de los territorios occidentales sometidos a su influencia. Sobre esto, la riqueza del valle del Ebro, sumada a su fácil acceso mediante vía fluvial o por vía terrestre, matiza fundamentalmente los aspectos comerciales.

Consideraremos, primero, las bases de intercambio y, en segundo lugar, el comercio de importación.

Por las fuentes escritas conocemos, aunque con parquedad, algunos de los factores del intercambio comercial, los productos naturales del territorio, que deben sumarse a la especial demanda comercial ejercida que imponen los núcleos itálicos establecidos en las ciudades. El valle del Ebro, en amplio sentido, tuvo una base cerealista; durante las guerras cesarianas se suministraron importantes contingentes trigueros a las legiones. Los datos de Marcial sobre la verdura y prados de Bilbilis y los datos arqueológicos alusivos al aceite, permiten forjar una idea sumaria del panorama agrícola. En la ganadería, fue proverbial la caballería hispana del Ebro, e importan también los análisis de fauna del yacimiento de Juslibol (cerdo, óvidos, bóvidos, équidos) o de La Romana, que ofrecen parcialmente el panorama del s. I a.C. De época imperial son los datos de Caesaraugusta: buey, caballo, oveja, cabra doméstica, conejo, gallo, cerdo, con fuerte explotación de los animales para el trabajo y aprovechamiento cárnico de la oveja, así como de su lana y uso ordinario de huevos. En lo cinegético, cabra pirenaica, jabalí y ciervo; datos que son acordes con los que Marcial refiere para su patria chica. La minería remite sobre todo al Moncayo y poseemos referencias siderometalúrgicas de Bilbilis (famosa por el temple de sus armas de hierro), o la existencia de aurífices en los ríos Jalón y Ribota. La arqueología comprueba las fundiciones locales en Zaragoza, Celsa y Azaila. Establecer el grado de intercambio de estos productos citados y los elementos que intervienen en esta ordenación, no resulta posible, por ahora; pero los negotiatores campanos y suritálicos jugaron un importante papel.

También en lo industrial hay que mencionar las imitaciones locales de la cerámica de Campania, como ocurrió en Azaila, Oliete y Botorrita, la llamada «terra sigillata hispánica», que, en los siglos I-III se fabrica en serie en talleres como los de Mora de Rubielos, Bronchales, Zaragoza; la cerámica para vasos de paredes finas (Rubielos), los candiles o lucernas (Celsa).

En cuanto al comercio de importación, en una visión excesivamente simplista, pueden considerarse dos etapas generales, partidas por la época de Augusto. La primera, republicana, tiene una marcada tendencia itálica, y responde al sistema de relaciones comerciales que Roma impone en el Mediterráneo occidental. En los mercados suministradores, se sitúa a la cabeza el territorio etruscocampano, con cerámica campaniense B y A (isla de Ischia). Los bronces de Azaila y Fuentes de Ebro pueden responder a fábricas centroitálicas. Las ánforas permiten conocer otro aporte masivo: el vino campano, de gran calidad y variedad. El territorio apulo (Brindisi) suministró grandes contingentes de aceite (desde Olriols a Gallur, por Azaila y Botorrita), sin olvidar el vino de la misma procedencia. Desde Sicilia se importó vino y vajilla campaniense, a lo que se unen las importaciones norteafricanas (Cartago) de lucernas delfiniformes, con apoyo comercial en Ebusus. Por lo demás, los mercados itálicos proporcionan también aceite, vasos de paredes finas, envases para fabricar pan y cerámicas de lujo «megáricas».

El comercio de época de Augusto toma un giro nuevo, que significa el renacimiento provincial. Las producciones cerámicas tarraconenses toman auge ahora, sobre todo en la confección de envases para vino layetano; la Bética nos hace llegar, en cantidad y calidad, salazones y salsas de pescado de sus centros de Cádiz y Algeciras, además de vino en escasa proporción y vasos de paredes finas.

El Imperio continúa en diversa intensidad estas corrientes y sobre todo, hasta el año 50, las sigillatas itálicas de Arezzo, Puzzoles, Italia central y valle del Po. La época de Tiberio significa la introducción de la sigillata gálica (Graufesenque, Montans, Lezoux), y también la llegada del aceite istriano. Sigue llegando de Italia central el vino campano y las frutas en conserva y, en menor medida, las salazones. Los flavios estabilizan muchas corrientes y anulan otras, potenciando las producciones de sigillata norteafricana (Mallén, Caesaraugusta), que llegarán ininterrumpidamente hasta el s. IV de la Era. Se une a ellas el aceite de Tubusuctu, que accede a Caesaraugusta en el Bajo Imperio, y también de este momento es la corriente provenzal gala, que comenzaron a conocerse ahora, gracias a las excavaciones en la capital del convento caesaraugustano.

Todo esto, empero, no significa que el mundo indígena resultase absolutamente sumergido por la romanización. Es verdad que, como sucede en Sofuentes, las familias poderosas (sobre todo, los grandes cerealistas, de los que conocemos casos en Cinco Villas, como el de la familia Atilia) alcanzaron un nivel de vida perfectamente clásico y romanizado; y que la generalidad de los usos (incluida la lengua) fue romana. Pero hubo, durante largo tiempo, pervivencias importantes, que no es posible evaluar en detalle ni en conjunto pero que, aquí y allá, aparecen como muestra de una cultura modificada y superviviente que se prolongó durante la Edad Media y que, en parte, ha llegado a nuestros días (según se deduce de determinadas costumbres populares, dances, romerías, lugares de culto ancestral, romanizados primero, cristianizados luego, pero invariables).

Los elementos religiosos, en este punto, fueron muy estables y la romanización, en muchos casos, no pasó de ser formal: se variaba el nombre de la divinidad o se le añadía un epíteto romano. Familias hay que pueden ser rastreadas entre los celtas, los romanos, los visigodos y aun los musulmanes: así ocurre con el nombre de Lubbus - Lupus - ibn Lope, con el de Cassius - ibn Qasi, etc.

Las partes menos romanizadas (norte del territorio vascón, algunos de los territorios aislados en la Edad Media —territorios altomedievales Buscar voz...—) mantuvieron fermentos que, ocasionados por la dificultad en las comunicaciones, permitieron la permanencia de algunas constantes culturales, aunque bien difíciles de definir, que conformaron, junto a hechos procedentes de la época goda o de la dominación carolingia, parte de la personalidad de los primeros núcleos cristianos de la Reconquista. No poseemos la información precisa para detallarlo minuciosamente, pero sí la suficiente como para asegurar que, en efecto, la romanización, aun siendo temprana y rápida, no devastó o asoló por completo el mundo cultural prerromano.

 

Monográficos

Aragón en la Época Romana

Aragón en la Época Romana

Aragón perteneció al Imperio Romano. Conoce como lo vivieron los aragoneses.

La Conquista Romana

La Conquista Romana

Descubre cómo entraron los romanos en nuestro territorio y las batallas con los habitantes de Aragón.

Imágenes de la voz

Fíbulas romanas depositad...Fíbulas romanas depositadas en el ...

Puente romano de Luco de ...Puente romano de Luco de Jiloca

Recreación de la vida rom...Recreación de la vida romana

Ruinas en el museo del Fo...Ruinas en el museo del Foro de Cae...

Un nombre indígena escrit...Un nombre indígena escrito y decli...

Plano de Caesaraugusta (S...Plano de Caesaraugusta (Siglos I-I...

Categorías relacionadas

Categorías y Subcategorías a las que pertenece la voz:

 

© DiCom Medios SL. C/ Hernán Cortés 37, 50005 Zaragoza
Inscrita en el Registro Mercantil de Zaragoza, en inscripción 1ª, Tomo 2563,
Seccion 8, Hoja Z-27296, Folio 130. CIF: B-50849983

Información Legal

NTT