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Quijote y Aragón, Don

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 29/03/2011

Las relaciones del Quijote con Aragón Buscar voz... son varias y polémicas, y hay que mencionarlas.

Ya en I, 52, olvidándose Cervantes de la promesa hecha en el cap. 14 por Don Quijote a Vivaldo de proseguir a Sevilla tras limpiar Sierra Morena de malandrines, insinúa que «la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza Buscar voz...» a intervenir en las «famosas justas». En II, 4, Sansón Carrasco le aconseja no perdérselas, pues en ellas «podría ganar fama sobre todos los caballeros Buscar voz... aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del mundo». Desde la victoria de Alcoraz Buscar voz... de 1096 celebrábanlas tres veces al año los caballeros de San Jorge Buscar voz.... Cervantes pudo saber de ellas de oídas o por, entre otras fuentes, su descripción en el Diálogo de la verdadera honra militar, de Jerónimo de Urrea Buscar voz..., impreso en Venecia en 1566, pero no por haber estado jamás en Aragón. En efecto, se viene repitiendo sin pruebas, mas no consta que Cervantes lo visitara nunca. La cédula de viaje a Roma de Mons. Giulio Acquaviva, a quien acompañó, le autoriza extrañamente a pasar «por Aragón y Valencia», pero no consta su paso por Zaragoza aunque Giulio, luego cardenal, fuera pariente de los duques de Villahermosa Buscar voz... por parte de madre, y en El Licenciado Vidriera describe Cervantes su itinerario a Roma por Valencia y Barcelona. Tampoco está comprobada su presencia física en Zaragoza con motivo de las «justas poéticas celebradas en el convento de padres predicadores de Zaragoza en la canonización de San Jaciento» según la Relación de Jerónimo Martel (1597), aunque el cincuentón Miguel ganara en ellas, con el primer premio, dos cucharas de plata, nada menos, por un pésimo poemilla glosando una redondilla puesta a concurso. En la mente cervantina de unos años después, las proyectadas justas quijotescas de San Jorge parecen significar un intento de desquite de su pírrica victoria en certamen tan mediocre.

No hay en toda la obra de Cervantes descripción alguna de Aragón que delate su conocimiento personal. El genial «retablo de maese Pedro» de II, 26, se sitúa en Sansueña, «la que hoy se llama Zaragoza», acaso como preparación temática para la nunca realizada entrada, y la «aventura del rebuzno» se localiza en inconcretos contornos aragoneses, lo que parecería indicar ominosamente malévolos designios del autor respecto al carácter popular de la región; pero no se pasa de mencionar lugares comunes como «las riberas del famoso Ebro Buscar voz...» o su «amenidad, claridad de sus aguas, sosiego de su curso y abundancia de sus líquidos cristales» (28 y 29). No puede identificarse ningún paraje aragonés de los largos, bellísimos capítulos 30-60, todo el llamado «libro de los Duques», que en Aragón transcurren. La vieja tradición de ver en Alcalá de Ebro Buscar voz... la ínsula Barataria y a los de Villahermosa en los jóvenes Duques juerguistas fue propuesta inicialmente en 1797 por el aragonés Juan Antonio Pellicer Buscar voz..., mas no hay que olvidar que doña María Luisa de Aragón y su marido don Carlos de Borja, conde de Fiallo, a diferencia de sus inmediatos antepasados los Aragón y Borja o Gurrea, no tienen historia. La irrealidad geográfica de las distancias, como los sólo dos días que tarda el paje de la Duquesa en ir del palacio al pueblo de Sancho, arguye desconocimiento, que no altera, por ejemplo, mencionar un par de veces el queso Buscar voz... de Tronchón Buscar voz... (II, 52 y 66). La donosa frase del paje, «las señoras de Aragón, aunque son tan principales, no son puntuosas y levantadas como las señoras castellanas: con más llaneza tratan con las gentes» (II, 50), puede deberse a opinión general o a que los Argensola Buscar voz..., la leyenda de cuya enemistad con Cervantes debe ser rechazada definitivamente, le hablarían de ellas con la lisonja hacia los Villahermosa que les dictaba su servicio a su Casa. Pero ¿piensa realmente eso Cervantes de nuestras damas, como aquello de nuestros caballeros? Aragón todo, y especialmente Zaragoza, queda en el Quijote como flotando, a pesar de esos treinta capítulos de tanto peso. Zaragoza, a la vista, es para Don Quijote como un mítico destino al que nunca llega, y nos quedamos sin saber lo que Cervantes pensaba de ella, debido al viraje a Barcelona que desde II, 59 le impone al enterarse del «Avellaneda Buscar voz...».

He aquí el tercer tema. Nadie puede dudar de que su autor era aragonés, como Cervantes insiste. Rechazados por fundadas razones tanto Argensola como fray Luis de Aliaga Buscar voz..., hay que volver a airear la desconocida teoría de Tomás Ximénez de Embún Buscar voz... según la cual «Avellaneda» debió ser don Vincencio Blasco de Lanuza Buscar voz..., cuyo estilo es según él muy parecido, y quien tenía razones para congraciarse desde Jaca Buscar voz... con las autoridades zaragozanas con vistas a la plaza de cronista que en 1615 le birló Bartolomé Leonardo. Lopista antiargensolista y anticervantino, se habría dejado convencer por el canónigo don Martín Carrillo Buscar voz..., quien también lo era, además de rector de la Universidad de Zaragoza Buscar voz... (1614).

¿No apuntarán a él las zumbas contra «el rector de tal colegio» de la dedicatoria de la segunda parte? La ciudad entera abundaba, al parecer, en rabioso anticervantismo y temía, quizá no sin razón, que, de entrar Don Quijote a «las justas del arnés», Cervantes hubiera aprovechado la ocasión para meterse con las clases altas aragonesas, ridiculizar las fiestas y crear mala impresión por doquier. En una operación de relaciones públicas, surgió el interés por dificultar la aparición de esa segunda parte auténtica creando una táctica cortina de humo con la espúrea. La popularidad del «Avellaneda» en Zaragoza fue enorme. En las fiestas de octubre de 1614, con ocasión de la beatificación de Santa Teresa recorrió el Coso una cabalgata estudiantil que ridiculizaba no sólo a Cervantes, sino a sus Don Quijote y Sancho; en las mismas fechas recibía aquél en Madrid, por otro mediocre poema a la Santa, un candelabro de plata que le entregó Lope. Los aragoneses lograron que su Don Quijote no entrara en Zaragoza: fue una trampa en la que cayó Cervantes, aunque con la genialidad de todos conocida.

En conclusión: Cervantes nunca estuvo, probablemente, en Aragón, y ello explica que sus referencias a lo aragonés sean tópicas, aunque en Aragón sitúa la mitad de la segunda parte. La furiosa reacción zaragozana por su miedo al posible ridículo armó una pluma aragonesa, si don Vincencio o no, váyase a saber, para crear no ya lo que falsamente viénese llamando «el falso Quijote» o «el Quijote espúreo», pero sí un Quijote anticervantino y antiquijotesco, zafio y ramplón, realmente loco y, sobre todo, «desamorado». Nada menos que «el Quijote aragonés», que la crítica actual revaloriza más cada día.

• Bibliog.:
Gilman, S. y Durán, M.: «El Quijote de Avellaneda»; en Suma Cervantina, ed. por J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley, Londres; Támesis, 1973, pp. 357-396.
Ximénez de Embún y Val, T.: «Antecedentes literarios que prepararon y causas históricas que produjeron la publicación del Quijote de Avellaneda»; en Álbum cervantino aragonés, Madrid, 1905, pp. 71-98.

 

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