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Antroponimia altomedieval

Contenido disponible: Texto GEA 2000

Los sistemas de designación de las personas constituyen un indicador de fenómenos sociales y culturales de una gran importancia. Aunque hay numerosos trabajos precursores desde finales del siglo XIX, solamente a partir de mediados de los años ochenta se ha realizado un análisis exhaustivo de estas fórmulas antroponímicas. En general, la constatación básica ha sido el paso de un modelo basado en el nombre único con una gran variedad de nombres diferentes y una escasa homonimia a otro en el que predomina una designación con dos nombres yuxtapuestos, que, aproximadamente, corresponde a los sistemas antroponímicos actuales. Sin embargo, hay excepciones y matices a este modelo general de cambio en el sistema antroponímico. Aragón forma parte de una de esas grandes excepciones. En efecto, desde el siglo IX, los testimonios disponibles muestran que -al igual que en Gascuña, Navarra y parte de La Rioja y Castilla- el modelo antroponímico vigente está constituido ya por dos elementos, un nombre personal y un segundo nombre que responde al nombre del padre con una desinencia en -es, -ez, -ones, según los casos. Los nombres de los primeros condes pueden servir de ejemplo: Aznar Galíndez -«hijo de Galindo»-, Galindo Aznárez. Este modelo es conocido como el nomen paternum, «nombre del padre». En el s. XI, centenares de documentos atestiguan que este modelo es casi universalmente seguido: no menos de un 85 % de las personas respondían a una designación de este tipo, bien en su aspecto más sencillo, bien con la incorporación de un topónimo -Aznar Galíndez de Baón, por ejemplo. En este sistema era frecuente que el nieto llevase el nombre del abuelo con lo que existía una cierta memoria genealógica. Una segunda vertiente del modelo era la extraordinaria concentración del stock de nombres de bautismo. Apenas ocho o nueve nombres polarizaban alrededor del 80 %, de tal modo que prácticamente la mitad de las personas se llamaba Sancho, García, Íñigo o Jimeno, a los que se añaden Galindo, Fortún, Aznar, Ato, Lope y Blasco para completar el lote de nombres casi universales.

Tras la conquista del valle del Ebro (1100-1120) este panorama cambia sustancialmente. En primer lugar, las sociedades cristianas incorporan numerosos inmigrantes europeos, los llamados «francos», cuyos nombres de bautismo nada tienen que ver con los aragoneses: como ejemplos, sirvan Pere, Guiral, Guillem, Bernard (entre los más comunes), pero los hay también raros: Arnulf, Constantín, Auger. Pero, sobre todo, apenas se repiten, puesto que incluso los más frecuentes (Pedro, sobre todo) se manifiestan con variantes como Peret, Peironin, Peirón, etcétera. Estos emigrantes, además, suelen utilizar sólo un nombre -que, como vemos, es bastante distintivo-, aunque cada vez con más frecuencia se les añade una indicación de lugar: Pedro Lombardo, Bartolomeu de Cahors o Gocelm de Montpellier, que puede ser también de tipo profesional: don Gorfand sillero o Girard pellicero. Un siglo después, la mayoría de estos nombres exóticos habían desaparecido, al compás de la fusión cultural de los francos en el conjunto de las sociedades urbanas aragonesas, pero quedaron restos apreciables en forma de algunos nombres como Pedro, Guillem o Bernal y como un refuerzo de las tendencias de cambio que seguía el sistema de designación antroponímico de la mayoría de la población.

Estos cambios son muy significativos. Para empezar, disminuye sensiblemente el peso de los nombres de bautismo tradicionales que creaba una espesa capa de homonimias. Aunque Sancho y García conservan un papel importante durante los siglos XII y XIII, que tiende a hacerse menor paulatinamente, Pedro, Juan y Domingo se configuran como los nombres preferidos por los aragoneses, una adhesión que se prolonga hasta el final del período medieval —estos tres nombres suelen retener alrededor de un tercio de los nombres usados en el valle del Ebro al filo de 1200 y una proporción parecida h. 1500, aunque entonces Juan domina sobre Pedro—. Sin embargo, junto al uso muy frecuente de estos nombres coexiste la utilización por cerca de la mitad de la población de una apreciable variedad de nombres distintos, en algunos casos muy creativos o simplemente procedentes de los empleados en otras regiones.

En lo que se refiere al sistema de designación, las transformaciones son igualmente perceptibles. El modelo del nomen paternum (nombre + nombre del padre en genitivo o con desinencia) tiende a desaparecer en beneficio de otras fórmulas más adaptadas a una sociedad nueva producto de la conquista y la colonización de las tierras del valle del Ebro y el Aragón turolense. A fines del siglo XII, los documentos zaragozanos reflejan cómo apenas un 7 % de las designaciones de las gentes de la zona respondían a este anticuado sistema. Contrasta con esta tendencia el progreso de los nombres únicos o del conjunto formado por el nombre + designación de parentesco o nombre + designación de tipo profesional, que se hacen muy abundantes en medios sociales con una fuerte inmigración. La ausencia de referencias de otra índole lleva a que las personas sean conocidas únicamente por su nombre propio o se añada a éste algún matiz como los señalados. En este mismo sentido, es perfectamente comprensible que haya una evolución muy marcada en favor de los nombres seguidos por un topónimo de procedencia (un tercio h. 1200), una forma onomástica que perdura creando apellidos hasta la definitiva fijación de los apellidos familiares, ya en época moderna. Y lo mismo ocurre con los apodos, como «Royo», «Calvo», «Viejo», incluso los no tan habituales, como «Saca ojos».

A partir de 1200-1250, la fórmula de designación varió más bien poco, lo mismo que el lote de nombres de bautismo usado, pero eso no significa que cristalizasen definitivamente los nombres de familia transmitidos de generación en generación sin alteraciones. Por el contrario, las vacilaciones, los cambios o el empleo de diferentes designaciones según las circunstancias es extremadamente frecuente.

La caracterización de la antroponimia femenina presenta algunos problemas, que se reducen fundamentalmente a dos: la menor abundancia de nombres en los documentos y la posición subordinada que generalmente muestran en ellos las mujeres respecto a los varones de su familia. Las conclusiones, por tanto, son menos firmes. Parece que, respecto a los nombres de bautismo, puede apreciarse una tendencia a una gran variedad, con pocos nombres dominantes. Entre ellos, Oria (siglo XI), Toda o María (s. XII). Es habitual la feminización de nombres masculinos —Boneta, Jimena, Guillerma—, o el desarrollo de nombres positivos —Sol, Alegreta, Condesa, Floreta—. Las mujeres son llamadas en los documentos con sus nombres precedidos de algún elemento de respeto —«doña», es decir, domina, «señora»—, o con elementos de apoyo basados en el parentesco con hombres, generalmente indicaciones de relación matrimonial o paterno-filial. Muy raramente, antes de la Baja Edad Media, se utiliza el sistema de doble elemento, como entre los hombres, aunque tiende a ganar terreno paulatinamente.

Bibliog.: Laliena Corbera, C.: «Los sistemas antroponímicos en Aragón durante los siglos XI y XII»; Antroponimia y sociedad. Sistema de identificación hispano-cristianos en los siglos IX a XIII, Valladolid y Santiago, 1995, pp. 297-326. García Herrero, M. C.: «Por que sepáis todos los nombres»; en Sesma Muñoz, J. A.; San Vicente Pino, A.; Laliena Corbera, C. y García Herrero, M. C.: Un año en la Historia de Aragón; 1492, Zaragoza, 1992, pp. 65-74. Falcón Pérez, M. I.: «Antroponimia aragonesa del siglo XV»; Aragón en la Edad Media, XIII, Zaragoza, 1997.

 

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