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Pirineos

Contenido disponible: Texto GEA 2000

Se denomina así la cordillera que, con dirección oeste-noroeste a este-sureste, se extiende a lo largo de más de 425 km., entre el Cantábrico y el Mediterráneo, formando la frontera con Francia. De esta cordillera, unos 135 km., en su sector central español, coinciden con territorio aragonés, concretamente entre los valles del Veral y del Noguera Ribagorzana; desarrollándose en una anchura que oscila de 55 a 75 km., desde las altas cumbres de la cadena hasta las bajas tierras de la Depresión del Ebro Buscar voz....

El Pirineo aragonés participa de la historia geológica común al conjunto de la cordillera. Geológicamente el Pirineo forma parte de la gran familia de cordilleras alpinas, ligadas litogenéticamente al ciclo que colmató los geosinclinales alpinos, y formadas durante la orogenia que se produjo a mediados de la era terciaria; es entonces cuando los materiales sedimentados en el mar pirenaico, a lo largo del mesozoico y del terciario inferior, se deformaron y plegaron, a la vez que se vio también afectado al sustrato paleozoico antiguo, aflorante hoy en el eje de la cadena. El estilo de las deformaciones que presenta el Pirineo corresponde al de una cordillera bilateral con doble vergencia, hacia la depresión de Aquitania por el norte y hacia la del Ebro por el sur; de ahí que predominen los pliegues volcados y los pliegues-falla cabalgantes, acompañando a estructuras alóctonas con escamas y mantos de corrimiento.

Las estructuras pirenaicas, que se alinean preferentemente de oeste a este, con ligera variante noroeste a sureste, orientan el dispositivo general de la cadena, transversalmente interrumpida por los valles fluviales que, con dirección norte-sur, la compartimentan en una serie de unidades más o menos individualizadas. Pero refiriéndonos exclusivamente al Pirineo aragonés, las tres grandes unidades que pueden diferenciarse son: el alto Pirineo, la depresión media y las sierras exteriores.

—El alto Pirineo: Es sin duda la más extensa e interesante de las unidades pirenaicas. Está constituido por un conjunto de alineaciones que, culminando en el Aneto (3.404 m.), forman la divisoria de agua fundamental del Pirineo. En función de sus rasgos geológicos, dos subunidades bien contrastadas integran esta unidad septentrional; por una parte los afloramientos paleozoicos, vestigio del mundo herciniano y que, con continuidad en la fachada septentrional de la cadena, forman el denominado Pirineo axial; por otra, los apuntamientos mesozoico-paleógenos que formando altas alineaciones serranas constituyen las sierras interiores.

El Pirineo Axial está representado en la mayor parte del sector pirenaico aragonés por una serie de macizos, que en algunos casos presentan características semejantes. En el alto valle del Gállego y en el interfluvio entre los altos valles del Cinca y Noguera Ribagorzana, el rasgo más destacado es la existencia de batolitos graníticos o granodioríticos que aparecen rodeados por rocas metamórficas antiguas, con predominio de calizas y pizarras carboníferas o devónicas en el sector occidental y de cuarcitas, pizarras y esquistos del devónico al cámbrico en el oriental. Son los macizos de Panticosa, y su continuación al pie del Balaitus; el de Parzán, escindido por el río Barrosa; el de Posets, que culmina a los 3.371 m.; el de Perdiguero, que con 3.221 m. se alza entre las cuencas del Ésera y del Estós; y, por último, el macizo de los Montes Malditos, con la Maladeta (3.308 m.) y Aneto (3.404 m.) como vértices más sobresalientes. Estos macizos presentan un relieve enérgico, propio de cordillera alpina, pero con matices siempre variados; así, las escarpadas paredes de las calizas cristalinas dominan las depresiones excavadas en las pizarras y esquistos menos resistentes, y los afloramientos graníticos de los macizos antedichos tienden a dar relieves maduros sobre los que resaltan agudas crestas culminantes, como en el caso de los Montes Malditos.

En el extremo occidental del Pirineo aragonés, la zona axial se resuelve de manera sencilla. Al oeste del Gállego faltan los apuntamientos de granito, y el relieve traduce las alineaciones paleozoicas o permotriásicas (Despeña, La Raca, etc.) que, dominadas por el pico de Anayet (2.583 m.), formado por rocas volcánicas andesíticas, encierran valles de gran belleza, como el de Guarrinza, Aguas Tuertas o la Canal Roya.

Marginando por el sur el Pirineo axial, las calizas de las sierras interiores se yerguen dando las majestuosas cresterías del Alto Pirineo. Desde las Canteras de Álano, que domina el valle de Zuriza y culmina en Peña Forca a 2.390 m., se suceden hacia el este toda una serie de crestas y torreones piramidales armados en las calizas cretácicas o eocenos, y coincidentes en muchos casos con deformaciones tectónicas de cabalgamiento de estas series calcáreas sobre el flysch más meridional; destacan el Bisaurín (2.670 m.), en Sierra Bernera; Collarada (2.886 m.), que domina el valle de Canfranc y el del pequeño afluente de Ip; Peña Telera (2.764 m.) y sierra de Tendeñera (2.853 m.), al oeste y este respectivamente del valle de Tena. Al sur de estas altas sierras calcáreas, fuertemente karstificadas, la presencia de un flysch eoceno, plástico y poco resistente a la erosión, ha condicionado la génesis de unas alineaciones serranas de menor altitud y escaso vigor, en las que sólo la existencia de bancos aislados de calizas da lugar a la aparición de algunas crestas.

Al este del Ara las sierras interiores se extienden más en anchura, a la vez que su estructura se hace más compleja debido al entrecruzamiento de ejes tectónicos y a la existencia de mantos de corrimiento superpuestos (de Monte Perdido, Cotiella y Gavarnie). El macizo de Monte Perdido, que alcanza en su cima la altitud de 3.355 m., está constituido por materiales cretácico-eocenos que, como consecuencia de los fuertes empujes sufridos en el momento de la orogenia alpina, presentan un dispositivo subhorizontal, resaltado por los bancos de caliza que forman los imponentes murallones rocosos que morfológicamente definen este sector del Pirineo. A ellos responden las cornisas de Cotatuero y sierra de las Cutas, enmarcando el valle de Ordesa, así como las de la sierra de Sucas (2.809 m.), prolongación suroriental de las Tres Sorores, y a cuyo pie se abren el valle de Pineta por el norte y el profundo valle de Añisclo, drenado hacia el sur por el río Vellós. En el sector oriental de Aragón, al este del Cinca, el Pirineo calcáreo se prolonga en Peña Montañesa (2.291 m.) y, sobre todo, en el macizo de Cotiella. Éste último está formado fundamentalmente por las calizas del cretácico superior, fuertemente incididas por estrechos valles, y que dan una serie de picos culminantes que alcanzan su altitud máxima en Cotiella, a 2.912 m. Al norte y sur del Ésera respectivamente, la sierra de Chía Buscar voz... (2.512 m.) y el Turbón (2.492 m.) traducen la complejidad estructural de esta parte del Pirineo, con ejes de plegamiento complicados con fracturas y de dirección norte-sur, opuesta a la normal en la cordillera. Finalmente, entre los valles del Isábena y del Noguera Ribagorzana los relieves cretácicos se hallan parcialmente fosilizados por los conglomerados oligocenos, indicando el poligenismo y compleja evolución de la cordillera pirenaica.

El conjunto del alto Pirineo queda dividido transversalmente por los valles de los ríos que, en dirección norte-sur, drenan la cadena. Por su importancia pueden citarse los valles del Veral (Ansó), Aragón Subordán (Echo), Aragón (Canfranc), Gállego (Tena), Ara (Broto), Cinca y Noguera Ribagorzana. Todos ellos poseen una serie de tramos bien contrastados, en función de las unidades litoestructurales que atraviesan, destacando las profundas foces encajadas en los materiales calcáreos (foz de Biniés o Boca del Infierno) y alvéolos o tramos abiertos cuando el valle se excava en un flysch margoso. Otro rasgo común a estos altos valles pirenaicos es la existencia en ellos de huellas glaciares, consecuencia de la actividad de los hielos cuaternarios.

—La depresión media: Separa las sierras interiores de las sierras exteriores, y en su sentido más amplio abarca el conjunto de materiales paleógenos que en facies molásica colmataron un extenso surco intermedio entre los dos conjuntos montañosos citados. Pero la depresión topográfica que mejor define a la Depresión Media es la denominada , recorrida en unos 50 km. por el río Aragón, aguas abajo de Jaca, y prolongada más allá del límite con Navarra, hacia el oeste, mientras que por el este tiene también continuidad en la Val Ancha; lo que supone una longitud de 70 km. en territorio aragonés.

En su margen meridional la canal queda cerrada por un conjunto de sierras, generalmente mal definidas desde el punto de vista estructural, que sólo ocasionalmente rebasan los 1.500 m.; son la sierra Nobla (1.080 m.), la de las Colladas (1.236 m.), de Santa Isabel (1.072 m.), de Javierre (1.621 m.), algunas de ellas muy próximas, e incluso adosadas, a las sierras exteriores. Pero de todas las sierras meridionales, dos merecen ser destacadas, no sólo por su energía de relieve sino también por su interés geomorfológico; son las de San Juan de la Peña (1.552 m.) y Peña Oroel Buscar voz... (1.769 m.).

—Las sierras exteriores: Son la avanzadilla pirenaica hacia la Depresión del Ebro. Extendidas a lo largo de más de 125 km. en la dirección normal de la cadena, poseen un desarrollo transversal que varía de oeste a este, ya que su anchura no sobrepasa los 2-4 km. en el tramo occidental, mientras alcanza los 10 km. en el oriental. Esta diferencia de desarrollo traduce unos rasgos morfoestructurales distintos, aun cuando prácticamente en la totalidad de las sierras apunten los mismos materiales triásicos, cretácicos y paleógenos, y participen de un estilo estructural semejante con vergencias y cobijaduras, correspondiéndose localmente con frentes de corrimientos. Las sierras de Santo Domingo (1.523 m.), Salinas (1.385 m.), Loarre Buscar voz... (1.596 m.) y Caballera (1.567 m.) forman el sector occidental, identificándose a grandes rasgos con una estructura anticlinal, acompañada de fracturas y vergentes hacia el sur, en la que la actividad erosiva de los barrancos que drenan la sierras ha puesto de manifiesto unas forma estructurales, con numerosas cornisas calcáreas, y cuyas características esenciales son observables en la foz del río Gállego, entre La Peña y Murillo. La linealidad que en el oeste presentan las sierras exteriores desaparece progresivamente entre las sierras de Gratal (1.542 m.) y de Rufas (1.376 m.); en éstas como en las sierras del Águila (1.386 m.), Gabardiella (1.695 m.) y Guara Buscar voz... (2.077 m.), la existencia de ejes de plegamiento y fractura de dirección norte-sur ha provocado el entrecruzamiento de éstos con el eje principal de la cordillera, y la consiguiente complejidad en el dispositivo del relieve serrano, que tiende a adaptarse a las deformaciones tectónicas. Al este del río Vero, el diapiro de Salinas de Hoz es un anticipo de las trastocadas estructuras del sector oriental de las sierras exteriores, en donde un trías plástico salino ha extruido deformando mecánica y anárquicamente los pliegues originales de la sierra de Carrodilla (1.108 m.) y de las proximidades de Benabarre; de manera que sólo en las sierras de Mongay (1.324 m.) y Sabinós, en el límite con Lérida, emergen las estructuras de plegamiento con una cierta ordenación, lo que condiciona la aparición de unos relieves estructurales bien definidos, con cuesta y cúpula anticlinal.

La transición de las sierras exteriores a la Depresión del Ebro se realiza a través de una franja más o menos continua de conglomerados miocenos que, adosados a las sierras, como en el caso de Riglos o al norte de Nueno, llegan a veces a fosilizarlas. Esto permite afirmar que, al menos sectorialmente, las sierras exteriores derivan de un fenómeno de exhumación que formaría parte del proceso evolutivo de las mismas.

• Bibliog.: Martí Bono, C.: «Aspectos de la problemática geomorfológica del Alto Aragón occidental»; Estudios Geográficos, n.° 153, 1978. Martí Bono, C.; Serrat, D. y González, M. C.: «Los fenómenos glaciares en la vertiente meridional de los Pirineos»; V Col. de Geografía, 1977.

• Utilización del suelo del Pirineo: El hecho de que el Pirineo sea una gran cadena montañosa ha condicionado el uso del suelo con dos grandes factores de limitación: el dominio de los espacios casi verticales con escasa presencia de zonas llanas cultivables, y la existencia de unas condiciones climáticas duras para la agricultura y que favorecen, sin embargo, el moderno uso del suelo con fines deportivos. El Pirineo central, aragonés, ha sido, fundamentalmente, hábitat de un pueblo de pastores, en torno a cuya actividad se tejió toda una cultura y unos sistemas de relación que la costumbre convirtió en derecho. La agricultura, impuesta a un medio hostil, sirvió de complemento de subsistencia mientras que la explotación forestal se aplicaba a usos domésticos y de construcción. Si a esto unimos la explotación rudimentaria de algunos yacimientos mineros y pequeñas industrias artesanas, completamos el cuadro económico, que ha perdurado hasta bien entrado el siglo XX y en el que el aislamiento de los valles jugó el papel principal.

—Sector agrícola: Dadas las características orográficas, cuenta con pocas facilidades para su instalación. Aprovecha los rellanos interfluviales, cuya altitud no presupone una rigurosidad de temperaturas. Pero los rellanos no son demasiado frecuentes —Chía, en el valle de Benasque, o Sandiniés, en el de Tena, pueden servirnos de ejemplo—. La zona más apropiada para el cultivo la constituyen las depresiones longitudinales intermedias entre las sierras interiores y exteriores. Talladas en el flysch eoceno, allí donde los ríos han podido ampliar su cauce forman corredores agrícolas destacados. El tramo más representativo lo forma la depresión por la que corre el Aragón, a través del Campo de Jaca y la Canal de Berdún hasta el embalse de Yesa. Hacia el este, la Val Ancha de Sabiñánigo prolonga el corredor, y, de nuevo, la inflexión del curso del río Ara permite la agricultura en la ribera de Fiscal, depresión de Boltaña hasta Aínsa.

Pero la imposición de los ríos a la estructura geológica, en bandas este-oeste del Pirineo, obliga al aprovechamiento transversal, siguiendo los cursos. Por eso los espacios cultivables son mínimos. Los ríos se encajan en las calizas y solamente amplían su cauce formando alvéolos en su salida a la Depresión Intermedia. Marca este sector la zona más amplia de antiguos cultivos abandonados.

Por eso los habitantes de los valles del Pirineo aragonés se han visto obligados a un aprovechamiento lineal de los sectores más próximos a los cauces de los ríos y torrentes situados en torno a los núcleos de población. Allí las pequeñas huertas se han defendido de las crecidas de fusión con protecciones rudimentarias, a la vez que auténticas obras de «ingeniería popular» han derivado el riego a los pequeños campos que quedaban por encima del nivel del río. Al ser éstos de tan reducido tamaño, la necesidad de subsistir obligó a utilizar las pendientes próximas, dando lugar a una agricultura abancalada que escalonó de parcelas, cerradas por muretes de piedra, las laderas.

Estos espacios agrarios son algo más amplios en los valles del sector oriental. Los antiguos cultivos cerealistas, que forzó la subsistencia, se han visto sustituidos en su mayor parte por las praderas de siega o de cultivo, que ocupan hoy el mayor porcentaje de las tierras de labor. El fondo de los valles sigue manteniendo pequeñas huertas de explotación familiar. Sólo la patata origina un pequeño comercio fuera del lugar de producción.

—Sector ganadero: La ganadería ha sido siempre el elemento económico fundamental. Basada tradicionalmente en el lanar trashumante, dio lugar a unos modos de vida peculiares. Los ganados descendían a la Ribera del Ebro en la «Sanmiguelada» (29 de septiembre) y volvían para San Juan (24 de junio) a alimentarse en los puertos, a más de 1.500 m. de altura, que habían sido sorteados previamente. Esos pastos naturales forman grandes praderas en la zona axial, coincidiendo con los tramos de cabecera de los valles. Presentan una gran variedad en torno al derecho de propiedad: mancomunidades como la de Ansó-Fago, condominios como el de Ansó-Echo por los pastos de Guarrinza, sociedades de vecinos como las de los pueblos del Ésera, y numerosos acuerdos de vecindad, incluso internacionales —las facerías, regulando el uso de los puertos entre pastores de uno y otro lado de la frontera—. En los últimos años el lanar, que iba a la cabeza de la explotación ganadera seguido muy de lejos por el vacuno y el caballar, ha iniciado una clara decadencia. Asistimos actualmente al auge del vacuno; la trashumancia desaparece ante la carestía y escasez de los pastos de alquiler y las duras condiciones de vida de los pastores. El vacuno se estabula o permanece en un sistema mixto que combina la permanencia en el establo, en invierno, con la subida a los puertos, en verano. El caballar casi ha desaparecido y la degradación se hace patente ante la falta de siega natural por parte de los animales.

—Sector forestal: La explotación forestal cuenta con una amplia banda de bosques instalada con preferencia sobre las pendientes calizas. Domina, fundamentalmente, el pino silvestre sobre todo en el sector occidental que alterna en las zonas más meridionales con el pino laricio, instalado a menor altura, al que se está dando importancia como especie de repoblación. El pino silvestre aparece mezclado en los valles de Ansó y Echo con el haya, indicando las últimas penetraciones de la influencia atlántica. A partir de estos valles ya sólo encontramos hayedos en enclaves topográficos aislados —hayedo del Patino en Sallent, San Juan de la Peña, Pineta, etc.— ocupando las caras umbrías de los montes. El piso más alto lo ocupa el pino negro (uncinata) que se agarra a las rocas más elevadas del sector occidental —Linza—. Es, no obstante, el pino que caracteriza al bosque de los altos valles orientales, donde sustituye en importancia al silvestre, formando importantes masas en los valles del Cinca y del Ésera. El abeto no es demasiado importante. Se presenta en masas puras en algún lugar como el Paco Ezpelá de Ansó, Vallibierna, etc. Lo normal es encontrarlo mezclado con pino silvestre ocupando las zonas más húmedas. Los enclaves de encinas y quejigos dominan en los sectores meridionales.

—Sector hidráulico: La clave del importante papel del Pirineo para el aprovechamiento hidráulico, con fines eléctricos o de regadío, estriba en la compensación que las aportaciones de agua de sus cursos superiores —con un máximo de verano y mínimos de invierno— representan para los cursos medio y bajo, donde el régimen pluvial de influencia mediterránea presenta mínimos de verano e invierno. El equipamiento hidroeléctrico ha corrido a cargo de una serie de empresas —E.I.a.s.a., Iberduero, E.n.h.e.r., E.r.z., y sus filiales— que han instalado diversos tipos de centrales y embalses que en ocasiones tienen el papel de instalaciones complementarias.

La producción hidroeléctrica de todo Aragón (2.871.367.797 Kwh.) puede decirse que corre a cargo del Ebro y de los diez grandes ríos pirenaicos. Por el momento a la cabeza de los recursos utilizados se sitúa el valle del Cinca junto con sus afluentes Cinqueta y Barrosa (25,79 %). Le siguen en importancia el Gállego, con los equipamientos del Caldarés, Aguas Limpias y Escarra (19,63 %), y el Ésera (13,65 %). Hay que mencionar, también, el Noguera Ribagorzana (4,67 %) y el Aragón, con la puesta en producción del Ibón de Ip (2,08 %).

—Sector turístico: La utilización turístico-deportiva es un importante aspecto a valorar. Cuenta con cinco estaciones invernales para el deporte del esquí: Candanchú y Astún en el valle del Aragón, Formigal y Panticosa en el de Tena, y Cerler en Benasque.

• Roturaciones del Pirineo y Prepirineo: En el conjunto pirenaico la ocupación humana ha supuesto una cierta adaptación al medio y una importante degradación del bosque clímax mediterráneo-boreal que ocupaba los valles y escalaba las vertientes. Las talas, muy precoces, se inician para ensanchar los pastos, base de la economía montañosa. Roturas, escalios o artigas para cultivos ocupan ya, en los albores del reino de Aragón (s. IX-XI), las riberas de los ríos y barrancos, los conos de deyección, las cubetas glaciares, los pequeños glacis y las zonas de menor pendiente, excavadas por la erosión en las margas del eoceno, en una agricultura de subsistencia.

Así, la expansión demográfica del XVIII y principios del XIX se produce en un territorio donde prácticamente está ya ocupada toda la tierra fértil. Las tensiones poblacionales y la pérdida de fertilidad del suelo subexplotado impulsan a nuevas roturaciones e intensificación de cultivos. De este modo, se rompen algunos sotos aún vírgenes (Botaya, Longás), se organizan los riegos (Valle de Tena, Panticosa) y se artigan las vertientes incluso con pendientes de 25-30 %. Se abancala y desbroza hasta los límites climáticos (1.500 m., sierra Santo Domingo, Prepirineo).

Esporádicamente esto continúa hasta 1930. Es la etapa de máxima extensión de la tierra roturada, aunque pueden distinguirse tres sectores: alto Pirineo, con un 5-6 % de tierra labrada en áreas lineales o digitales, rara vez compactas; Prepirineo, más deforestado, con un 10 % de tierra labrada y manchas más compactas; la depresión intramontana, con 15- 20 % de labrantío, muy continuo (Canal de Berdún, Campo de Jaca, Val Ancha), a causa de mejores condiciones topográficas, litológicas, edáficas y climáticas.

Desde los años 50 asistimos a un fenómeno inverso: despoblación y abandono de tierras de cultivo, particularmente las marginales de las vertientes, algunas con pérdida del suelo por la erosión. Sólo en la depresión intramontana existe una nueva fase de roturaciones recientes, en la década de los 70, como en Berdún, donde encinar y matorral son desmontados en los Carrascales, Sardas, Rasos y Coronas, para dedicar las tierras a cereal.

• Historia Antigua: Tanto los griegos cuanto los romanos dieron diversos nombres a la cordillera: Pyrene, Pyrenaei montes, Pyrenaeum iugum, Pyrenaeus, Pyrenaia, etc. Parece que los montes fueron bautizados por los exploradores griegos, del nombre de la ciudad de Pyrene, mencionada por Avieno y Heródoto, que debía de estar cerca de la actual Rosas (Gerona). Estos «montes de Pyrene», pues, fueron bautizados con un topónimo de terminación oriental (como Cyrene, o Mitylene) y de radical muy antiguo (Pyr-, Pur-), anterior a la difusión del griego y, quizás, relacionado con pueblos del II milenio a.C.

Pronto se halló una explicación mítica y fabulosa al nombre, que se creyó derivado del griego pyr-, «fuego», lo que dio nacimiento a la leyenda de que, habiéndose declarado un gigantesco incendio en la zona habían aflorado a la superficie grandes cantidades de plata, que griegos y fenicios venían a buscar. Otra versión situaba en el Pirineo a la ninfa Pirene, abandonada por Hércules tras sus amoríos con éste y que fue despedazada por las fieras del desierto. Hércules le dio sepultura gritando estentórea y repetidamente el nombre de su amada, que quedó, desde entonces, para designar los montes del lugar. (Esta explicación se halla en una obra de Silio Itálico. La anterior, en Diodoro, que la toma de Posidonio .)

La cita más antigua viene en Avieno, y después son numerosas, incluyendo a Aristóteles, Estrabón Buscar voz... y Ptolomeo. El Itinerario de Antonino Buscar voz... menciona el Somport (Summo Pyrenaeo), y Plinio y otros autores distinguen el Pirineo occidental o navarro, al que dan el nombre de iuga Vasconum. En general, los antiguos mesuraron bien la cordillera, tanto en su trayectoria (aunque Estrabón la cree de norte a sur) cuanto en recorrido, que se cifra entre 2 y 3 mil «estadios». (Los 435 km. del Pirineo equivalen a 2.200 estadios griegos.) Erróneamente, algún autor (Apiano Buscar voz...) creyó que eran los montes más altos de Europa.

Según el testimonio de Estrabón, el lado «céltico» (esto es, el francés) estaba desnudo, casi por completo, mientras que el lado de Iberia era muy abundante en vegetación, sobre todo en árboles de hoja perenne. Diversos autores mencionan, por separado, coníferas, encinas y bojes. Las encinas debían de abundar, pues sabemos que los cerretanos (Cerdaña, Alto Segre) y los cántabros, al oeste de la cordillera, eran afamados por sus jamones.

Dos pasos de importancia utilizaron los romanos para cruzar la cordillera por el centro: los actuales de Somport y Puerto del Palo (Echo), habiendo indicios que permiten pensar que el Summo Pyrenaeo o Summo Portu (escrito en caso ablativo, aquí) fue, mejor, el paso cheso que no el de Canfranc. Hay, en efecto, vía romana conocida y estudiada modernamente en el Puerto del Palo, con una importante inscripción bajoimperial que da testimonio de reparaciones llevadas a cabo allí por el Imperio. En la Edad Media musulmana —en que no cambiaron sustancialmente las condiciones anteriores— conocemos el mapa de Edrisi, en que se señalan el «puerto de Esara» (Ésera, Benasque) y el de Jaca (Somport).

Durante la Antigüedad no fue la cordillera óbice para la comunicación, ni actuó siempre como frontera, especialmente por sus extremos. Los iberos se extendían por toda la costa catalana, penetrando muy al interior de la actual Francia (Ensérune, el Ródano). Y, por occidente, es bien conocida la relación de gran proximidad étnico-cultural entre los aquitanos (Akkitanoi) y los iacetanos Buscar voz... (Iakketanoi), ambos de estirpe ibérica y que llegaban hasta el Garona.

En términos generales, no parece que hubiera allí ciudades en el sentido estricto del término, con la posible excepción de Jaca (Iacca, Iaca), acuñadora de moneda y capital de los iacetanos. En el resto de los valles aragoneses no hay una sola noticia útil, con excepción de unos pocos datos sueltos, epigráficos, que dan fe de que determinadas localidades que crecieron en la Edad Media ya se hallaban pobladas en el Alto Imperio (siglos I-III d.C.), pero no propiamente en el Pirineo mismo: así, había «boletanos» (de Boltaña), «barbutanos» (posiblemente de la zona de Barbastro), etc., que debieron de permanecer en esos lugares durante las dominaciones goda y musulmana. El Prepirineo estaba, desde luego, poblado y romanizado, como muestran los hallazgos de la Canal de Berdún, los excelentes mosaicos de Artieda, las termas de algunos lugares (entre ellos, Panticosa, en donde han aparecido monedas imperiales, lo mismo que en Sos o en Sigüés), así como los expoliados en Binacua, junto a Jaca.

Desde otro punto de vista, puede decirse que las curvas isométricas de los 500 y 700 m. marcan diferencias visibles en los regímenes económico-sociales, lo cual se comprueba ya en los monumentos megalíticos, minuciosamente estudiados por M. T. Andrés, correspondiéndose tales diferencias, de manera muy significativa, con las observadas en el lado francés por Blot. La frontera de la encina, por el ciclo económico de la bellota (cerdos, por un lado; harinas y derivados, por otro), tuvo que ser notablemente determinante.

Las transiciones de valle a valle, siempre difíciles, ya desde antiguo introdujeron matizaciones. Con alguna excepción, las descripciones clásicas enumeran grandes unidades que se equivalen, en términos generales, con las existentes ahora: cerretanos (Cerdaña), andosinos (Andorra), arenosios (Arán), iacetanos (Jaca) y vascones (Pirineo navarro). Apenas nada sabemos del Sobrarbe y la Ribagorza. Estrabón dice que el territorio iacetano iba desde el pie de la cordillera «hasta las inmediaciones de las comarcas de Ilerda (Lérida) y Osca», lo que parece dar a entender que los iacetanos ocupaban la totalidad del Pirineo aragonés de hoy, pero es un dato harto inseguro. Para poder adquirir información sobre estas zonas hay que esperar a fechas posteriores al 714 y a la constitución de los primeros núcleos cristianos autónomos en el área.

• Bibliog.: Fatás, G.: Los pueblos antiguos del Pirineo aragonés; «Cuadernos de Zaragoza», núm. 34, Ayuntamiento de Zaragoza, s.f. (1979).

 

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