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Pirineísmo

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 17/08/2009

En sentido restringido se suele entender por «pirineísmo» la actividad montañera en el Pirineo Buscar voz..., y por «pirineístas» los que la practican de un modo habitual, es decir, como el «alpinismo» del Pirineo.

El pirineísmo, tan viejo, sólido y culto, tan audaz como el alpinismo, no es, pues, una copia de éste, sino una manifestación algo más que deportiva y bastante espiritual de nuestras montañas, un especial modo de montañismo y una especialidad cultural, acentuada por el vigoroso carácter que le otorga, justamente, el Pirineo aragonés, hasta el punto de que éste forma el mismo eje de su contenido montañero e intelectual.

Por el gusto de buscar un origen remoto y mítico en la conquista de las cumbres del alto Pirineo, se pretende que la primera ascensión con renombre fue la que hizo Pedro III de Aragón Buscar voz... en 1285 al Canigó, en la que, según la tradición, hubo de vérselas incluso con un dragón Buscar voz..., lo que contribuye a situar este hecho más en el campo de las leyendas —propias de la época— que en el de la verdadera exploración de la montaña. En realidad, las montañas españolas han sido conocidas por los pastores desde muy antiguo, con bastante detalle, como lo prueban abundantes topónimos prerromanos en cimas y parajes, a veces muy recónditos, pero este uso y conocimiento de la montaña no posee las características culturales y deportivas del pirineísmo, como es lógico; los pirineístas utilizaron, como se hizo en todas las cordilleras, a los nativos como hábiles guías y sin éstos el reconocimiento de la cadena hubiera sido lento y lleno de fracasos; pero la mentalidad de aquéllos tenía otras coordenadas que la de los pastores.

El verdadero proceso de estudio y de ascensiones del Pirineo aragonés se inicia en el último cuarto del siglo XVIII —al tiempo que el de los Alpes—, como consecuencia del interés por el conocimiento de la naturaleza que se dio en la Europa ilustrada. En este movimiento se encuentran figuras como Palasser que investiga desde 1774 la geología del Pirineo, realizando observaciones y apuntando explicaciones, cuyo rigor muestra claramente la inserción ya de estas montañas en el campo del saber científico de la época y hace ver la auténticas raíces del pirineísmo. La necesidad de una cartografía precisa de los aún confusos cordales montañosos originó a fines del mismo siglo una sistemática campaña geodésica, que permitió un perfeccionamiento de los mapas y ocasionó abundantes ascensiones a cumbres, muchas nunca conquistadas, hasta entonces, por anónimos geógrafos y sus ayudantes, y un recorrido intenso de la alta montaña, sus valles, circos y aristas.

Junker en Francia y Heredia Buscar voz... en España dirigieron estos trabajos sin escatimar esfuerzos. Aunque los documentos de Heredia andan extraviados en archivos desconocidos, se sabe que su grupo de trabajo exploró y midió numerosas cimas del Pirineo de Huesca, alguna de las más elevadas en los macizos de Panticosa Buscar voz..., Bielsa Buscar voz..., Ordesa Buscar voz... —desde Argualas Buscar voz... a Peña Montañesa Buscar voz...—, entre otros, y algunos autores piensan que incluso ascendió a Monte Perdido Buscar voz... nueve años antes que Ramond. De hecho, los guías de éste fueron conducidos a la cumbre por pastores de Pineta, que es posible que conocieran el camino por haber subido previamente con Heredia; también es curioso que por la época de la ascensión de Ramond, el cura de Pineta, mosén Zueras Buscar voz..., se ofreciera ya como guía a la cumbre, todo lo cual hace pensar que cura y pastores sabían previamente el itinerario y que el Perdido no estaba tan perdido como parecía.

Por otra parte, Reboul Buscar voz... y Vidal emprendieron desde 1786 mediciones de altitudes de las cumbres pirenaicas, llevando también a cabo ascensiones importantes, como la del pico de Anie, y precisando ya en 1789 la primacía del Aneto Buscar voz... sobre el Monte Perdido, que venía siendo tomado como la máxima cima pirenaica. No cabe duda de que el verdadero pirineísmo ha nacido con Reboul y Heredia en sus dos facetas: estudio y conquista de la alta montaña. Racionalización, precisión, reconocimiento completo sobre el terreno caracterizan a estas campañas, ejecutadas programadamente a ambos lados del Pirineo y con fines prácticos concretos; sus ascensiones exigieron notables esfuerzos y audacia, más aún teniendo en cuenta la existencia entonces en el Pirineo de las desfavorables condiciones nivales de la fase de avance glaciar histórica —de la que existen abundantes testimonios— que, en determinados puntos, no debieron de facilitar el acceso a los nudos de grandes cumbres.

El pirineísmo, pues, es ya un hecho al acabar el siglo XVIII en lo que podríamos llamar la fase de los geógrafos, que abre el alto Pirineo a la aventura y a la ciencia. Pero faltaba aún el gran protagonista, el hombre prerromántico que diera calidad literaria, sentido espiritual y científico y difusión a la zona de altas cumbres y a la conquista de la cima difícil, de la gran montaña: el De Saussure del Pirineo. Éste fue Ramond; y si los Alpes tuvieron su Mont Blanc para la gesta, el Pirineo tuvo el Monte Perdido, la «más bella de las montañas calizas» —como escribió Ramond—, que se llenó de valor simbólico.

Ramond es, en efecto, el padre del pirineísmo individualista, que busca ya en su propia práctica, en la vivencia de la alta montaña, su misma justificación, y que comunica tal vivencia como un valor a los hombres cultos, aunque el motivo de sus ascensiones —como en De Saussure, como en Humboldt— sea el conocimiento científico, la observación rigurosa y directa de la alta montaña, como una aportación al saber de la cultura europea. Ramond es a la vez el sabio naturalista y el escritor (entre Rousseau y Senancour), pero, sobre todo, es ya el montañero. En 1777 conoció los Alpes y en el 87 el Pirineo, internándose ya en la alta montaña; en el 96 exploró Tucarroya Buscar voz... y observó los glaciares Buscar voz... septentrionales del Perdido, entonces en su momento de crecida histórica.

En 1802 un pastor de Pineta conduce a los guías de Ramond a la cumbre del Perdido y éstos ascienden nuevamente con Ramond a la cima y recorren con él los altos que dominan Ordesa.

El guía de inicios del siglo XIX es otra figura destacable en los asaltos a las altas cumbres y en los recorridos por las sierras de Aragón. En 1802 el geólogo Cordier Buscar voz... contrató al guía Barrau Buscar voz... para subir a la Maladeta Buscar voz... con fines científicos y llegaron a alcanzar la cresta rocosa; es posible que Barrau ya hubiera guiado a Ramond en 1787 al mismo macizo, pero su nombre se hizo célebre cuando en 1817 alcanzó la cumbre, junto a Parrot Buscar voz...; su constancia en las ascensiones a este pico continuó hasta que en 1824 murió al caer en una grieta de su glaciar. El guía Barrau representa, pues, otro tipo de pirineísta de la primera época, también francés, afamado por sus grandes empresas montañeras.

Hubo relatos que difundieron de un modo especial la belleza del Pirineo de Huesca, como sucedió con los escritos de Arbanère, en 1828, sobre Ordesa, Añisclo Buscar voz..., Pineta Buscar voz... y el sur de los Montes Malditos Buscar voz....

Científicos, geodestas y guías seguirán constituyendo durante un tiempo aún los principales pirineístas, aunque ya empiezan a aparecer los primeros ascensionistas deportivos. En 1823 se publica el tratado de geognosia del Pirineo de Charpentier Buscar voz..., y, en continuidad con los anteriores trabajos topográficos, Coraboeuf dirige una nueva campaña geográfica en la que destacará la labor de Peytier Buscar voz... y Hossard. Estos dos escalaron para ello numerosas cimas, entre las que destacan el Pallar y el Balaitús Buscar voz...; esta última, hasta entonces nunca coronada, fue subida por ellos en 1825, y dos veces en 1826, habitando durante varios días en la cumbre mientras realizaban sus trabajos. Prosiguieron sus mediciones por los macizos de Estós Buscar voz... y Maladeta Buscar voz..., con resultados topográficos muy precisos, de modo que las principales cumbres del Pirineo aragonés quedaron en sus cotas exactas, como aportación de esta campaña, en la que no escasearon las peripecias montañeras.

El guía más representativo de esta etapa, junto a Barrau, es Cazaux Buscar voz..., que encontró el itinerario de subida al Viñemal Buscar voz... y, jugando a «servidor de dos amos», después de llegar a su cumbre, ofreció por separado sus servicios a dos clientes distintos, conduciendo a ambos a la cima en el plazo de cuatro días —el 7 y el 11 de agosto de 1838— haciendo creer al segundo que era el primero en coronarla; estos personajes, un príncipe ruso y una deportista inglesa, que buscan sólo el éxito de la conquista y la fama social, componen un nuevo tipo de pirineísta: un turista privilegiado, deportivo y aventurero, a medio camino entre los bañistas de los balnearios que retratara Taine y los científicos de la etapa anterior. Los mejores de entre ellos, dotados de un toque romántico, serán las primeras figuras estrictamente montañeras. Así aparecen nombres como Franqueville y Tchihatcheff Buscar voz..., que coronan con sus guías el Aneto Buscar voz... en 1842, o Tonnellé Buscar voz..., en 1858, que asciende a las primeras cumbres de nuestro Pirineo y escribe un famoso relato de su recorrido.

Inmediatamente después el pirineísmo conoce una etapa de extraordinaria categoría, con una actividad intensa y unas figuras excepcionales. Es el momento de Packe Buscar voz..., cuya actividad se despliega desde 1853, primero como naturalista y más tarde principalmente como montañero, autor de la primera guía «pirineísta» y de mapas detallados, conocedor de los remotos rincones del Pirineo, ascensionista de muchas de sus cimas; es el momento de Russell Buscar voz..., «el águila del Pirineo», extraordinario montañero apasionantemente poético en sus reflexiones sobre las cumbres, a las que frecuenta intensamente sin otro objeto que la vivencia de los altos paisajes.

Russell es el primer montañero puro del Pirineo, dedicado a su ascensión durante años, macizo tras macizo, constante escalador de «tresmiles», enamorado del Viñemal, donde llega a habitar en una gruta. Como consecuencia de esta pasión, en 1864 cooperó en la fundación de la primera sociedad pirineísta y participó en su dirección en los años siguientes.

Otras figuras relevantes continuarán esta línea, como Wallon Buscar voz..., que recorre y cartografía el alto Pirineo en los años 70 del siglo pasado, detallando sectores desconocidos de la montaña aragonesa; Tissandier Buscar voz..., que divulgará sus bellezas, y en los años 80 describirá no sólo la zona más alta, sino también las sierras interiores hasta el barranco de Mascún, del mismo modo que Lequeutre Buscar voz..., divulgador de Añisclo Buscar voz..., perfeccionador de las guías existentes.

Pero la personalidad más interesante —que de nuevo vuelve sobre el macizo de las Tres Sorores— en esta fase del pirineísmo y que dota a la historia de esta actividad de buena parte de la gran calidad humana que posee, es la de Schrader Buscar voz.... Desde 1866 hasta su muerte en 1924 Schrader dedicó un ingente trabajo al Pirineo: mapas, dibujos, artículos de extraordinario interés.

En Schrader, en Russell, el pirineísmo es una vocación. También lo es en Saint-Saud y en Briet Buscar voz.... Saint-Saud continuó la exploración y medición de las montañas por la vertiente española e incluso los Picos de Europa; desveló las sierras aragonesas peor conocidas en los años 70 y 80 de un modo asombrosamente detallado, en una densa red de itinerarios y con numerosas ascensiones; su contribución al exacto conocimiento topográfico de nuestras montañas fue altísimo y de su experiencia extrajo un gran caudal de saberes y reflexiones sobre la vida de los aragoneses.

Briet fue, en cambio, un hábil divulgador de las bellas sierras aragonesas, en especial de Ordesa, promoviendo las primeras ideas —a la vez que Schrader— de la necesidad de proteger la naturaleza pirenaica y crear parques nacionales en sus mejores parajes; su obra, también amplia, vuelve a mostrar las dos constantes del pirineísmo clásico: interés por Aragón y una explícita vertiente cultural.

Entretanto también ha progresado el montañismo puro, dentro de las características tradicionales que aparecían en los conquistadores del Viñemal e incluso en Russell: deportivismo, a veces aristocrático o minoritario, y guías nativos. Es el caso de Monts Buscar voz..., de origen noble, que escala en 1888 con Passet Buscar voz... y Salle la cara norte de Monte Perdido, abriendo un itinerario inédito, difícil y por hielo, tres características que definen un nuevo espíritu montañero.

Passet fue uno de los mejores profesionales del Pirineo y practicó un pirineísmo deportivo, lo que le asemeja a los guías alpinos. Otro guía de gran calidad fue Latour Buscar voz..., que encontró la vía más conocida al Balaitus desde la vertiente aragonesa y recorrió con los más significados pirineístas nuestras montañas.

También durante esta etapa el conocimiento científico del Pirineo progresó de modo notable, destacando la inteligente y trabajosa labor de Mallada Buscar voz... en las sierras de Huesca y los estudios de Margerie Buscar voz... en las Sorores. Una tesis de Geografía dirigida por Vidal de la Blache y escrita por Camena d’Almeida Buscar voz... recoge en 1891 el conjunto del esfuerzo científico realizado hasta entonces para comprender el Pirineo y muestra el grado elevado de datos, observaciones e interpretaciones de tipo geográfico que ya en aquellos momentos existía sobre la cadena. Incluso el pirineísmo, al acabar el siglo, ya posee historia. Algunos años después Le Bondidier Buscar voz... fundará el Museo del Pirineo de Lourdes, que en buena medida es resultado del espíritu pirineísta. A comienzos del siglo los hermanos Cadier Buscar voz... transforman definitivamente la Filosofía montañera pirineísta abriendo vías inéditas, buscando itinerarios audaces en terreno desconocido. La época de Russell es también ya historia, también museo; otra etapa comienza.

En los años de cambio de centuria se ha publicado, además, la obra capital que recoge y ordena la evolución del pirineísmo durante cien años de la que es autor Beraldi Buscar voz...; estos libros parecen confirmar que un gran período se ha terminado; el pirineísta de aquella época, definido por Beraldi como alguien que sabe a la vez escalar, sentir y escribir, es ya la raíz de un cuerpo desarrollado y que va a continuar creciendo.

Personalidades destacadas del pirineísmo español y en las sierras de Huesca fueron, ya en nuestro siglo, los catalanes Soler Santaló Buscar voz... y Mallafré Buscar voz... —posterior a los anteriores—, iniciador del montañismo de primera línea en la postguerra, y otros que sería prolijo nombrar.

Hay que destacar también la existencia desde principios de siglo de guías nativos en el Pirineo aragonés; entre ellos —escasos y en su mayoría ocasionales—, principalmente a Sayó Buscar voz..., guía del Aneto, que, como Barrau, murió en la alta montaña —aunque víctima de un rayo—, en una ascensión en julio de 1916.

Al tiempo que el pirineísmo se convierte en Francia en un hecho social extendido, se fundan en España sociedades montañeras cuyas actividades indican una nueva fase en la práctica del excursionismo en nuestro país y que van a repercutir, tanto en un incremento de las ascensiones al Pirineo, como en la continuidad y desarrollo del montañismo Buscar voz...; concretamente en Aragón de modo principal Montañeros de Aragón Buscar voz... y Peña Guara Buscar voz... tendrán un papel determinante en este aspecto. La espontánea escuela de escalada que nace en Riglos Buscar voz..., pronto forma un trío con la de Montserrat y La Pedriza y, a partir de ella, se realizarán ascensiones de alto rango, primeras espectaculares, y ciertas cordadas, como la de Rabadá y Navarro, adquirirán por sus verdaderas hazañas renombre internacional.

Los pirineístas aragoneses realizarán empresas no sólo de primera envergadura, sino que se colocarán en la vanguardia de muchas actividades montañeras. Esto es decisivamente importante, ya que es suficiente recordar que Mallafré fue el primer español que escaló la cara norte del Perdido en 1941, cuando los franceses habían abierto la vía en 1888; pasar de este retraso a la vanguardia es un poderoso salto. El pirineísmo aragonés ha trascendido incluso las montañas europeas y, de forma individual o colectiva, ha llevado a cabo expediciones a los Andes, al Himalaya y a otras cordilleras del globo terráqueo.

En los últimos 50 años el pirineísmo se ha transformado intensamente. También el Pirineo. La facilidad de accesos, los cambios sociales, los nuevos equipos, estilos, mentalidades han modificado el número y tipo de los montañeros; la emigración, el impacto del turismo ha modificado a los montañeses; los embalses que ahogan viejos valles, las pistas que destrozan serenos cordales y cabeceras, las urbanizaciones que vulgarizan y ensucian las laderas, han modificado la montaña.

Y, sin embargo, aunque cada vez más restringido y arrinconado por las pistas, remontes y turistas, aún queda el recio Pirineo de entonces, y es una obligación moral luchar para que no se toque, porque en ese Pirineo reside la naturaleza que dio su especial calidad al pirineísmo.

 

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