Aragón en los inicios del siglo XX: Del Desastre del 98 a la II República
Sombra

Tema 8. Cultura aragonesa en los inicios del siglo XX

Se ha llegado a decir que en las primeras décadas del siglo XX Aragón vivió una edad de plata cultural. Se vive un momento de eclosión de grandes artistas, escritores, músicos… pero al mismo tiempo, se vive un momento en que el público al que va dirigido el producto cultural ha cambiado y se ha ampliado. A partir de ahora será la burguesía la que encarga las obras artísticas; la arquitectura además de servirle como residencia va a servirle como elemento representativo de su poder económico y las obras literarias van dirigidas mayoritariamente a este nuevo público mayoritario.

Hasta aquel momento el arte había sido encargado por las instituciones, el estado, la nobleza o la Iglesia; en definitiva, las élites que ostentaban el poder político, económico y moral. Ahora, con la ascensión de la clase burguesa y los nuevos soportes y materiales artísticos (cartel, fotografía, cine...), la cultura será más accesible a todo el mundo.

En arquitectura, todavía están vigentes los estilos del siglo XIX historicista y el ecléctico, que recuperaban el gusto por la arquitectura medieval y especialmente renacentista. Estos se basaban en la utilización del ladrillo como material tradicional y en la exaltación del Renacimiento como estilo artístico del pasado que más se identificaba con lo aragonés, configurándose de esta manera una arquitectura "regionalista" de tradición neorrenacentista. Así pues, edificios como el Museo de Bellas Artes (obra de Julio Bravo y Ricardo Magdalena) o la Escuela de Artes y Oficios (de Félix Navarro), proyectados para la Exposición Hispano Francesa, incorporan la característica galería superior de arcos de medio punto, aleros muy volados, el ladrillo a cara vista con decoración mudéjar, etc.

Pero con el cambio de siglo llegan vientos renovados y un estilo artístico se impondrá por encima de los demás. Es el Modernismo, introducido por Ricardo Magdalena, Félix Navarro y Dionisio Lasuén (como escultor-decorador) en los últimos años del siglo anterior. Este estilo se halla estrechamente vinculado con el "estilo floral" catalán, que pone un gran énfasis en la decoración de inspiración vegetal. Incorpora los nuevos materiales (hierro y vidrio), revitaliza las artes decorativas (cerámicas, mosaicos, forjas) y en sus diseños destacan los ritmos ondulados y asimétricos.

En relación a la revitalización de las artes decorativas conviven en este momento la Escuela de Bellas Artes (enseñanza académica clásica) con la de Artes y Oficios, introductora de los criterios modernistas del arte, fusionándose ambas definitivamente en 1909 en la Escuela de Artes e Industrias dirigida por Lasuén.

Este nuevo estilo típicamente burgués recibe el espaldarazo definitivo con los pabellones provisionales de la Exposición Hispano-Francesa de 1908. Este escaparate servirá para que la sociedad burguesa desee proyectar sus casas en el nuevo estilo, sobre todo en las nuevas residencias que se están construyendo en el actual Paseo de Sagasta. Así, trabajarán en Zaragoza artistas como Manuel Martínez de Ubago (autor del Quiosco de la Música), Francisco Albiñana Corralé (de la fachada del Centro Mercantil), Luis de La Figuera, José de Yarza...

El Modernismo es un fenómeno esencialmente urbano y los mejores ejemplos arquitectónicos los encontramos en Zaragoza, pero Teruel también acoge grandes obras gracias a la presencia del tarraconense Pablo Monguió como arquitecto municipal y provincial.

En general puede decirse que el modernismo tuvo un arraigo notable en la arquitectura aragonesa. Sin embargo, es de lamentar que llegase tardíamente, porque en los movimientos artísticos del siglo XX, la novedad se había convertido en una necesidad, y pronto se introducirá el racionalismo. En Aragón, la primera obra es el Rincón de Goya de Fernando García Mercadal, construido para conmemorar el centenario del artista en 1928, un edificio que supone la ruptura total con la tradición arquitectónica.

El Modernismo y la incidencia de la Exposición Hispano Francesa están presentes en la escultura, mayoritariamente pública y conmemorativa. Así, artistas como el catalán Agustín Querol realizará obras en Zaragoza como el Monumento a los Mártires (junto a R. Magdalena) o el de los Sitios. También trabajarán los hermanos Oslé (Monumento a la Exposición Hispano-Francesa) o Mariano Benlliure (Monumento a Agustina de Aragón). Estos escultores son mayoritariamente foráneos hasta los años veinte, que surge la figura de José Bueno, autor de obras como el Batallador (1921) del Cabezo Buenavista o el Monumento conmemorativo sobre la Fosa Común (1919) en el Cementerio de Torrero y en Huesca, y la del interdisciplinar Ramón Acín, autor de la escultura de Las Pajaritas (1928), obra de influjo cubista convertida en el símbolo de la capital altoaragonesa.

Los de José Bueno y Ramón Acín fueron casos aislados, ya que la mayoría de artistas aragoneses tuvieron que salir fuera para poder impregnarse del arte de las Vanguardias. Ese es el caso del grausino Felipe Coscolla y del escultor más destacado de todos: Pablo Gargallo.

El maellano se instala tempranamente en Barcelona, donde se imbuirá de la estética modernista al entrar en contacto con los artistas de Els Quatre Gats, entre ellos Picasso. En este momento colabora en la las esculturas del Palau de la Música Catalana o el Hospital de Sant Pau.

En 1903 se instalará en París, pensionado por la Academia de Bellas Artes. Es allí donde estrecha definitivamente los lazos con el artista malagueño e irá haciendo suyas las propuestas estéticas del cubismo. Tras pasar temporadas a caballo entre París y Barcelona se instalará definitivamente en la capital francesa con la llegada de la dictadura primorriverista y allí culminará su personal estilo cubista basado en la búsqueda de síntesis formal de la figura en planos geométricos y en el uso de los vacíos como parte de la escultura. La obra cumbre de Gargallo es el Gran Profeta, realizada en 1933, en plena madurez artística. Un año más tarde morirá en Reus (Tarragona).

En cuanto a la pintura, el modernismo tiene un escaso desarrollo en Aragón. Solo el oscense Félix Lafuente trabajará en este estilo en ilustraciones para prensa y carteles publicitarios, sin embargo en sus óleos y acuarelas aborda el retrato y las escenas costumbristas. Quizá sea Ángel Díaz Domínguez el modernista más integral, con sus decoraciones murales en el Centro Mercantil de Zaragoza.

El estilo que realmente triunfó en la época fue el regionalista, muy influido por el pintor vasco Ignacio Zuloaga, vinculado por esos años a Aragón y a la recuperación de Goya y Fuendetodos. El regionalismo en la pintura no es más que una prolongación del regionalismo literario promovido por revistas como Aragón con sus estudios regeneracionistas científicos de temática aragonesa o por la prensa, cuya principal figura a nivel nacional fue el zaragozano Mariano de Cavia, y los artículos de costumbres que ayudaron a forjar la versión castiza de lo aragonés, plagada de chascarrillos, que acabará degenerando en el tópico y el baturrismo, de escasa calidad literaria.

La pintura regionalista se caracteriza por la temática folclórica y el gusto por las escenas del mundo del trabajo ambientadas en algún paisaje regional característico. Entre todos los pintores destacan Juan José Gárate, triunfador en la Exposición Hispano Francesa, Rafael Aguado Arnal, Julio García Condoy y, sobre todo, Francisco Marín Bagüés.

Este pintor inicia su obra como todos sus compañeros de generación en la estética regionalista y de sus primeros años hay que destacar la obra Baturra con mantón blanco (1907). Su obra gira hacia el modernismo tras su paso por Roma pensionado por la Diputación de Zaragoza, prueba de ello son las obras históricas Santa Isabel de Portugal (1910) y Los Compromisarios de Caspe (1912), donde destaca la pincelada sinuosa típica del modernismo. Sin embargo, una vez regresa a Aragón pronto retorna a la corriente de temática regionalista con obras como El Pan Bendito (1914). Marín Bagüés se convertirá en el retratista más reclamado por la burguesía aragonesa y mantendrá durante toda su carrera la temática regionalista, pero de una manera original, ya que asumirá las corrientes de la vanguardia artística en obras como La Jota (1932), Los placeres del Ebro (1934) o la más tardía de La carrera de pollos (1953).

Será en otro género artístico en el que los aragoneses se muestran más transgresores y abiertos a las vanguardias. Este género no es otro que el cine, cuyo precursor en España es el aragonés Eduardo Jimeno. El cine se convirtió en un icono burgués de la modernidad y el público pronto llenará las salas zaragozanas de Farrusini o los Coyne. La producción cinematográfica aragonesa del momento se basa en la toma de vistas documentales de pioneros como el mismo Ignacio Coyne o Antonio de P. Tramullas, que con el tiempo fundará su propia productora, Sallumart Films.

Habrá que llegar hasta el turolense Segundo de Chomón, para que en Aragón conozcamos al primer realizador de cine de ficción. Una figura que se eleva por encima de las demás por su originalidad artística e innovación técnica, entrando a formar parte destacada de la historia del cine universal.

Segundo de Chomón (Teruel, 1871 - París, 1929)…    
La fantasía en el cine

Poco sabemos de los primeros años de Chomón en Teruel, solo que estuvo en Cuba haciendo el servicio militar y que tras volver en 1897 viajó a Francia para estudiar el recién nacido cine. Es a finales de 1900 cuando Segundo de Chomón decide dedicarse plenamente a la actividad cinematográfica en dos vertientes: como especialista en la impresión de títulos españoles para las películas extranjeras que se importaban y en el coloreado a mano de las copias de filmes de intención fantástica o espectacular. Sin embargo, su interés por el cine no se iba a quedar allí y enseguida sería realizador.

En 1902 se instala en Barcelona y allí filma su primera película Choque de trenes, en la que usa trucaje y maquetas. A partir de ese momento y pese a que también hará películas de reportaje como la Boda de Alfonso XIII (1906), su interés irá encaminado en dos vertientes: hacia las películas fantásticas como Gulliver en el país de los gigantes (1903) o hacia las zarzuelas cinematográficas en las que predomina el humor como en Los guapos del parque (1905). En esta etapa de Barcelona filma Eclipse de sol (1905) donde introduce el paso de manivela, esto es la filmación fotograma a fotograma para poder alterar la posición de objetos entre uno y otro fotograma.

En 1906 la vida de Chomón da un vuelco definitivo, ya que es reclamado por la casa Pathé francesa para competir con las películas fantásticas y de ciencia ficción de Georges Méliès. Entre otros, surgen los filmes Viaje al planeta Júpiter (Voyage dans le planète Jupiter, 1907) o Viaje a Marte (Mars, 1908), que sigue la trayectoria iniciada por Méliès, consistente en la "exploración espacial", inspirándose en grabados de la época o en la fantasía de escritores como Julio Verne. También realiza con una temática similar La leyenda del fantasma (La lègende du fantôme, 1908). La imaginación de Chomón era prodigiosa para resolver las dificultades técnicas y en esta etapa realiza una de sus obras maestras, El hotel eléctrico (1908), donde puso en práctica la técnica del paso de manivela.

Chomón regresa a la Península en 1910 pero en 1912 es contratado por Itala Film como operador y técnico en efectos especiales. Entre todas las producciones que realiza destaca la obra maestra Cabiria (1914), largometraje de más de tres horas ambientado en la Roma de la Segunda Guerra Púnica. En esta película pone en práctica una nueva técnica cuyo invento se atribuye a Chomón, el carrello (origen del travelling), que no es más que la grabación con la cámara en movimiento.

La Gran Guerra produjo un periodo de paréntesis, pero la fama de Chomón continuó tras este periodo, por eso se incorporó a la grabación de Napoléon, gran epopeya de Abel Gante (1926). Eran los últimos años de su vida pero todavía tuvo ocasión de realizar un último trabajo en París, aunque para una película española, El negro que tenía el alma blanca (1927), de Benito Perojo, última colaboración destacada del mayor innovador aragonés en el mundo del cine.

Chomón había dejado las bases bien sentadas para un cine de ficción, aunque no realizado desde Aragón. La temática aragonesa era la del cuento y el chascarrillo, iniciada en la serie de Domingo Ceret titulada Cuentos Baturros ilustrados en cine (1915-17). Tendremos que llegar a los felices años veinte para encontrar nuevos creadores aragoneses con gran acogida entre el público. El principal es Florián Rey, natural de La Almunia de Doña Godina, que en 1921 inicia su carrera en el cine primeramente como actor, aunque pronto pasará a la dirección. Su primera película es la adaptación de la zarzuela de La revoltosa (1924). Poco más tarde descubrirá para el cine a Imperio Argentina en La hermana San Sulpicio (1927) y su mayor éxito en la década es La aldea maldita (1929). Unas primeras obras en las que cultiva el costumbrismo, que anuncian los éxitos absolutos de taquilla de las décadas siguientes con películas como Nobleza baturra (1935), Morena Clara (1936) o Carmen, la de Triana (1938), grabada en Berlín.

Aún queda otro aragonés que antes de la llegada del cine sonoro pasará a formar parte de la historia del séptimo arte por su introducción de las vanguardias artísticas. Es Luis Buñuel, un genio absoluto desde su etapa de la Residencia de Estudiantes, donde forja su amistad con Federico García Lorca, Pepín Bello y Salvador Dalí.

Cuando marcha a París en 1926 se introducirá en el mundo del cine y sus primeros trabajos son como ayudante de dirección de Jean Epstein. De 1928 data su primer proyecto cinematográfico personal, El Mundo por Diez Céntimos (basado en cuentos de Ramón Gómez de la Serna). En el mismo año, Buñuel se adhiere al grupo surrealista de París, atraído por su intransigencia moral y artística y por su nueva política social, con las que se siente plenamente identificado. Él aporta al grupo la cinematografía, decidiendo llevar la estética del surrealismo a la pantalla: Un chien andalou (Un perro andaluz, 1928) es, efectivamente, la primera película surrealista. La realizó en colaboración con Salvador Dalí, y el film obtuvo un inesperado éxito de público, suscitando infinidad de comentarios y no pocas imitaciones. Dos años después, en 1930, y con la participación meramente nominal de Dalí, realiza L´Âge d´Or (La Edad de Oro) cuyo estreno provoca un gran escándalo. Los surrealistas lanzan un manifiesto en su defensa, mientras que la extrema derecha lo ataca desde las páginas de Action Française, y sus acólitos casi destruyen la sala de exhibición; El mayor éxito que logró la película fue el escándalo que produjo llegando a prohibirse su proyección.

Nos quedamos en la etapa surrealista del mejor cineasta aragonés, un artista que trasciende con su obra el marco histórico de las tres primeras décadas del siglo XX.

Por su parte, otro arte que ya se había popularizado en las décadas finales del siglo XIX es la fotografía. En los primeros años del siglo XX vemos por Aragón a fotógrafos como el pirineísta francés Lucien Briet, pionero para fotógrafos altoaragoneses como Cativiela, Compairé, y más tarde Las Heras o Peñarroya. Sus archivos fotográficos constituyen un documento fundamental para el conocimiento de la forma de vida y del entorno de una sociedad hoy desaparecida.

En Zaragoza los Coyne continúan con su establecimiento abierto en el último tercio del siglo anterior. Destacan en la época Manuel e Ignacio Coyne, que alterna el cine con la fotografía, y es conocida su colección de postales con vistas de la Exposición Hispano-Francesa de 1908. Otros fotógrafos destacados son Freudental, que realiza las fotografías que publicaba Heraldo de Aragón de los personajes o visitantes ilustres de la ciudad, hasta que un joven estudiante de Medicina, Aurelio Grasa Sancho trae un nuevo concepto de la fotografía, el reportaje gráfico. También se puede citar a Lucas Cepero, quien fotografía Zaragoza desde una avioneta, por eso el Ayuntamiento le concedería la Medalla de la Ciudad.

En 1922 un grupo de aficionados zaragozanos funda la Sociedad Fotográfica de Zaragoza y Manuel Lorenzo Pardo, su primer presidente, crea el Salón Internacional de Fotografía de Zaragoza, hoy el más antiguo de España. En los años veinte destacan fotógrafos como Jalón Ángel o Juan Mora Insa. Todos ellos aún presentes en la segunda mitad del siglo XX. El archivo fotográfico de mayor interés en la provincia de Teruel es el realizado por López Segura.

 

Arte | Biografías | Ciencias | Geografía | Heráldica | Historia | Humanidades | Ocio

Índice Alfabético | Galería Multimedia | GEA Educa! | Efemérides

Home | Quiénes somos | Información Legal | Contacto | La GEA en tu Web | RSS


© DiCom Medios SL. C/ Hernán Cortés 37, 50005 Zaragoza
Inscrita en el Registro Mercantil de Zaragoza, en inscripción 1ª, Tomo 2563,
Seccion 8, Hoja Z-27296, Folio 130. CIF: B-50849983

NTT Corporación Publicitaria de Medios