El siglo XIX en Aragón: La disolución del Antiguo Régimen
Sombra

Tema 4. El legado de Fernando VII

Con la muerte de Fernando VII en 1833 se abría una vez más una promesa de regeneración política para Aragón y para España. La esperanza se vislumbraba con la amnistía en 1832 a los exiliados liberales a quienes les fue permitido el regreso al país. Sin embargo este nuevo periodo se presentaba oscurecido por el comienzo de la guerra civil carlista, herencia lógica del reinado desaparecido. Se había iniciado así otro nuevo periodo de inestabilidad coincidente con la etapa de regencia de Cristina de Borbón (1833-40).

Las muestras de aperturismo comenzaron a fructificar sobre todo con el gobierno de Martínez de la Rosa, momento en el que se aprobó el Estatuto Real (1834) una especie de constitución que introdujo el sistema de bicameralismo para las cortes, pero no contentaba ni a liberales ni a los partidarios del Antiguo Régimen.

Los desórdenes entre la población eran habituales, provocados por la situación política. A este descontento se unió la epidemia del cólera de 1834 y también los motines contra los frailes, acusados de apoyar el Antiguo Régimen y a los guerrilleros carlistas. El más violento se produce en Zaragoza en 1835 contra el arzobispo absolutista Bernardo Francés y Caballero, a causa del cual se incendian varios conventos, se asesinan a varios frailes y el arzobispo se ve obligado a huir a Francia, de donde ya no regresaría. La sede metropolitana quedó vacante durante doce años hasta la llegada en 1847 de un nuevo arzobispo: Manuel María Gómez de las Rivas.

Desamortización: boletín general de ventas de bienes nacionales
Desamortización: boletín general de ventas de bienes nacionales

Esta presión anticlerical propugnada por los liberales desembocará en una reforma del estamento eclesiástico. Así, el 25 de julio de 1835 se publica un decreto suprimiendo todos los conventos en los que no hubiera al menos doce religiosos profesos. Sin embargo, los exaltados liberales de la milicia urbana van más allá y a través de la junta revolucionaria consiguen cerrar todos los conventos en la capital y la mayoría en las provincias de Zaragoza y Teruel. Solo algunas órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza (los escolapios) y a la beneficencia (Hospitalarios, Hermanas de la Caridad) sobrevivirán.

El siguiente paso al de la exclaustración es el de la desamortización. Esto es el largo proceso de venta de bienes en propiedad de manos muertas, con objeto de conseguir recursos para financiar la deuda pública. Este proceso se inició ya en el siglo XVIII, continuando en los gobiernos de Godoy y el Trienio liberal. Sin embargo, uno de los momentos culminantes se produjo con el ministro progresista Juan Álvarez Mendizábal, que en 1836 declaró en venta todos los bienes que hubiesen pertenecido a corporaciones religiosas suprimidas. Las ventas de los bienes no acabaron allí, y aún se produjo un último período de la desamortización en 1855 obra del Bienio Progresista, y en especial de uno de sus ministros: Pascual Madoz.

Finalizado el proceso de desamortización en 1867 se habían vendido en Aragón más de 38.000 fincas cuya propiedad había pertenecido a los ayuntamientos y al clero. Si bien la Desamortización fue un éxito desde el punto de vista fiscal, sus resultados fueron negativos al privar a los pueblos de sus bienes de propios, que en muchos casos eran su fuente casi única de ingresos. El mayor porcentaje de tierras fue comprado, no por sus cultivadores directos sino por la nueva burguesía de las ciudades, lo cual supuso un atraso en el proceso de industrialización, ya que ese dinero destinado a la compra de los bienes amortizados no fue a parar a la inversión en industria.

Las medidas demasiado progresistas de Mendizábal le llevaron a su caída política sin que llegue a poner en práctica su desamortización, sucediéndose los presidentes del consejo de ministros hasta que se proclame una nueva constitución en 1837. La proclamación de la nueva carta magna no logra solucionar la enquistada crisis política y la presión carlista, así que se siguen sucediendo los dirigentes en el gobierno, que solo estaban en el poder apenas unos meses. Uno de ellos fue el grausino Eusebio Bardaxí y Azara.

La normalidad solo iba a ser posible con el final de la guerra carlista y la salida de la regencia de Cristina de Borbón. Lo primero se produjo el 31 de agosto de 1839 con la firma del Convenio de Vergara entre Espartero, por el ejército isabelino, y Maroto, por los carlistas. Lo segundo se produjo en 1840, cuando la reina se dirigió a Cataluña con sus hijas, con el pretexto oficial de una cura de aguas. En realidad quería recabar el apoyo de Espartero, pero éste no dio el apoyo esperado. El 1 de septiembre estalló la revolución liberal y María Cristina tuvo que salir hacia el exilio, abandonando la regencia que asumiría Espartero.

El nacimiento de los partidos políticos…    moderados y progresistas

La etapa de regencia de María Cristina fue aprovechada por los liberales para asentar su hegemonía en la política española. Los distintos grupos e intereses sociales se dividen entre moderados y progresistas, pero siempre bajo la bandera liberal. Estos grupos parlamentarios surgen entre 1834-36, siendo los precursores de los futuros partidos políticos sobre los cuales se organizará la vida política española durante un tercio de siglo, hasta 1868.

El momento clave de la división se produjo con el derrocamiento del gobierno de Istúriz en 1836, los 29 diputados que apoyan la gestión del primer ministro forman el núcleo del inmediato Partido Moderado. Este Partido se identificaba más con aquellos sectores de las clases altas que se oponían a las reformas avanzadas.

El Partido Progresista fue conformado inicialmente por los 78 diputados que provocaron la caída de Istúriz, entre ellos los aragoneses Miguel Alejos Burriel, Alejandro Oliván o Pío Laborda. El Partido Progresista se apoyaba en los sectores de la burguesía comercial y profesional, de la pequeña burguesía y de los artesanos que reivindicaban sus derechos a participar en el poder político. Tuvo una notable base urbana en Zaragoza y alimentaba las filas de la Milicia Nacional. Normalmente fue un partido de oposición que conjugaba su presencia electoral con la gestación y participación en todas las conspiraciones y movimientos revolucionarios.

 

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