Los monasterios aragoneses
Sombra

Tema 8. De la marcha a la ciudad a la desamortización

Conforme avance la Edad Media irán cambiando las necesidades espirituales de la población, ya que surgirán con fuerza los centros urbanos, perdiendo así su función económica, social y asistencial los monasterios. Muchos de los pequeños monasterios se irán abandonando y las grandes abadías verán como poco a poco va desapareciendo su poder conforme disminuyen sus rentas patrimoniales.

En el siglo XIII surgen las Órdenes Mendicantes de franciscanos y dominicos extendiendo su influencia por el reino; y previamente, a fines de siglo XII se produjo el interesante precedente del movimiento de Pobres Católicos de Durán de Huesca. Estas Órdenes mendicantes ya no fundan monasterios, ahora se fundan conventos en las áreas urbanas. Los conventos son las casas donde convivían religiosos o religiosas en comunidad bajo una regla no monástica. El primero que se fundó en Aragón fue el de los Hermanos de la Casa de la Limosna de la Seo de Huesca, dedicado al servicio de los pobres, de donde probablemente salió Durán de Huesca.

Cuanta más fuerza iban adquiriendo los conventos de las órdenes mendicantes, en la misma relación la iban perdiendo los monasterios. En la Edad Moderna escasamente queda una veintena de monasterios en todo Aragón, mientras que los conventos se multiplican llegando hasta los 171 conventos masculinos ocupados por 4.644 frailes y 64 casas femeninas con 2.064 monjas en Aragón, según el censo de Floridablanca de 1787.

Para la sociedad ilustrada enciclopedista se convirtió en un problema la gran densidad demográfica del clero y la considerable masa de bienes eclesiásticos que venían acumulando durante siglos. Este estamento, no era productivo en términos económicos y tenían unas considerables ventajas fiscales. Vivían de las limosnas, los diezmos y las rentas de los bienes amortizados (casas y tierras) y a finales de siglo XVIII llegaron a poseer el 20% de las tierras de Aragón.

Tras algunas acciones puntuales en el siglo XVIII, como la expulsión de la Orden de los Jesuitas se dará inicio a una serie de desamortizaciones de bienes de la Iglesia por parte de Godoy y posteriormente el rey José Bonaparte, aunque tendrán más trascendencia las siguientes.

La crisis económica tras la guerra de la Independencia desembocó en la exclaustración forzosa de regulares, junto con la desamortización de sus bienes. Esto es el proceso de la venta de bienes propiedad de "manos muertas" (bienes eclesiásticos normalmente), llevado a cabo con objeto de conseguir recursos para financiar la deuda pública.

Importante fue la desamortización que tuvo lugar durante el Trienio Liberal (1820-23), pero sobre todo, la trascendental es la efectuada por el ministro Juan Álvarez Mendizábal entre 1835 y 1836, momento en que se suprimieron todos los monasterios y conventos en los que no hubiera al menos doce religiosos profesos, declarando en venta todos los bienes que hubiesen pertenecido a corporaciones religiosas suprimidas.

Todavía existió un último período de la Desamortización que fue obra política del Bienio Progresista, y en especial de uno de sus ministros: Pascual Madoz (1855), la puntilla a la precaria vida monástica aragonesa.

A la postre, lo que iba a suponer la desamortización fue el abandono total de un modo de vida y de unos conjuntos arquitectónicos con gran interés histórico-artístico que poco a poco iban a quedar asolados. Su patrimonio artístico fue vendido, expoliado o destruido, sufriendo daños irreparables en algunos monumentos clave aragoneses.

 

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