
La caída de Zaragoza supuso para Aragón un gran abatimiento y poco a poco fueron cayendo las demás ciudades de Aragón, al cargo de cuyo gobierno se había quedado el mariscal Suchet. Palafox quedó en poder de los franceses y para organizar la resistencia y continuar con la guerra se creó en marzo la Junta Superior de Aragón y parte de Castilla (Cuenca y La Alcarria), un órgano dependiente de la Junta Central Suprema que operaba en toda España.
La guerra tomó una distinta perspectiva y los opositores a los franceses quedaron relegados a la zona oriental aragonesa y a las sierras del sur turolense para practicar una guerra de guerrillas.
Esta nueva táctica militar de asalto, destrucción y veloz retirada aparece por la superioridad aplastante del ejército napoleónico. Las organizadas tropas francesas iban a ser hostigadas con pequeñas escaramuzas e incursiones por sorpresa hasta la extenuación, en acciones tanto en el área rural donde intervenían también bandoleros y contrabandistas como dentro de las ciudades organizadas por la guerrilla urbana.
Protagonistas... Los guerrilleros aragoneses

Uno de los primeros guerrilleros aragoneses fue Fernando García Marín, veterano de la guerra del 93, notario ilustrado y humanista que taponará Canfranc y los principales pasos pirenaicos adyacentes, con sus 'Voluntarios de Jaca'.
El coronel Mariano Renovales, legendario en el segundo Sitio; cogido prisionero y escapado, vuelve a refugiarse al valle del Roncal. Desde allí llegó a ocupar el valle de Ansó y la Canal de Berdún con su lucha de guerrillas.
El coronel Felipe Perena, abogado oscense y creador de los 'Voluntarios de Huesca'. Participó en la defensa de los Sitios con incursiones desde el exterior en las cercanías de Zaragoza, desde Juslibol, Zuera y el valle del Gállego. Protagonizó una internada en Francia hasta el valle de Arán, trayéndose gran cantidad de cabezas de ganado. Dominó el Alto Aragón, especialmente la línea del Cinca y frontera con Cataluña, aunque estuvo también en Navarra con Renovales. Finalmente cayó prisionero en Lérida.

Las zonas ocupadas fueron gobernadas por militares franceses que confiaron puestos administrativos a los afrancesados. El término afrancesado significó en el siglo XVIII una valoración excesiva por la cultura y formas de vida francesas en detrimento de las españolas. Desde 1811 pasará a designar a quienes van más allá de la cultura y sirven de una manera u otra a los franceses.

En Aragón, Suchet buscó a una personalidad que mediara para introducir a los franceses en la sociedad. Ése era el obispo auxiliar de Zaragoza, Miguel de Santander, y muchos aragoneses por convicción, oportunismo o por necesidad profesional vieron con mejores ojos la ocupación.
El arquetipo de afrancesado puro fue Armando Pignatelli y Egmont, conde de Fuentes. Su madre pertenecía a la alta aristocracia francesa con sangre real y el conde de Fuentes vivió mucho tiempo en París y fue uno de los principales personajes de la corte imperial.
Al finalizar la guerra muchos de estos afrancesados se vieron abocados al exilio ya que comenzó una caza de brujas en la que no siempre los acusados habían colaborado con la ocupación francesa. El mismo Francisco de Goya se vio obligado a la huida a Burdeos donde murió. Los afrancesados que partían hacia el otro lado del Pirineo fueron frecuentemente asaltados por los guerrilleros, pero a los que se quedaron les esperaban la depuración y las represalias.
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