
El arzobispo D. Alonso de Aragón no fue un modelo de virtud cristiana pese al cargo que ostentaba: tuvo varios hijos y no puso mucho interés en ordenarse sacerdote dilatándolo en el tiempo hasta 1501 y, además, nunca celebró otra misa que la del día de su consagración.
A pesar de su dejadez en el terreno eclesiástico, fue un buen administrador del arzobispado, un gran mecenas en la Seo y fue la personalidad política aragonesa más destacada del reino llegando a ocupar los cargos de diputado, lugarteniente general y virrey de Aragón, entre otros, por la confianza que su padre tenía en él.
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