Sombra
Galería de personajes

La cultura y los aires de libertad

Con el establecimiento del nuevo régimen franquista la primera consecuencia fue el exterminio físico e ideológico del bando vencido, por tanto muchos de los simpatizantes del bando republicano se vieron forzados al exilio. Si no lo hubieran hecho les habría esperado la depuración, la represión por parte del estado y la ausencia de libertad para salirse de las directrices que no marcaba el Movimiento.

Uno de los principales damnificados fue el mundo de la cultura y la creación artística, con su práctica desaparición. Un buen número de intelectuales y creadores se vieron abocados al exilio llegando casi al extremo de la desapareción de toda una generación de artistas debido a la fractura social producida por la guerra civil.

En el cine, el caso paradigmático es el de Luis Buñuel, que tras la Guerra Civil acudirá a trabajar al Museo de Arte Moderno de Nueva York, aunque pronto se ve obligado a dimitir de su puesto, al hacerse público a través de un libro de Salvador Dalí que Buñuel era el autor de L´Âge d´Or. Desde ese momento inicia su etapa americana, que tendrá su principal producción cinematográfica en México.

Entre los exiliados en el campo literario destacan José Ramón Arana y, en especial, Benjamín Jarnés, que fallecerá tempranamente y Ramón J. Sender, encargado de la propaganda republicana en el extranjero por encargo del gobierno, partirá hacia el exilio por Francia hacia los Estados Unidos, llegando a tomar la nacionalidad norteamericana. La obra de este autor literario, probablemente el mejor del siglo XX, será bien estudiada por el también escritor anarquista en el exilio Francisco Carrasquer.

El caso más triste entre los autores literarios aragoneses exiliados será el de José Sampériz, quien fallece en el campo de concentración de Mauthausen, lugar donde coincidió con Mariano Constante, autor con posterioridad de dos libros donde narró las terribles experiencias que sufrieron los internos de aquellos campos de internamiento.

En el terreno artístico, el pintor y cartelista Martín Durbán Bielsa se exilió en Venezuela ejercitando allí una abundante actividad, debido a la realización de diversos carteles propagandísticos para el gobierno de la Generalitat. Igualmente, Luis Marín Bosqued marchará hacia México desarrollando allí la mayor parte de su carrera artística.

El escultor Eleuterio Blasco, debido a sus ideas políticas anarquistas, se ve obligado a exiliarse en París desde 1939. Allí realizó la mayor parte de su obra, considerándose un artista del pueblo. Por su parte Pablo Serrano, aunque residía en Uruguay, no era precisamente motivado por el exilio político, sino más bien cultural.

Para acabar con los personajes destacados de la cultura en el exilio citaremos a Simón Tapia-Colman, que permaneció en México la mayor parte de su vida. Es uno de los músicos aragoneses más importantes del siglo XX, pero el régimen franquista no le otorgó la fama que merecía, negando su memoria y relegándolo por su reconocido republicanismo.

Así pues, vemos como el panorama cultural que quedó en Aragón en la década de los cuarenta pasó unos primeros años de precariedad, destacando a Ildefonso Manuel Gil como el autor más importante perteneciente a la llamada "Generación del 36", quien sufrió penas de cárcel y la depuración de su anterior puesto administrativo durante el gobierno republicano.

En el despertar posterior tuvo mucho que ver la apertura en 1940 de una cafetería en Zaragoza regentada por Joaquín Lascuevas, el Café Niké, centro de acogida de una peña con el mismo nombre del establecimiento formada por intelectuales y artistas. Entre los intelectuales de la primera época citaremos a ilustradores y caricaturistas como Bayo Marín y Marcial Buj 'Chas', escultores como Félix Burriel o escritores como Emilio Alfaro Lapuerta, fundador de La Hoja del Lunes.

Pese a todo, aunque fueron años de intensa actividad individual de sus miembros, esta primera peña como conjunto no dejó una huella duradera en la cultura zaragozana, disgregándose poco a poco.

A inicios de los cincuenta comenzó a bullir la segunda peña en torno a Miguel Labordeta, quien con sus libros Sumido 25 (1948) y Violento idílico (1949) se había convertido en el ídolo de los jóvenes poetas aragoneses.

Fueron sus primeros contertulios el poeta Emilio Lalinde y el crítico literario Gil Comín Gargallo, aunque en unos meses, las mesas del fondo de Niké se llenaban a todas horas por un tumultuoso grupo de intelectuales, convirtiéndose en el domicilio social de la OPI (Oficina Poética Internacional).

La OPI, fruto de la sarcástica imaginación de Miguel Labordeta, gozó de doce o catorce años de regocijante existencia, con poetas como Manuel Pinillos, premio "Ciudad de Barcelona de Poesía" por De hombre a hombre (1952).

Junto a estos dos hombres clave de la poesía moderna española, formaron en la OPI José Antonio Labordeta, Julio Antonio Gómez Fraile, Fernando Ferreró, Ignacio Ciordia, Guillermo Gúdel, Raimundo Salas, Luciano Gracia, Rosendo Tello y muchos otros.

Aunque era conocida como "peña de poetas" también aglutinó a pintores como José Orús o a activistas políticos como Vicente Cazcarra, más tarde secretario general del Partido Comunista de Aragón.

El escritor y crítico cinematográfico Manuel Rotellar también fue un miembro activo de la Peña, así como el guionista y escritor Emilio Alfaro Gracia, los directores de cine José Luis Pomarón y Antonio Artero, o el autor teatral y narrativo Eduardo Valdivia.

También participaron más intermitentemente Felipe Bernardos y Joaquín Mateo Blanco, crítico de cine y encargado de la página de Letras respectivamente del diario Amanecer, afín al Movimiento.

Una vitalidad desbordante caracterizaba a los hombres de la OPI, autores de una ingente obra, pese a la censura y a la vigilancia oficial que, por ejemplo, condujo a un sonado proceso contra Eduardo Valdivia por supuestas ofensas verbales al jefe del Estado.

La OPI produjo dos revistas: Despacho Literario, órgano de la OPI (M. Labordeta) y Papageno (J. A. Gómez); cuatro colecciones literarias: "Coso Aragonés del Ingenio" (Gastón, Alfaro y Mateo, entre otros), "Orejudín" (por Miguel y J. A. Labordeta), "Poemas" (por Luciano Gracia y Guillermo Gúdel) y "Fuendetodos" (por J. A. Gómez).

Ello supuso el lanzamiento de más de cuarenta libros de poesía, ensayo, narrativa, teatro, historia y crítica y el estreno o la publicación de unas quince obras dramáticas, amén de la realización de veintidós películas, careciendo de toda subvención oficial o privada y superando los recelos gubernativos hacia un grupo políticamente heterogéneo, pero en el que predominaban las izquierdas.

También ligado a la poesía, la actividad musical de José Antonio Labordeta, primero de un importante elenco de cantautores aragoneses, que sintetizan didácticamente los principales problemas de la tierra.

El éxito de la OPI sobrepasó las fronteras aragonesas y solo sucumbió con la desaparición de alguno de sus miembros más destacados, en especial Emilio Lalinde y Miguel Labordeta.

Las bases literarias ya se habían sentado por eso no será de extrañar la proliferación posterior de grandes autores aragoneses. Destaca la narrativa de Santiago Lorén (premio Planeta en 1953 con Una casa con goteras), Julián Gállego, Carlos Clarimón o Eduardo Valdivia; y hacia los finales de la dictadura hay que hablar de reconocidos autores como Ramón Gil Novales, Javier Tomeo, Gabriel García-Badell, varias veces finalista del Nadal, y Manuel Derqui, el gran adelantado de los escritores aragoneses, con una extensa obra cuentística, y su novela Meterra, sin duda la mayor aportación de un escritor aragonés a la narrativa española de los años setenta.

Relacionados con las letras hay que citar, aunque desde fuera de Aragón, la labor lexicográfica de María Moliner y la ensayística de Pedro Laín Entralgo, académico de la lengua y muy influyente en el Movimiento.

En cuanto al cine, ya se ha hablado de personajes relacionados con la Peña Nike, como el crítico y estudioso Manuel Rotellar, así como el guionista y escritor Emilio Alfaro Gracia, los directores de cine José Luis Pomarón y Antonio Artero.

Todos ellos permanecieron en Aragón, así como el transgresor Antonio Maenza o Manuel Labordeta, con las dificultades que eso suponía al estar alejados de los circuitos comerciales cinematográficos.

Ese ambiente creativo llevó a fundar en 1961 una productora de cine profesional propiamente aragonesa: Moncayo Films. Julián Muro, director de Radio Zaragoza, aportaría el capital inicial, Víctor Monreal una importante trayectoria profesional en la industria y José Antonio Duce, Alfaro y Pomarón unas inmensas ganas de trabajar y abrirse paso en el medio.

Llegaron a producir un buen puñado de documentales, algunos de ellos de temática aragonesa. De allí pasarán a los largometrajes de ficción, destacando Culpable para un delito (1966), dirigida por José Antonio Duce, sobre un tema y guión de Emilio Alfaro Alfaro y fotografía de Víctor Monreal.

La aventura de Moncayo Films iba a finalizar en 1968 tras el fracaso comercial de su última película y sobre todo, tras el fallecimiento en accidente de tráfico de Víctor Monreal.

Otros autores de cine aragoneses iban a triunfar fuera de Aragón y, excepto el exiliado Buñuel, dentro de las fronteras españolas, teniendo que esquivar la censura del régimen. Ya lo había hecho Florián Rey desde la oficialidad hasta los años cincuenta, pero le iban a recoger el testigo José María Forqué y en especial, los oscenses Carlos Saura y José Luis Borau.

Saura fue reconocido tempranamente, sobre todo tras sus premios en el Festival de Berlín con películas como La caza (1965) y Peppermint frappé (1967), o en Cannes con La prima Angélica (1973) y Cría cuervos (1975). Por su parte, con una carrera más corta, el reconocimiento le llegó más tardíamente a Borau, con Furtivos (1975), película que consiguió la Concha de Oro en San Sebastián.

Como en el caso de los cineastas, la mayoría de compositores e intérpretes musicales deberán marchar fuera de Aragón para desarrollar plenamente su carrera. En el caso de Tapia-Colman su marcha fue por causas políticas, sin embargo el pianista Luis Galve obtendrá una larga carrera de éxitos en distintas europeas como la Orquesta de Cámara de Berlín. Lo mismo ocurrió con el pianista Eduardo del Pueyo, que pasará la mayor parte de su vida en Bélgica, o con la soprano Pilar Lorengar, en Alemania.

El caso insólito nos lo proporciona Pilar Bayona, la excepción que confirma la regla, única intérprete de talla internacional que permanecerá en Zaragoza, con un panorama musical revitalizado gracias a la Sociedad Filarmónica de Zaragoza y su sección de música de cámara y moderna, Sansueña.

En cuanto a las demás artes, en lo que respecta a la arquitectura, la guerra marca una ruptura con el racionalismo que Fernando García Mercadal había iniciado tempranamente en Zaragoza con el Rincón de Goya (1928), continuado por Regino Borobio, con edificios como el de la Confederación Hidrográfica del Ebro (1934).

Este racionalismo surge por la necesidad de una arquitectura funcional y desornamentada que abaratase los costos de producción para que tuviesen acceso a aquélla las clases sociales más humildes, en plena época de crisis. Los nuevos descubrimientos técnicos (como el hormigón armado) se aplican a la realización de edificaciones que no recuerden ningún estilo histórico y rompen así técnica y formalmente con la tradición. Sin embargo en el caso aragonés la tradición del uso del ladrillo se acabará imponiendo.

La arquitectura racionalista se desarrolla en Aragón desde 1928 hasta 1953 (con un corte brusco en 1939 y una etapa final de letargo) y se centra en las capitales de provincia. Zaragoza es la que más edificios construye con el nuevo lenguaje pero Huesca es la que concentra los de mayor calidad.

Desde 1939 el estilo arquitectónico oficial no será en absoluto innovador, retornando a la reinterpretación de los estilos tradicionales arquitectónicos aragoneses. Se da paso a una arquitectura triunfalista, con ejemplos en Zaragoza como la facultad de Derecho (1939-1945), el Edificio de la Feria de Muestras, iniciado en 1940, o la Basílica de San Antonio (1940-1942). La arquitectura populista predomina durante un primer período, la cual está potenciada por el organismo de Regiones Devastadas que promueve nuevas poblaciones en las zonas rurales.

En cuanto a la escultura, Aragón cuenta con una importante nómina de artistas que desarrollan su trabajo tras la Guerra Civil aunque algunos de ellos lo tengan que hacer desde la emigración, convertida en exilio en algunos casos como el de Eleuterio Blasco, de los escultores aragoneses más prometedores o cualificados, desde Honorio García Condoy pasando por Pablo Serrano (quien regresa a España en 1954) y más tardíamente Ricardo Santamaría, Ángel Orensanz o Pedro Tramullas.

Una de las principales razones de la marcha de muchos escultores fue la escasez de encargos escultóricos por parte de las instituciones públicas, algo más frecuentes desde la iniciativa privada, reducidos casi exclusivamente a los retratos-busto.

Los primeros años los encargos provenían de las instituciones religiosas para reponer los retablos, imágenes y pasos procesionales destruidos durante la guerra, pero sin ningún planteamiento artístico renovador. En este estilo destaca la obra de Antonio Torres Clavero, autor de las esculturas para la fachada del Pilar. También tiene obra religiosa, pero mucho más innovadora, Francisco Rallo Lahoz, quien destacará principalmente por sus retratos y figuras anatómicas.

Es a partir de los años sesenta cuando se van a realizar las primeras obras escultóricas de pretensiones monumentales y conmemorativas que serán encargadas a escultores como Pablo Serrano (Ángel de la Ciudad y de San Valero en el Ayuntamiento de Zaragoza, 1965), José Gonzalvo (Tambor de Alcañiz, 1968) o Ángel Orensanz (Monumento a la Jacetania, 1969).

La situación de la pintura tras la guerra civil se reduce a un marcado academicismo, en donde tan solo brilla el estilo de Marín Bagüés, que recupera las fórmulas dinámicas vanguardistas en cuadros como Carrera de pollos (1953) o Acarreo de mies (1954-55).

Se mantienen las exposiciones del Estudio Artístico Goya y en 1943 el Ayuntamiento de Zaragoza inaugura el primer Salón de Artistas Aragoneses. Nacen las primeras galerías de arte, como la Sala Libros, fundada en 1940 por Tomás Seral y Casas.

Hasta 1967, prácticamente casi dos generaciones, la pintura adquiere una insospechada e imparable evolución hacia el futuro. Dentro de una obra figurativa centrada en el paisaje y la figura tenemos a pintores como Alberto Duce, Virgilio Albiac, Alejandro Cañada, José Baqué Ximénez, destacado neoexpresionista, el paisajista José Beulas...

Y si la pintura surrealista se centra en Antonio Saura y Antonio Fernández Molina, la indiscutible ruptura, según aconteciera con el surrealismo, es el nacimiento de la abstracción en 1947. A una primera generación corresponden los pintores Juan José Vera, Antón González, Antonio Saura, Manuel Viola, José Orús y Salvador Victoria, así como Santiago Lagunas, Fermín Aguayo y Eloy Laguardia, que configuran, en un momento específico el Grupo Pórtico.

Este grupo cuya existencia entre 1947 a 1950 debe su nombre a la librería de José Alcrudo Quintana, y tendrá una auténtica trascendencia en el panorama pictórico español por ser el iniciador de la abstracción en España. Todo ello sin olvidar que en octubre de 1949 se inaugura en Zaragoza el VII Salón de Artistas Aragoneses, en el cual se inscribe el Salón Aragonés de Pintura Moderna, que constituye un verdadero reto contra el arte conservador.

La segunda generación abstracta, dentro de este dilatado período, corresponde a los pintores Francisco García Torcal, Pilar Moré y José Ignacio Baqué, así como Ricardo Santamaría, Daniel Sahún, Otelo Chueca, Teo Asensio, y Julia Dorado, que constituyen, junto con Juan José Vera, el Grupo Zaragoza, junio de 1963 a octubre de 1967, el cual se distingue por su alto número de exposiciones y por diferentes textos de obligada lectura para captar su pensamiento.

Los años setenta mantienen un palpable afán de renovación y de ruptura, que se encauza dentro de una crítica a la dictadura, con frecuencia reflejada en la obra, y dentro de la aparición de nuevas tendencias artísticas, como el arte pop, el minimal, la pintura-pintura, y el conceptual como el más inquieto desde 1971. De los grupos artísticos del final del franquismo destacan Forma y Azuda-40 (1972 a 1976).

 

© DiCom Medios SL. C/ Hernán Cortés 37, 50005 Zaragoza
Inscrita en el Registro Mercantil de Zaragoza, en inscripción 1ª, Tomo 2563,
Seccion 8, Hoja Z-27296, Folio 130. CIF: B-50849983

Información Legal

NTT