Sombra
Tema 1

Represión después de la guerra

Desde la batalla del Ebro, Aragón había dejado de ser escenario de la contienda bélica en 1938. Sin embargo hubo que esperar hasta el 1 de abril de 1939, en cuyo parte de guerra efectuado en Burgos se podía leer:
"En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han ocupado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado."

La guerra había terminado pero no el terror y la violencia que se había instalado en la sociedad española. La venganza, humillación y los ajustes de cuentas eran habituales con el bando vencido. Según el testimonio de Ángel Valverde, vicecónsul honorario de Inglaterra en Zaragoza "por la ciudad campaban las pistolas, las bandas de fascistas sembraban el terror por todas partes y la cárcel de Torrero era insuficiente para encerrar a los miles de presos políticos que, cada día salían al amanecer para ser fusilados". Del llamado "terror caliente" de los asesinatos sin juicio previo, efectuado en muchas ocasiones por bandas paramilitares fascistas, se pasa a la institucionalización de la violencia y el terror por parte del estado, con la colaboración del ejército y las fuerzas de seguridad.

Desde el 1 de abril de 1939 hasta 1946, solo en Zaragoza se produjeron 447 fusilamientos de presos represaliados del bando republicano, con juicios que resultaban ser una pantomima.

Cuando acabó la guerra, en la prisión provincial de Zaragoza, construida en 1928 con una capacidad para doscientas personas, se hacinaban 3.977 personas. Con el paso de los meses, lejos de descender el número de presos todavía iban a aumentar más llegando hasta los 4.740 en la cárcel de Torrero y 1.500 personas más en los campos de concentración habilitados en Casablanca, en San Gregorio y en San Juan de Mozarrifar. Solo se mitigaron cuando se conmutaron penas por trabajos de reconstrucción de carreteras o empresas públicas. Mano de obra en un régimen cercano al de la esclavitud.

La represión es un elemento constitutivo del régimen franquista, en el seno del cual cumple la misma función social que en los regímenes fascistas alemán e italiano: acabar con las prácticas democráticas y la participación popular, aniquilar a las organizaciones de izquierdas y asegurar a las elites su posición hegemónica. Para ello se sustentará en el ejército, estamento del que ha surgido el propio Franco, y en las distintas fuerzas de seguridad del estado como la Guardia Civil.

No será de extrañar pues que una de las primeras medidas que se tomen tras la finalización de la guerra sea la de la reorganización en Zaragoza de la Academia General Militar, que había estado dirigida por el propio Francisco Franco hasta su disolución en la República tras la aprobación de la reforma militar en 1931. Este restablecimiento de la Academia se ordenó en 1940, pero todavía tardó dos años más en abrir sus puertas dirigida en esta nueva etapa por el general Francisco Hidalgo de Cisneros.

La consolidación del nuevo Estado hace aparecer, junto a la represión puramente física, la depuración de numerosos colectivos profesionales, exigiendo la "pureza ideológica" como requisito indispensable para desempeñar determinadas funciones. Así, muchas personas que desempeñaban correctamente sus funciones laborales durante la República, fueron apartadas de sus puestos injustificadamente por no pertenecer al Movimiento. Un caso paradigmático es el de la panicera María Moliner, directora de la biblioteca de la Universidad de Valencia que fue degradada 18 puestos en el escalafón tras la guerra.

La Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939 significará la apertura de gran número de causas que afectarán principalmente a funcionarios de las tres capitales de provincia.

Por esta ley se consentía la pérdida de los derechos y de los bienes a cualquier persona o entidad que se hubiera opuesto al triunfo del "Movimiento Nacional" o que hubiera colaborado de una manera u otra con el estado republicano. Así se abría la veda para la persecución arbitraria entre los vencidos que se podía saldar con penas económicas (desde multas parciales a la pérdida total de los bienes), con la inhabilitación al ejercicio de una determinada actividad profesional o con el destierro. Estas nuevas penas venían a sumarse a las ya conocidas de la prisión o la pena de muerte.

En muchos casos, las denuncias las hacen los propios ciudadanos por rencillas personales o por evitar sospechas por parte del Régimen y que la represión se descargase sobre ellos. Y quienes ofrecían los informes sobre los acusados eran el nuevo triángulo de poder conformado por el representante eclesiástico, el de la fuerza pública y el político, perteneciente al partido único surgido de la unificación de la Falange española de las JONS con la Comunión Tradicionalista.

Solo gracias a esta depuración ideológica se puede explicar la larga duración de la dictadura. Por estas razones no será de extrañar la cantidad ingente de personas que se vieron forzadas a abandonar el país durante o al final de la guerra civil.

Pasando en la mayoría de las ocasiones por Francia, muchos de los exiliados más caracterizados y conocidos cruzaron el Atlántico y encontraron, casi siempre en países de habla española, un segundo hogar y cargos muy honrosos: profesores universitarios, editores, escritores, científicos...

Destacados aragoneses…    en el exilio

Mariano Joven, a la derecha, con Pedro Rico, alcalde de Madrid durante la II República. Marsella, septiembre de 1942Mariano Joven, a la derecha, con Pedro Rico, alcalde de Madrid durante la II República. Marsella, septiembre de 1942

México fue, sin duda, el principal receptor de aragoneses republicanos: allí recalaron al menos una parte de su exilio el director de cine Luis Buñuel, los novelistas Ramón J. Sender, Benjamín Jarnés y José Ramón Arana. Los dos últimos editaron allí algunos números de una revista titulada Aragón, junto con Manuel Andújar, que también editó con Arana la revista Las Españas. Otros grandes personajes exiliados en México fueron el ex gobernador general de la zona republicana de Aragón, José Ignacio Mantecón; el discípulo de Cajal, Isaac Costero; el cosmógrafo y ex diputado por Zaragoza, Honorato de Castro, que pasó otra parte de su vida en Puerto Rico; el oceanógrafo Odón de Buen, el músico Simón Tapia-Colman, el pedagogo Santiago Hernández Ruiz, el neurólogo y psiquiatra Federico Pascual del Roncal, el escritor Ángel Samblancat, el dirigente republicano Mariano Joven, el también pedagogo Tirado Benedí, el investigador y humanista Rafael Sánchez Ventura, el artista Luis Marín Bosqued, y un largo etcétera.

En Argentina estuvo el abogado y político conservador Ángel de Ossorio y Gallardo, el gran experto en anatomía y ex decano de Medicina, Gumersindo Sánchez Guisande; en Cuba, Luis Galbe Loshuertos, especialista en Derecho penal; en Colombia, el bibliotecario Luis Florén Lozano; en Santo Domingo el dibujante José Alloza; en Venezuela el higienista Santiago Ruesta Marco, la maestra Palmira Pla o el artista Ramón M. Durbán Bielsa; en Estados Unidos (donde finalmente quedaría Sender), Joaquín Maurín, famoso líder del POUM, y el catedrático de Medicina y gran especialista en alimentación, Francisco Grande Covián.

Algunos quedaron para siempre en Francia, como Manuel Buenacasa y Felipe Aláiz, ambos muy conocidos escritores y líderes anarquistas. Algunos regresaron al final de sus días como el escritor anarquista Francisco Carrasquer Launed (exiliado posteriormente en Holanda), el socialista Arsenio Jimeno o el artista Eleuterio Blasco Ferrer, que permaneció en París durante toda la dictadura. Sin embargo la epopeya en Francia iba a ser espantosa en la mayoría de los casos, ya que poco después de terminar la guerra española estallaba la II Guerra Mundial y a la represión de Franco le iba a seguir la del III Reich alemán. La zaragozana exiliada Amparo Poch iba a ser testigo de excepción de estos hechos, ya que su altruismo y actuación humanitaria tuvieron una especial manifestación en el exilio, primero en los campos de internamiento franceses y después en Toulouse, donde dirigió el Hospital de Varsovia. Continuó con su labor en favor de los desheredados hasta su muerte acaecida cuando se disponía a trasladarse a Argelia para atender a los heridos de guerra en lucha contra el imperialismo francés.

Para finalizar, también habrá aragoneses que se exilian en la Unión Soviética como Fernando Claudín o José Laín Entralgo, que trabajó en Moscú como maestro de los niños españoles acogidos por este país.

 

 

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