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Tema 1

Medicina en Aragón a finales del siglo XIX

Una de las consecuencias del Positivismo y de la Revolución Industrial iniciada en la Inglaterra del siglo XVIII fue la revolución tecnológica y científica del siglo XIX. Sin estas premisas iniciales no habría sido posible la aparición de científicos de talla internacional como Koch, Lister, Mendel, Pasteur o el propio Santiago Ramón y Cajal.

El positivismo es una corriente filosófica que admite únicamente el método experimental, rechazando toda noción a priori y todo concepto universal y absoluto. Solo admite el conocimiento que puede ser comprobado por la experiencia de base científica.

El positivismo científico suele enfrentarse a la posición ideológica de la Iglesia, con gran influencia en la sociedad aragonesa de la época, por eso también se asocia al anticlericalismo surgido en el siglo XIX. Esta es la razón de que surgieran personalidades contrarias a estas corrientes filosóficas como el catedrático y escritor zaragozano Antonio Hernández Fajarnés (1851-1909), que desde su cátedra de Metafísica de la Universidad de Zaragoza (llegó a alcanzar el rectorado) combatió al positivismo mediante numerosos artículos publicados en periódicos y revistas. También el calamochino Marco Laínez, catedrático de química en la Universidad de Manila, criticó con dureza las teorías evolucionistas de Darwin.

Se puede decir que, por lo general, en Aragón (y España) la población vivía ajena a aquellos adelantos científicos e incluso a la Revolución Industrial, que llega muy tardíamente en los últimos años del siglo XIX ligada principalmente a la industria azucarera. La medicina oficial estaba más cercana a la medicina popular y casi al curanderismo, así que no es extraño que la esperanza de vida en 1900 fuera para los hombres de 33,8 años y para las mujeres de 35,7 por término medio, o que la población quedase diezmada por las epidemias que cíclicamente asolaban el territorio, derivadas de la escasez y carestía de las cosechas.

Una gran mortandad…    las epidemias del siglo XIX

En el siglo XIX las epidemias más temidas fueron las del cólera, que procedente de Asia asoló España en cuatro oleadas sucesivas (1833-34, 1854, 1865 y 1885). Especialmente las dos últimas causaron graves perjuicios a la población aragonesa. En la de 1865, Zaragoza y Teruel fueron de las provincias españolas que más muertos contabilizaron (18.045 y 10.275, respectivamente). Huesca fue menos afectada, por su clima e hidrología menos propicios para la expansión del cólera y por su posición más alejada respecto a la vía de penetración levantina que traía la peste. El cólera se cebó especialmente en las ciudades: Zaragoza registró 3.424 muertos, y Teruel 581. En la peste de 1885, Zaragoza fue la provincia más castigada de España (13.526 muertos por el cólera), seguida de Valencia y de Teruel (6.960 muertos); mientras que Huesca sólo registró 1.232. La incidencia de la enfermedad en Zaragoza fue tal que se tuvo que retrasar la solemne apertura de la Exposición Aragonesa de 1885, fijada para el 1 de septiembre, hasta el 20 de octubre.

Ya en el siglo XX, la última epidemia mortífera de consideración fue la gripe de 1918 (conocida internacionalmente como gripe española), que interrumpió el descenso de las tasas de mortalidad iniciado con el cambio de siglo. Se puede estimar que esta gripe produjo en Aragón unas 10.000 defunciones.

Las instituciones oficiales no favorecieron el desarrollo de los estudios médicos, pese a que a finales del siglo XVIII la sanidad pública fue una de las preocupaciones de los ilustrados aragoneses, con abundantes análisis realizados sobre la potabilidad de las aguas que abastecían a los centros de población, en especial a Zaragoza. Además se inició a partir de la década de 1780 una lucha decidida contra las endemias, para pasar en la década de los 90 a luchar contra la rabia y a vacunar contra la viruela, a la vista de los resultados obtenidos tanto por médicos franceses como por españoles en la Corte. Además se prestó una atención muy especial a los manantiales de aguas medicinales aragonesas, que fueron analizadas y ponderadas en su justo valor curativo.

En el campo de la botánica se inicia un período de esplendor con la creación de a Cátedra de Botánica y el Jardín por la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, destacando inicialmente las figuras de Asso, Echeandía y Lagasca, junto con los trabajos americanos de Félix de Azara, Baltasar Boldó, Martín Sessé y Juan del Castillo.

Gamón o abozo (Asphodelus albas), planta con propiedades medicinalesGamón o abozo (Asphodelus albas), planta con propiedades medicinales

Sin embargo, la fractura que produjo la Guerra de la Independencia y las circunstancias históricas posteriores proporcionaron décadas de abandono en el campo científico aragonés, especialmente en el médico, pese a que en 1831 Fernando VII fundó la Real Academia de Medicina y Cirugía. No obstante sí continuó el desarrollo de los conocimientos botánicos gracias a una segunda generación de científicos estudiosos de las plantas medicinales como Florencio Ballarín, maestro de Cajal, Manuel Pardo Bartolini, Francisco Loscos Bernal y José Pardo Sastrón.

A este abandono científico de la medicina contribuyó la desaparición de las facultades de medicina aragonesas. En 1824 lo hizo la de Huesca y no se debió a la escasez de alumnos ni al desprestigio de la Facultad, sino a una nueva estructuración de la enseñanza universitaria de ámbito nacional. En el caso de la de Zaragoza, la reforma de 1845 significó la supresión de la Universidad tradicional, y el triunfo de la idea napoleónica, centralista. Se reestructura la carrera de Medicina volviendo a constar de seis cursos y siete asignaturas: Fisiología, Anatomía, Terapéutica, Patología e Higiene, Patología especulativa y Nosografía médica, Materia médica y Medicina legal, y Clínica interna o de perfección.

Este plan de 1845 actualizó las ideas y creó un profesorado estable y bien remunerado; sin embargo, fue funesto para muchas facultades como la zaragozana, que finalmente quedó suprimida. La ley de Moyano de 1857 redujo a seis las Universidades con potestad de conferir el grado de Licenciado en Medicina, entre las cuales no figuraba Zaragoza. No obstante, el hecho es que se seguían impartiendo las clases con reconocimiento provincial, pero no oficial.

Por fin, el Real Decreto de 1876, restablecía la enseñanza de la Medicina en Zaragoza con igual rango que las demás facultades. En 1893 se inauguró el espléndido edificio que daría cabida a las Facultades de Medicina y Ciencias, frente a la Puerta de Santa Engracia (actual plaza de Paraíso), obra del arquitecto municipal Ricardo Magdalena, con lo cual quedó firmemente consolidado su futuro.

Con estas circunstancias se puede considerar como un caso único la aparición del genio científico de Santiago Ramón y Cajal, como un "milagro" si no estuviésemos hablando de ciencia.

 

 

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