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Tema 3

La Catedral de Albarracín

Catedral de AlbarracínCatedral de Albarracín

Mucha gente considera a Albarracín el pueblo más bonito de España. Y su catedral no se queda atrás. Situada al lado del castillo, es desde el siglo XVI un referente en la vida pública y económica de la localidad. El templo es de una sola nave con capillas hornacinas de tipo renacentista, entre los grandes contrafuertes, que se acusan al exterior. De este modo, toda la catedral, e incluso el caserío, quedan dominados por su airosa torre cuadrada, con campanario octogonal. Fue construida, ya terminada la fábrica del templo, por el arquitecto Alonso del Barro Dajo, en 1595, siendo obispo Martín Ferrer (1593-1596), cuyo escudo se ve en medio del muro Este.

El interior de la catedral nos ofrece su gran nave cubierta con bóveda de crucería estrellada; la parte de la cabecera, construida en 1533, adorna su clave central con un gran pendiente dorado de bellísima traza. El altar mayor es obra capital de la imaginería renancentista aragonesa de esta época. Lo esculpió Cosme Damián Bas a partir de 1566, según capitulaciones que firmó con el obispo y cabildo.

El altar mayor ofrece una hornacina central con la transfiguración del Salvador, al cual estaba consagrada desde 1200 la catedral. Contemplando a Cristo aparecen San Pedro, San Juan y Santiago, abajo, más Elías y Enoc arriba, todos de tamaño mayor que el natural. Las calles laterales son dos pares de hornacinas, entre columnas estriadas con el tercio inferior decorado con grutescos. En ellas se ve a San Pedro y a San Pablo, en la parte inferior, y en la parte superior la Anunciación, con una figura a cada lado. En los guardapolvos de este gran retablo figuran en bajorrelieve los Evangelistas, con sus correspondientes hornacinas. Todo se corona con un gran Calvario, sobre el que se ve en busto al Padre Eterno, y en los flancos los profetas Jeremías, a la derecha, e Isaías a la izquierda. Se completa este retablo con dos bajorrelieves en el banco o zona inferior, que representan la Adoración de los Pastores y la Epifanía.

La vida alrededor de una catedral

Al lado del claustro y unido a la catedral, con la que guarda comunicación por un pasillo, se levanta el palacio episcopal. Fue construido por el obispo Miguel Jerónimo Fonbuena (1683-1699) y aunque el abandono sufrido por el Palacio a lo largo de más de un siglo, causó en el edificio un grave deterioro, ahora es uno de los edificios más importantes de la ciudad.

Tras actuaciones puntuales en las décadas de los sesenta y de los ochenta, la Escuela Taller de Albarracín llevó a cabo la restauración definitiva en el período 92-95. La rehabilitación, que ha respetado su configuración original y le ha devuelto su esplendor inicial. En sus plantas nobles alberga el Palacio de Exposiciones y Congresos y el Museo Diocesano.

Este palacio ha sido durante siglos el epicentro del poder en la ciudad, esquema que se repetía en el resto de poblaciones con catedral. La supremacía del estamento eclesiástico se mantenía sobre la base material de la gran densidad demográfica del clero y la considerable masa de bienes eclesiásticos amortizada durante siglos. El clero, en especial los regulares, se desbordó a lo largo del siglo XVII y, aunque este crecimiento se contuvo en el XVIII a la vez que se realizaba el despegue demográfico de Aragón, seguía siendo cuantitativamente desproporcionado en relación con el conjunto de habitantes.

De las capillas del templo se pueden destacar, pasada la puerta que da al claustro, la capilla de las Almas y sacristía de los beneficiados de la Catedral. Su decoración de estucos en la bóveda vaída, así como la portada del claustro, son obra de los maestros Ezpeleta y Juan López, inspeccionado su trabajo por los maestros Juan Fortea y Juan de Camino. El coro, que ocupa todo el tercio posterior de la nave, es pobre y fue ejecutado en 1538.

Del lado de la Epístola está, primero, la puerta de la sacristía, que guarda bellas obras de arte como el altar de plata que enriquece en las solemnidades al altar mayor; el mobiliario es de gran calidad, de la época en que se construyó el monumento. Pasada la puerta de la sacristía se encuentra en primer término la capilla de Santa Ana, con sepulcros de Los Asensio; las imágenes, costeadas en 1857, no son de mala traza pero sí vulgares: desconocemos su autor.

Detrás de la capilla de San Juan Bautista, a la salida, se habilitó la sala capitular, que hoy es museo donde se guardan los restos del tesoro artístico que esta catedral poseyó. En él se puede admirar, en primer lugar, una serie de siete tapices y el fragmento de un octavo: los dio el obispo de Albarracín, Vicente Roca de la Serna, en 1608, y ofrecen escenas de la historia de Gedeón, el libertador de los hebreos de la dominación madianita. Obras de gran calidad, con numerosas figuras y bellas perspectivas y paisajes, fueron realizados por el tapicero Francisco Geubels de Bruselas, según se puede ver en las marcas que presentan sus bordes: la composición de las escenas y la riqueza de las franjas que les sirven de marco, así como su gama cromática, muy bien conservada, los convierten en ricas obras de gran belleza. Miden tres metros de altura y varía algo su anchura.

En una caja fuerte se guardan algunas alhajas de interés: sobresale una naveta para incienso esculpida en cristal de roca, en forma de pez, vaciado su interior para contener el incienso; ofrece complementos de oro y piedras preciosas, y fue una donación del deán Agustín de Roa, que debió traerla de Italia, pues es obra seguramente veneciana de comienzos del siglo XVI. Otra pieza valiosa de este tesoro es el rico portapaz de oro con incrustaciones de piedras ricas que los inventarios atribuyen a Benvenuto Cellini. Obra fina del Renacimiento italiano, sabemos que fue un regalo de un pontífice al obispo.

A la catedral está adosado un claustro, que repite seguramente la traza del claustro románico que debió tener la primera iglesia catedral del Salvador, consagrada por el arzobispo de Toledo, Martínez de Pisuerga, el año 1200. No ofrece ningún interés. En su lado oriental se abre la capilla antigua de la Inmaculada Concepción que perteneció a la familia de los Ruesta.

Una ciudad Monumento Nacional

Vista de Albarracín. Archivo de El Periódico de Aragón.Vista de Albarracín. Archivo de El Periódico de Aragón.

Situada en una singular encrucijada fronteriza entre los viejos reinos de Castilla, Valencia y Aragón, la comarca de Albarracín propone a los visitantes una oferta turística basada en una cuidada combinación de arte, historia y naturaleza. En el suroeste de la provincia de Teruel, Albarracín presenta un azaroso pasado que contrasta con la tranquilidad que emanan actualmente todos sus rincones.

Es precisamente su historia uno de los elementos que justifican la unidad comarcal y permiten diferenciarla de las zonas vecinas. Una historia que ha dejado su impronta en cada municipio, junto al medio físico que termina de perfilar el espacio. Toda la ciudad de Albarracín está declarada Monumento Nacional desde el 22 de junio de 1961. Se trata de un bello conjunto amurallado que, para su mejor defensa, se encarama en lo alto de una peña a 1.171 metros de altura. A la singular belleza de su arquitectura, se une la del escenario natural en que está enclavado Albarracín. Arquitectura y paisaje se fusionan aprovechando cualquier espacio constructivo y adaptándolo a los desniveles del terreno.

Las construcciones tradicionales alternan con iglesias y edificios nobles con escudos heráldicos, impresionantes portones y magníficas rejas. Dentro del rico pasado artístico de Albarracín destacan las famosas pinturas rupestres levantinas. Se agrupan en 12 covachos situados en el llamado Rodeno (formación de rocas de arenas triásicas rojas).

 

 

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