Sombra
Tema 3

Jaca: el Románico y el Camino de Santiago

Desde el año 922 que se había creado la diócesis de Aragón, la sede de los obispos había sido provisional, sin una catedral, ya que no había en el condado ningún núcleo urbano. Su existencia era precaria en Sasabe, a merced de la voluntad de los gobernadores andalusíes.

En el siglo XI las fuerzas entre musulmanes y cristianos se iban a igualar en los territorios pirenaicos, permitiendo el surgimiento de un nuevo reino, Aragón, que también abarcaba los condados de Sobrarbe y Ribagorza. Superada la fase de consolidación del reino, iniciada por el rey Ramiro I, fue su hijo Sancho Ramírez quien inició una política de apertura y europeización del reino. Para ello fue clave el viaje que realizó el rey a Roma en 1068 donde declaró a Aragón vasallo de la Santa Sede, pagando un importante tributo al Papado proveniente de las parias percibidas de los reinos musulmanes de taifa para que no fueran agredidos.

Relacionado con este vasallaje a la Santa Sede también está el cambio de liturgia en Aragón. En 1071 se introdujo la liturgia romana por primera vez en el monasterio de San Juan de la Peña, sustituyendo al rito hispánico o mozárabe, en un proceso de unificación de las liturgias en toda Europa.

El paso adelante que había dado Aragón era evidente, y éste parecía el momento propicio para la fundación de la primera ciudad del reino: Jaca. Una nueva capital, a la que se otorgó un fuero muy provechoso para los nuevos pobladores, y nueva sede de los obispos aragoneses, con lo cual se deberá construir la nueva catedral, impulsada por el propio rey Sancho Ramírez junto con su hermano el obispo García. Esta catedral se convertirá en la primera en estilo románico de la península y supuso un espejo para las demás iglesias, influyendo en su factura con el nuevo estilo románico.

Antes de su fundación como ciudad, Jaca ya era una villa próspera gracias al comercio que se llevaba a cabo por el Somport, el Summo Portu transitado ya por los romanos, y cuyo uso se intensificó con el discurrir de un nuevo fenómeno: las peregrinaciones a Santiago de Compostela.

Una ruta…    El Camino de Santiago

Hacia el año 800, bajo el reinado de Alfonso II de Asturias, según la tradición cristiana, una estrella le indicó el lugar al obispo Teodomiro donde se encontraba un antiguo sepulcro, en el que se encontraron los restos que fueron atribuidos al apóstol Santiago.

En una época en la que el fin del mundo se consideraba cercano, una de las formas de asegurarse la salvación eterna era la oración ante alguna de aquellas reliquias y las que se hallaron en Compostela eran de las más importantes del mundo cristiano. Semejantes a las que se adoraban en Roma o en Jerusalén, en un momento en que el viaje a esta última ciudad, dominada por el Islam, no era lo más aconsejable.

La peregrinación tuvo una importancia excepcional en el campo de la espiritualidad, evidentemente, pero también actuó en otros campos de manera no menos trascendental: así, a lo largo de todo el Camino se favorecieron los intercambios comerciales y surgieron florecientes villas y ciudades que atendían las necesidades de los peregrinos provenientes de distintos países europeos. Un ejemplo es Jaca, donde la mayor proporción de sus habitantes se dedicó en el siglo XII a la fabricación de zapatos, arneses y otros elementos imprescindibles para hacer el viaje hasta Santiago y regresar.

Detalle del ábside de la catedral de JacaDetalle del ábside de la catedral de Jaca

Los peregrinos, en los primeros siglos, buscaban las rutas que consideraban mejores, a base de antiguas calzadas romanas. Así, en Aragón, el primitivo Camino francés pasaba por el puerto del Palo y Siresa, donde la documentación del siglo X habla de peregrinos. Pero entre 1070-1095 el rey castellano Alfonso VI y el aragonés Sancho Ramírez, que acababa de ser coronado también rey en Pamplona, fijaron la ruta que fue tradicional durante los siglos siguientes, llamado en la actualidad el Camino Francés: a través de los ramales de Roncesvalles-Pamplona y de Somport-Jaca, que se unían en Puente la Reina (Navarra), para continuar por Estella, Logroño, Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Belorado, Burgos, Castrojeriz, Carrión de los Condes, Sahagún, León, Astorga, Cebrero, Puerto Marín y Santiago.

La creación de esta infraestructura en Aragón fue posible gracias a la percepción de las parias procedentes de los reinos de taifas. Se adentraba por el Somport, donde se construyó el monasterio-hospedería de Santa Cristina (1077), considerado por el Liber Sancti Iacobi como el "tercer hospital" en importancia de toda la cristiandad. Desde allí se descendía el valle del Aragón, con una parada obligada en Jaca, la nueva capital del reino desde 1077; se continuaba siguiendo el curso del río hacia Puente la Reina (de Jaca), antigua población real de Astorito; allí el camino se bifurcaba, pasando uno por Berdún, Sigüés y Tiermas, mientras que otro iba al sur del río Aragón por Martes, Artieda y Ruesta, para unirse nuevamente con el primero en Tiermas, desde donde se adentraba en Navarra.

Además de incentivar las relaciones comerciales y la instalación de nuevos pobladores, el Camino iba a resultar fundamental para el desarrollo de un nuevo estilo artístico, el Románico, que se iba a convertir en el primer estilo internacional europeo.

Bajo las directrices de este estilo se construirá la catedral de Jaca a partir de la década de 1070, convirtiéndose en el referente del nuevo arte románico. Su catedral, dedicada a San Pedro, es una obra sin parangón y a la vez ejemplo para otros monumentos, tanto en territorio aragonés como en otros lugares del Camino de Santiago, como la iglesia de San Martín de Frómista (Palencia), en la que se repite estructura en planta y motivos decorativos como el ajedrezado jaqués.

En la catedral de Jaca se comienzan a ver formas distintas a las del Románico lombardo anterior, acercándose ya a las del Románico pleno. Ahora el material sobre el que se trabaja es la piedra sillar bien escuadrada y la obra arquitectónica es marco para una brillante decoración escultórica.

A pesar de las reformas llevadas a cabo, la catedral de Jaca ha conservado bastante bien proyecto original. En cuanto a la planta es la típica románica basilical de tres naves con mayor altura de la central respecto a las dos laterales y con transepto no destacado en planta. El transepto es la nave perpendicular a la principal, que en otras iglesias románicas forma los brazos de una cruz latina. En Jaca se dice que el transepto no es destacado en planta porque la nave perpendicular es del mismo tamaño que la central, pero no hay brazos que sobresalen.

El espacio que cruza el transepto con la nave principal se denomina crucero y sobre éste, en Jaca se dispuso una cúpula sobre trompas, que se vio reforzada por cuatro arcos de medio punto que se cruzan en el centro, obra con influencia de la arquitectura islámica. Los arcos de medio punto son los propios del Románico, con forma semicircular.

En el extremo oriental destaca la cabecera de tres ábsides semicirculares, rematados con bóvedas de horno (de cuarto de esfera). En el siglo XVIII se decidió la reforma de la cabecera sustituyéndose el ábside románico de la nave central por otro más alargado.

En las naves destaca el sentido de la armonía en la división del espacio interior, mediante la alternancia de pilares cilíndricos y cruciformes con medias columnas adosadas, que acentúan y diferencian el ritmo de los tramos de las naves laterales y de la central. Entre estos elementos sustentantes se disponen una serie de arcos fajones (transversales a las naves) y formeros (longitudinales a las naves), que sirven para repartir el peso de las bóvedas y dirigirlo hacia los pilares. Hacia el exterior los elementos que ayudan a soportar el peso del muro son los contrafuertes, que habitualmente los encontramos contrarrestando a los pilares del interior.

Las bóvedas que vemos en la actualidad son distintas a las que se dispusieron originalmente, ya que la nave central se sabe que estaba cubierta con una techumbre de madera que sufrió un incendio de 1440 (por eso se decidió su sustitución), mientras que las naves laterales se cubrieron con bóveda de arista.

La sensación en el interior de la catedral es de recogimiento y oscuridad, ya que los vanos que se abrieron son muy pequeños y no permiten pasar suficiente luz. No se pueden abrir ventanales más grandes porque el muro pesa demasiado y en aquellos momentos que todavía se estaba experimentando con las formas del Románico, los maestros de obras no se fiaron de los elementos sustentantes como los contrafuertes.

Adosado al muro septentrional de Jaca se construyó un claustro, que hoy encontramos muy reformado y tan solo conserva de época medieval su trazado y la fachada de la sala capitular. En torno a este claustro se iban a edificar en época posterior las dependencias del cabildo que en la actualidad acogen al magnífico museo diocesano.

Por su parte en los pies de la iglesia, como una prolongación de la nave central, se abrió un amplio pórtico de dos tramos. En este atrio encontramos un ejemplo de la bóveda más típica del Románico de medio cañón.

La bóveda de medio cañón se consigue con la prolongación del arco de medio punto, que en el caso de este atrio se sustenta por un arco formero (también de medio punto) que descansa sobre dos pilastras adosadas al muro.

Anteriormente se ha dicho que uno de los elementos característicos del Románico Pleno es que la obra arquitectónica se convierte en el marco para la escultura. Su finalidad no es únicamente decorativa, también es didáctica. Prima la comunicación del mensaje religioso aunque también es habitual la decoración vegetal y geométrica. En una sociedad analfabeta, la escultura en las iglesias suplía la lectura de la Biblia a través de ejemplos que los fieles podían reconocer claramente. La escultura en las iglesias se convertía en lo que se ha denominado la Biblia pauperum (Biblia de los pobres), en la que las imágenes servían como ilustración a los pasajes de los testamentos e indicaban cómo debía ser el comportamiento del buen cristiano para obtener la salvación en el Día del Juicio Final.

Es más importante el mensaje religioso que la belleza de la obra, así pues las representaciones no tienen por qué ser naturalistas. Prima más el aspecto intelectual que la representación fiel de la realidad. Así pues las figuras son muy estilizadas y desproporcionadas, jerarquizadas según su importancia, como se ha visto al hablar de la pintura de Roda de Isábena. A esta estilización desnaturalizada contribuye la ley de adaptación de las figuras al marco arquitectónico, con posturas forzadas en ocasiones y poco realistas.

Aunque hay diferencias entre los maestros que tallan las obras, por lo general, el volumen en las figuras es escaso, con un relieve muy plano, en el que a veces los pliegues de los ropajes solo se intuye marcando una línea. No hay una búsqueda de la perspectiva y nunca se ambienta la escena, a no ser que sea imprescindible para su comprensión.

Los rostros no tienen apenas expresión, excepto en las escenas apocalípticas, que aparecen deformadas exageradamente por el horror del infierno, resultando para el fiel que las contempla aterrorizado el mejor ejemplo de lo que le espera si no actúa como el buen cristiano.

En cuanto al movimiento, inicialmente, las representaciones son muy esquemáticas y llenas de líneas rectas pero conforme se vaya perfeccionando el estilo se irá ganando en movimiento, así como en naturalismo y expresión, encaminándonos hacia el Gótico.

La escultura se concentra en los capiteles (parte superior de la columna), en canecillos o modillones (elementos para sustentar el alero del tejado), en las portadas... llegando en ocasiones a constituir verdaderos programas iconográficos. Se puede decir que en este momento la escultura recobra la importancia que había perdido tras la caída del Imperio romano.

No siempre los capiteles son historiados. En ocasiones se representan animales (naturalistas o fantásticos, procedentes del Bestiario medieval), que habitualmente evocan al pecado, y en otras ocasiones, se esculpen temas vegetales y geométricos.

Además en Jaca se da un motivo que podemos ver en muchos lugares del Camino de Santiago, el ajedrezado jaqués, una moldura decorativa a base de cuadros resaltados y rehundidos.

La influencia de la catedral de Jaca, tanto arquitectónica como escultórica, se plasmó en todas las iglesias pirenaicas que iniciaban su construcción a finales del siglo XI o inicios del XII, convirtiéndose en un foco difusor artístico de primer orden. Sin embargo poco duraría Jaca como sede política y episcopal ya que Pedro I en 1096 conquista Huesca y traslada a ella la capitalidad y la sede episcopal. Esto explica la inactividad que continuará a lo largo de toda la Edad Media en la catedral jaquesa.

La segunda edad de oro de la seo jacetana llega con el Renacimiento. Es en el siglo XVI la época en la que se abrirán las capillas del templo, se harán las bóvedas de crucería de la nave central (obra de Juan de Bescós, 1598) y las de las laterales (Juan de Segura, 1520).

Detalle del retablo de la Trinidad, obra de Juan de AnchietaDetalle del retablo de la Trinidad, obra de Juan de Anchieta

Trabajan en aquel momento artistas como Juan de Moreto, Juan de Salas, Gabriel Joly o Gil Morlanes el Mozo, algunos de los mejores escultores aragoneses, y más tardíamente Juan de Anchieta, con una obra que incorpora las nuevas formas del estilo de Miguel Ángel.

Una explicación para esta época de esplendor la encontramos en que en 1571 se crea el obispado de Jaca independiente del de Huesca. La razón era la preocupación de Felipe II por la unidad religiosa de los reinos hispanos puesta en peligro desde el exterior por los protestantes franceses, considerando que cuanto menos pequeñas fueran las diócesis, más controlables podrían ser sus amenazas. Así pues, el humanista Pedro del Frago se convirtió en el primer obispo de la recién creada diócesis.

La última gran reforma de la catedral se produce a lo largo del siglo XVIII, cuando el ábside central fue destruido en 1790 para construir el actual presbiterio, que presenta frescos realizados por el cartujo fray Manuel Bayeu. En 1918 se trasladó aquí el coro, sillería y el órgano, de 1706.

 

 

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