Gran Enciclopedia Aragonesa

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Moncayo Films

Contenido disponible: Texto GEA 2000

La única productora de cine profesional que ha habido en Aragón tras un primer florecimiento a comienzos de siglo, surgió como fruto de un ambiente creativo en la Zaragoza de los cincuenta, que tuvo también su incidencia en el cine: auge del amateur (cortometrajes de Pomarón), de los cineclubs (Club Cine Mundo, Saracosta), etc. Los preludios fueron el mediometraje Los sitiados (1959) y las cintas de Lagramón Films. A partir de 1961 un grupo de jóvenes ilusionados, provenientes de la burguesía moderna zaragozana, decidieron lanzarse a la aventura de hacer posible el sueño de hacer cine profesional desde Aragón. Julián Muro, director de Radio Zaragoza, aportaría el capital inicial, Víctor Monreal una importante trayectoria profesional en la industria y Duce, Alfaro y Pomarón unas inmensas ganas de trabajar y abrirse paso en el medio, el crítico y estudioso Manuel Rotellar se había quedado por voluntad propia en un segundo plano, pero siguiendo de cerca las actividades. Moncayo Films se dio a conocer con un puñado de documentales, Zaragoza, ciudad inmortal (1962) y, en 1963, El Duero nace en Soria; Teruel, la ciudad de los amantes; Zaragoza, 1962; Balón de playa, y Cualquier tiempo pasado, en el que se cruzan Jorge Manrique y los tapices de La Seo, y que pudo ser visto en la clausura del Festival de San Sebastián de 1963. Tras este ensayo, el salto a los largometrajes de ficción; para ello apuestan por uno de los valores más prometedores del Nuevo Cine Español, Mario Camus, aunque esto suponga la marginación de un José Luis Pomarón que esperaba aquí su oportunidad de dar el salto hacia la profesionalización. Muere una mujer (1964) da una idea de por dónde iban las aspiraciones de la productora aragonesa: un cine comercial de género con un planteamiento digno y moderno. La bisoñez de los negociadores de la productora —Duce y Fernández Boado— en Madrid impidió que fuera distribuida por la Paramount en toda España y se perdió así una importante baza. En el siguiente largometraje Emilio Alfaro había conseguido el sueño de ver plasmado uno de sus guiones policíacos, con nada menos que Pedro Lazaga —entonces un director de cierto prestigio— tras la cámara y el Monasterio de Piedra como escenario. Pero Lazaga transformó en parte la vertebración narrativa de este whodunnit? hasta el resultado final de El rostro del asesino (1965), más destacable por su estética —basada en la elaborada fotografía de Víctor Monreal— que por otra cosa. También se basó en otro argumento policíaco de Alfaro, Culpable para un delito (1965), nueva vuelta de tuerca sobre falso culpable en el que vuelve a sobresalir el trabajo de Víctor Monreal y las posibilidades dramáticas de un escenario zaragozano muy inteligentemente explotado. Tras posiblemente la mejor película —curiosamente la más aragonesa—, viene la de menor calidad, El Magnífico Tony Carrera (1968). Se trataba de una coproducción de acción, escrita y dirigida por José Antonio de la Loma, en la que Moncayo apenas controlaba ya un producto con un diseño descaradamente comercial. La agonía de la firma zaragozana estaba cantada y el accidente automovilístico que segó la vida de Víctor Monreal no hizo más que acelerar el proceso. La coyuntura de las subvenciones anticipadas había cambiado en perjuicio principalmente de las productoras modestas, pero también la inicial ilusión del grupo se había ido desinflando entre desavenencias internas, maniobras comerciales fallidas y el peso que suponía compartir otras actividades profesionales con otra tan vampírica como el cine. Así terminó una de las aventuras más intrépidas que se hayan protagonizado en el mundo del cine en Aragón, un sueño que hasta pretendía instalar unos estudios en Cuarte de Huerva y que escribió una de las páginas más duraderas de la producción cinematográfica periférica durante aquella época.

 

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