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Lorenzo, San

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 27/08/2009

Patrono de la Ciudad e Iglesia de Huesca Buscar voz..., cuya fiesta litúrgica se celebra el 10 de agosto.

• Hist. Ant.: Lorenzo fue diácono de la Iglesia de Roma (y del pontífice Sixto II). Tal y como acepta actualmente el oficial «Martirologio Romano», murió en Roma, siendo enterrado inmediatamente en la vía Tiburtina, mártir en la persecución bajo el mandato del emperador Valeriano (entre 253 y 258).

Su culto, al igual que el de San Vicente Buscar voz..., se extendió amplia y rápidamente por todas las iglesias occidentales y, especialmente, por las de las Galias, Hispania y Roma (ciudad en la que cuenta con nueve templos dedicados, alguno desde época imperial romana). Desde el siglo IV, tras la tolerancia constantiniana con el Cristianismo Buscar voz..., fue elogiado y cantado por numerosos autores, entre los que destacan los pontífices Dámaso y León, San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo, Ennodio y, con el valor particular que le da su cercanía cronológica y la extensión de su texto laurentino, el poeta hispanorromano Prudencio Buscar voz..., autor del Peristéfano.

Ninguno de los textos pertenecientes a la Edad Antigua facilita información acerca de su lugar concreto de nacimiento, no obstante haber sido algunos redactados por autores hispanos o de ascendencia hispana, en los que extraña no ver, a pesar de la fama extraordinaria del santo, ese dato; de lo que algunos deducen que, al poco de su muerte, era ya desconocido. Ni una inscripción métrica atribuida al obispo de Roma, Dámaso (366-384), que era hispano y gran devoto suyo, ni los textos de Prudencio aluden a la cuestión. Prudencio, natural del valle del Ebro -posiblemente calagurritano- y buen conocedor de la historia cristiana de la zona y de Hispania, es el autor peninsular antiguo que más se extiende sobre Lorenzo, en un himno escrito en la segunda mitad del siglo IV. El primer autor que parece haberse ocupado de la pasión del santo diácono es San Ambrosio, creyendo la crítica actual que Prudencio tomaría de éste algunos rasgos para su relato poético. Algo después se fecha un himno, asimismo ambrosiano para algunos (lo que otros discuten); y, posteriormente, se hallan menciones en piezas sermonarias de los santos Agustín, Pedro Crisólogo (arzobispo de Rávena hacia 440), papa León (unos diez años después) y Máximo de Turín (id.), ninguno de los cuales añade nada histórico a lo cantado extensamente por Prudencio.

Hay que llegar a los umbrales del siglo VI (pasados ya dos siglos y medio desde la muerte del santo) para encontrar un texto en que se vincula a Lorenzo con Hispania, afirmándose que era «de estirpe hispana», sin otra precisión ni apoyo alguno en la literatura laurentina anterior, en la que llama la atención la omisión del dato, sobre todo por autores coterráneos (como lo serían todos los hispanos, caso de serlo Lorenzo). Este relato, colección un tanto novelesca de martirios llamada Passio Polychronii, resulta de poca confianza, al cometer errores históricos de importancia e introducir, además, evidentes elementos legendarios, tales como el que hace a Lorenzo depositario de un tesoro encomendado por el hijo de un emperador fallecido y otros parecidos, amén de haberse conservado en copias tardías (siglo X), que pudieron haber introducido interpolaciones procedentes de textos del siglo IX (como el Martirologio de Adón, del siglo IX, en que aparece el mismo dato). De tal modo que la narración poética de Prudencio es la fuente más segura y, aun así, no exenta de escollos. (Si, según se admite, fue muerto Lorenzo en la misma persecución que su obispo, Sixto III, su pasión acaecería en 258. Pero ya en esas fechas San Cipriano Buscar voz..., obispo de Cartago y cabeza de las iglesias africanas, asimismo mártir poco después —que habla de la muerte de Sixto en una carta conservada— nos suministra el texto de la orden imperial de Valeriano, que unos acólitos fueron a buscar a Roma, por encargo suyo, según la cual las muertes de las autoridades eclesiales, obispos, presbíteros y diáconos, habían de producirse por decapitación; lo que se halla manifiestamente en contradicción con el aserto prudenciano, posterior en un siglo, de que Sixto fue muerto en cruz, circunstancia muy difícil de aceptar por los historiadores. Por otra parte, la crítica católica señala cómo el historiador grecorromano Sócrates, contemporáneo de la fecha del Peristéfano, narra el suplicio de tres cristianos orientales sometidos al tormento de la parrilla, lo que llevó al notorio hagiógrafo P. Delehaye a preguntarse si no existiría una contaminación en los relatos.)

Los defensores de la vinculación entre Lorenzo e Hispania suelen argüir que no es norma en Prudencio mencionar el lugar natal de los mártires a quienes ensalza; pero es lo cierto que el poeta facilita el lugar de origen de muchos de ellos y que en uno de sus himnos, en que describe el Juicio Final hace aparecer ante el tribunal divino a numerosas ciudades hispanas y galas, personificadas en jóvenes mujeres, cada una de las cuales presenta a Dios su ofrenda martirial, especificada en cada caso: así aparecen Mérida, Córdoba, Tarragona, Gerona, Calahorra, Barcelona, Zaragoza, Arlés, Narbona, Tánger, Cartago. Y en la nómina no aparece Lorenzo (ni, claro es, Huesca), santo al que Prudencio profesaba particular devoción, como lo demuestran su largo himno II, a él dedicado, y el que en su viaje a Roma visitase ex profeso la tumba del mártir.

En los siglos siguientes la literatura laurentina es abrumadoramente extensa. En sucinto resumen, señalemos que San Máximo de Turín (a quien, en el siglo V, se atribuyen textos relativos al santo diácono) da pie a la posibilidad de que Lorenzo no fuese oriundo de la capital romana (lo que, por otro lado, no permite atribuirle ninguna otra procedencia concreta, ni pensar que fuese extraitálico). A fines del siglo IX corresponde lo principal del llamado Martirologio de Adón, obispo viennense, que fue muy utilizado como fuente en toda la Edad Media. En él se dice que el santo, aunque criado y educado en Roma, era de estirpe hispana. (De aquí podría haber tomado el dato el copista de la Passio Polychronii, en el siglo X). Pero tampoco el texto de Adón está limpio de contaminaciones y comete errores históricos de fuste, al situar la muerte de Lorenzo bajo Decio, y no bajo Valeriano. Así, llegamos al año 1000 sin que sea posible aportar testimonio de ninguna clase que vincule a Huesca con Lorenzo.

Como en muchos otros lugares de Occidente, su culto muy antiguo (desde el mismo siglo III), arraigó asimismo en Huesca, aunque, que sepamos, no antes de fines del siglo XI, momento en que (1097) consta la existencia de una iglesia (en el lugar de la actual basílica), rehecha luego con mayor magnificencia, pero de la que no consta el laurentismo. En 1102 la documentación certifica la existencia de otro templo en el lugar de Loreto, sobre cuyo nombre se han construido explicaciones históricas por razón de homofonía sin ningún valor argumental. (Loreto es topónimo de ascendencia itálica, cf. el Lauretanus portus etrusco y el famoso Loretum en el Aventino romano, bosque sacro de laureles muy popular en Roma y en Italia, por hallarse en él la tumba del rey Tito Tacio y estar en una zona de concentración de templos importantes a donde acudían a diario miles de fieles. Pero un topónimo relacionable con Lorenzo-Laurentius no sería del tipo Loretum, sino Laurentium o Laurentum, nombre éste de una ciudad igualmente itálica, citada frecuentemente por Virgilio como ciudad del Lacio, la comarca de Roma. Laurens o Laurentius en latín, es, precisamente, un natural de Laurentum, en la vecindad de Roma. En Hispania no se registra ni un solo caso de Laurentius en los miles de nombres romanos conocidos; en cambio, en Italia y, particularmente, en el Lacio, incluyendo Roma, los Laurentii son frecuentes, no sólo en los tres primeros siglos de la Era, sino en época del Imperio cristiano, tal y como se desprende en la monumental recopilación onomástica de Diehl.)

Las alusiones directas al oscensismo de Lorenzo o de su familia son todas tardías y de escasísimo valor histórico (aparecen en Berceo, que vertió poéticamente al romance el texto de Adón, en el siglo XIII, literalmente en muchas partes), cuando se fundan las cofradías oscenses (1240 y 1283), con sedes en las iglesias mencionadas de Loreto y de la ciudad (ésta de caballeros). En el siglo XIV (1387), el papa Clemente VII, desde Aviñón, de refiere a la diócesis oscense aludiéndola como aquella de la que «se afirma que nació el santo». (El papa aviñonense no es incluido, hoy, en la lista oficial de pontífices romanos.) A partir de esas fechas, la tradición oscensista va consolidándose crecientemente, aunque no es la única en hacerlo sobre el mismo tema, pues otras ciudades reivindicaron pronto para sí la cuna del mártir.

Persiste, pues, el vacío documental prácticamente milenario, que no se salva en ningún momento, pese a la abundancia de la tradición romanovisigoda conservada, no sólo a través de Prudencio, sino de los escritos de Braulio Buscar voz..., Tajón Buscar voz..., del diácono Vicente de Huesca Buscar voz... o de Isidoro Buscar voz..., Eulogio II o cualquiera de los numerosos escritores de historia eclesiástica y general que produjo Hispania entre los siglos IV y VIII.

Durante el siglo XVI, la importante devoción a Lorenzo recibe el impulso procedente del interés personal de Felipe II, que ganó la batalla de San Quintín el 10 de agosto de 1557, mandando construir, bajo el patrocinio del diácono, la herreriana parrilla de El Escorial. Pero la discusión que, verdaderamente, causa estado surge, como casi todas las del género en tono mayor y polémico durante el siglo XVII, en la exaltación de la peculiaridad religiosa de la España barroca de la decadencia de los Austrias; y a tal momento pertenece la inmensa mayoría de la bibliografía erudita sobre el particular, a menudo disparatada. En esa fecha ya eran generales en España las atribuciones de nacimiento peninsular al diácono. Los valencianos, por ejemplo, adujeron un texto (falsificado) del abad Donato (siglo VI), publicado en un libro cuyo pie decía haber sido impreso en Salamanca, en 1636, pero que, en realidad, fue hecho en Valencia, en 1673, para que no pareciese que se traía demasiado oportunamente a colación. El autor del engaño era Matheu y Sanz, valenciano y regente en el Consejo de Aragón. En similares términos ocurrían las cosas en este reino: Uztárroz Buscar voz... (1638), Vicente de Vidania Buscar voz... (1672), Dormer Buscar voz... (1673), Aguas (1677) y Carreras (1698) afirmaban ardorosamente su origen oscense. Pellicer describió una moneda que dijo haber visto en casa de Ramírez de Prado en la que se leía: «S(enatus) P(opulus) Q(ue) R(omanus). Sanctus Laurentius martyr. Rom(anus) Hisp(ano) genere. Ex Aurentia Volsca gente Oscae natus. MCCCC». Aparte que moneda de fecha tal nada probaría, desde luego, la pieza era, obviamente, una falsificación y jamás se acuñó en Roma nada igual.

De todos los libros, tuvo el éxito mayor el de Uztárroz, que, con toda buena fe, fue víctima del mayor falsificador de textos antiguos de la España moderna, el jesuita Jerónimo Román de la Higuera Buscar voz.... Tomaba este falsario el nombre de algún escritor antiguo mencionado por fuentes auténticas y de cuya obra no se hubiera conservado nada y se aplicaba a inventarla toda, introduciendo sus fabulaciones junto a datos verdaderos, extraídos de otros documentos auténticos. Así compuso obras del obispo Máximo Buscar voz... de Zaragoza y bastantes páginas que asignó a Flavio Dexter, hijo del obispo Paciano de Barcelona. Tales falsías (en las que se veía, así, comprobado el nacimiento oscense de Lorenzo y quiénes eran sus familiares; todo ello rigurosamente falsificado por el jesuita, que lo recogió de las devociones populares o lo inventó, sin más) sirvieron a Uztárroz para componer biografías de estos santos personajes (supuestamente oscenses y a cuya existencia misma cabe oponer gravísimos reparos, en unos casos; en otros, obviamente, hay confusión con el Orientius «episcopus Ausciensis», y no «Oscensis»; de Auch, no de Huesca, que vivió cientos de años más tarde que Lorenzo). Aunque algunos críticas denunciaron, no mucho después, el engaño, su difusión local y su innegable atractivo hicieron que estas historias calasen profundamente en muchos lugares y, desde luego, en los respectivos cleros locales, que veían así engrandecidas sus iglesias con textos de los padres antiguos. Godoy y Alcántara, en obra que publicó a sus expensas y premió unánimemente la Real Academia de la Historia (1868), desenmascaró irrefutablemente al falsificador, por cuya causa creyeron muchos, desde el siglo XVII, haberse certificado seriamente el origen de Lorenzo, español y de Huesca. La historiografía actual, prescindiendo de todo apasionamiento, se atiene al criterio seguro de que nada en la Edad Antigua, ni en la Media hasta entrado el siglo XVIII, permite asegurar lugar para su nacimiento y ni siquiera la provincia romana; siendo cierto que su nombre es característico del Lacio y de Italia, que vivió en Roma muy probablemente desde edad infantil (pues allí fue «nutrido e instruido») hasta su muerte, el 10 de agosto del 258, siendo enterrado, tras su martirio, en la vía Tiburtina, en la que prelados romanos como Dámaso (siglo IV) le rendían devoto culto. Fuera de España es más universalmente aceptada la tradición que lo hace romano, no existiendo argumento serio alguno en favor de su nacimiento en Valencia o Córdoba.

• Bibliog.:
Godoy, J.: Historia Crítica de los Falsos Cronicones que hay en España; Madrid, 1868.
Andrés de Uztárroz, J. F.: Defensa de la Patria del invencible Mártir San Lorenzo; Zaragoza, 1638.
Id.: Vida de San Orencio, obispo de Aux. Translación de sus reliquias a la ciudad de Huesca, su patria y de las de San Orencio y Santa Paciencia, sus gloriosos padres...; Zaragoza, 1648.
Bayo, M. J.: «De Prudencio a Berceo. El tema del martirio de San Lorenzo»; Berceo, VI, 18, Logroño, 1951, pp. 5 y ss.
Sotomayor, M.: «La Iglesia en la España romana»; en García Villoslada, R. (dir.): Historia de la Iglesia en España; I, Madrid, 1979, no lo incluye en su exhaustivo repertorio. Tampoco se menciona a Huesca en relación con Lorenzo (ni a éste en relación con Orencio) en Ferreres, R. D. (dir.): Enciclopedia de la Religión Católica; VII vols., s.v., Barcelona, 1950 y ss.
Es muy crítico en todos sus puntos el completo Ortiz de Mendívil, J. J.: San Lorenzo en la Literatura; Madrid, 1911. El himno II del Peristéfano en edición bilingüe, crítica y anotada, puede consultarse en la edición Prudence, t. IV, por Lavarenne, M., París, 1951, pp. 32 y ss., y en Bayo, M. J.: Prudencio. Himnos a los mártires; Madrid, 1946, y Prudencio. Peristephanon; Madrid, 1943.
El historiador oscense A. Ubieto («Temas eclesiásticos oscenses», Ligarzas, Valencia, 1971) no halla testimonio alguno laurentino en Huesca antes del siglo XII, tras analizar la documentación de la Catedral, San Pedro el Viejo y Montearagón. Los primeros Lorenzos conocidos en Huesca son francos, todos ellos a partir de finales del siglo XII, lo que interpreta como índice seguro de no existir especial devoción entonces por el santo diácono.

 

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