Gran Enciclopedia Aragonesa

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Fuentes de la Antigüedad Aragonesa

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 07/05/2010

Las informaciones sobre la Antigüedad de las actuales tierras aragonesas proceden de muy numerosos campos: desde la paleoclimatología (que parece demostrar alteraciones significativas del clima a partir del 700-600 a.C., lo que impuso cambios correlativos en la producción agropecuaria y, por ende, en los modos de vida) a la física atómica (que permite dataciones bastante precisas de materias orgánicas antiguas, como las del nivel inferior del yacimiento indoeuropeo Buscar voz... de Juslibol Buscar voz..., primero fechado en Aragón por este procedimiento, que suministró una fecha de 490±80 a.C., obtenida sobre las muestras extraídas por G. Fatás); pero el acervo principal de nuestros datos sobre la Antigüedad propiamente dicha (más o menos, desde la presencia de los pueblos clásicos en la zona, poco antes del 200 a.C., hasta el final de la latinidad, a comienzos del siglo VIII d.C.) se desprende de cuatro bloques principales: la Arqueología Buscar voz..., la Epigrafía Buscar voz..., la Numismática Buscar voz... y la Filología (nombres de lugar Buscar voz... y persona Buscar voz... y obras escritas de todo genero, en griego y latín). Por antonomasia, entre los especialistas, se suele aludir con el nombre de «fuentes» a las de carácter escrito, que son las que nos ocuparán aquí.

El valle medio del Ebro, por su significado estratégico, recibió la atención de los autores antiguos, sobre todo en la medida en que fue escenario de enfrentamientos bélicos. De ahí que los territorios aragoneses ajenos a la cuenca del río (la parte meridional de la provincia de Teruel) y el Pirineo, situados fuera de las grandes líneas de acción de cartagineses, romanos y visigodos, se hallen casi ausentes de las fuentes clásicas. El conocimiento del extremo occidente, en las culturas superiores del Mediterráneo, era muy antiguo; databa, seguramente, por lo menos del II milenio a.C. Pero, naturalmente, se ceñía a las rutas costeras levantinas, a las islas y al área del estrecho de Gibraltar, una de las llaves más importantes en el mundo antiguo para la consecución del estaño, elemento mineral imprescindible para las culturas conocedoras de la metalurgia del bronce. En torno al siglo VI a.C. la supremacía de los pueblos helenos en el contacto mercantil con Iberia (nombre griego de la Península) sucumbió ante la presión semítica, protagonizada por los púnicos de Cartago, colonia de Tiro fundada por fenicios Buscar voz... en el actual litoral tunecino. Los fenicios tenían muy antiguos contactos con la Península, centrados en la plaza de Gadir (Cádiz); pero la expansión cartaginesa poco anterior al 500 a.C., relanzó su presencia hasta el punto de que el nombre que los romanos recogerían para designar a Iberia no sería el griego sino el púnico de Ishe-phan-im o «tierra de los conejos», bajo la forma latinizada de Hispania.

No obstante ello, las características de la cultura semítica y las tremendas derrotas de Cartago a manos de Roma en los siglos III y II a.C. (guerra púnica Buscar voz...), que acabaron con su destrucción, no consintieron la supervivencia de informaciones púnicas sobre Hispania. Las primeras noticias organizadas, pues, proceden del mundo grecorromano y tienen especial relieve las generadas por la presencia de la importante factoría griega focense de Marsella ciudad de la que dependieron las ibéricas Ampurias y Rosas, las localidades de la costa catalana más notables desde el punto de vista de la presencia griega en España. Aparte alguna información esporádica (viajes casuales, alusiones, etc.) procedentes de otras áreas, el mundo romano recibió, pues, la principal información escrita y sistematizada a través de los aliados de Marsella, ciudad activa desde el 600 a.C.; de la presencia de guerreros hispánicos en las luchas de la Sicilia griega (en cuyos ejércitos se alistaban como mercenarios, Siracusa, la gran capital griega de Sicilia, fue luego una fiel aliada de Roma); y, directamente cuando Roma hubo de atacar a Aníbal Buscar voz... en Hispania, desde el 218 a.C.

Hasta ese momento no se produce un interés directo de Roma por la Península; y la tradicional supremacía cartaginesa en el mar había logrado, mediante la firma de tratados, la renuncia de Roma a establecer áreas de influencia directa en Hispania, especialmente en el sur, cuyos litorales, a partir del Estrecho, fueron celosamente velados por los púnicos, interesados en proteger el secreto de sus navegaciones hacia el estaño atlántico y, probablemente, hacia Guinea. Cuando el poder meridional del imperio indígena de Tartessos sucumbió bajo los semitas, el contacto con lo helénico se interrumpió, en consecuencia, el área del Estrecho se adornó con leyendas y mitos que acabaron por hacer creer que allí estaba el fin del mundo, el non plus ultra a partir del cual sólo existía el Mar Tenebroso u Océano, lleno de graves peligros que sólo la aventura de Colón lograría disipar cientos de años después.

Habrá, pues, que esperar al siglo III a.C. para que, con el desembarco en Ampurias de las tropas romanas de los Escipión, Roma comience a necesitar informarse sobre estos territorios. Prescindiendo de datos y noticias sueltas, de muy escasa entidad, podemos clasificar, para la época republicana y altoimperial (siglos II a.C-II d.C.) nuestras fuentes escritas en dos grandes especies: las fuentes relativas al proceso militar de la conquista Buscar voz... y de las ulteriores guerras civiles entre romanos; y las de carácter general no narrativo, sino de interés científico, escritas desde el punto de vista tanto de las ciencias naturales (Geografía, Astronomía, Botánica) cuanto de las ciencias humanas (la Etnografía, fundamentalmente).

Con la excepción de Julio César Buscar voz..., todas las fuentes sobre la historia militar corresponden a autores que no vivieron directamente los sucesos que narran. (Hay algunas informaciones sueltas dadas por contemporáneos de los hechos, como una breve noticia de Polibio Buscar voz... para el año 153 a.C., u otra de Cayo Salustio para el 75 a.C., etc. Pero no resultan significativas.) Se trata, pues, de elaboraciones de segunda mano y de valor desigual, por encontrarse, además, insertas en obras de muy distintos estilos y redactadas por manos muy diferentes.

Por otro lado, la heterogeneidad de las informaciones se ve subrayada por la circunstancia de que, salvo en el caso de Apiano de Alejandría Buscar voz..., ninguna de las obras en que se nos suministran datos sobre los episodios militares se halla específicamente dedicada a la península ibérica, por lo que los sucesos retratados lo están siempre en función de la historia general o al servicio de otro objetivo (como, por ejemplo, el retrato de algún personaje ilustre, parte de cuya vida hubiera transcurrido en Hispania; es el caso de los autores Plutarco y Nepote Buscar voz..., que biografiaron a personajes como Catón Buscar voz..., Sertorio Buscar voz... o Tiberio Graco Buscar voz..., todos ellos con mando político en la Península en algún momento de su carrera).

De este tipo de fuentes, atentas a la historia militar, recoge la investigación frutos y defectos característicos. Entre las ventajas se halla la de que, a diferencia de las obras científicas y generales, cuando un suceso particular atrae la atención del historiador o del compilador, suele suministrar acerca del mismo detalles y peculiaridades que no se reseñarían en ningún caso en otro tipo de obras, más atentas a lo permanente que a lo coyuntural: descripción de emplazamientos, de datos de interés militar inmediato (lugares de aprovisionamiento, cifras de contingentes reclutados, nombres de personajes indígenas que intervienen eventualmente, fechas muy exactas para ciertos episodios que, en su día, revistieron alguna trascendencia, etc.). En cambio, su preocupación por seguir un muy concreto hilo narrativo hace que estas fuentes, por lo general, enfoquen estrictamente su atención en el personaje de que se ocupan o en el hecho militar propiamente dicho, con lo que el campo informativo se restringe notablemente.

Todas estas dificultades, además, se acrecientan para los primeros momentos de la conquista, cuando los grecorromanos desconocen aún el interior peninsular, en el que nunca han puesto el pie. Así, una entidad de la importancia de Celtiberia resulta ser una denominación imprecisa en los historiadores de la conquista; y una buena observación de su uso muestra cómo, a medida que la penetración de las legiones es mayor y la ocupación romana más estable, el contenido del término varía y se precisa. Por ello no debe extrañar que en la historiografía de la Antigüedad aragonesa se hayan deslizado muchos errores, procedentes a menudo de conceder el mismo significado a un término geográfico, étnico o político tanto si aparece en Estrabón Buscar voz... (que vivió bajo César y Augusto Buscar voz...) cuanto en Polibio Buscar voz... (que es del siglo anterior). Lo mismo se dirá de muchos pueblos (v.g., ilergetes Buscar voz...) cuyo emplazamiento geográfico no fue estable.

El segundo tipo de fuentes escritas para este período (más o menos, del 200 antes al 200 después de C.) lo constituyen, fundamentalmente, tres autores. Por su importancia general y la calidad de su método debe ser destacado Estrabón, geógrafo griego autor de una descripción general del mundo conocido, en cuya parte dedicada a Iberia tanto el valle del Ebro cuanto el Pirineo y el Sistema Ibérico ocupan lugares relativamente relevantes. Estrabón no estuvo en Hispania, pero pudo retocar su obra una vez que Roma dio por terminadas las guerras cántabro-astures, en los primeros años del gobierno de Augusto. Conoció, seguramente, los estudios geográficos y militares hechos sobre el terreno por Agripa Buscar voz..., colaborador íntimo del emperador, de tal modo que sus datos sobre el Ebro y la Ribera, en particular, son enteramente fiables, lo que se prueba en la generalidad de los casos, cuando sus informaciones resultan todavía verificables (distancias, por ejemplo).

En línea similar, aunque con preocupaciones muy variadas, escribió Plinio, llamado «el Viejo» o «el Mayor» (para distinguirlo de su sobrino de igual nombre, también escritor). El más grande de los autores enciclopédicos del clasicismo romano redactó una Historia Natural, mezcla de informaciones geográficas, políticas, jurídicas y naturalistas de todo orden, siguiendo un método de descripción del mundo y sus curiosidades por orden geográfico. (Plinio el Viejo murió al contemplar la famosa erupción del volcán Vesubio, que destruyó Pompeya en el 79 d.C.) La información pliniana sobre el actual Aragón es sucinta, pero de extraordinario interés, puesto que se centra, principalmente, en la enumeración de las poblaciones y unidades políticas, tanto romanas cuanto indígenas, que en su tiempo se hallaban integrando el Convento Jurídico Cesaraugustano Buscar voz... (gran circunscripción subprovincial de Hispania Citerior Buscar voz...), cuyo centro religioso, administrativo y político radicó en Caesaraugusta Buscar voz.... Gracias a los datos de Plinio conocemos qué entidades políticas gozaron del Derecho romano o latino y qué otras permanecían, a fines del siglo I d.C., lejos aún de integrarse en la romanización Buscar voz.... (Ciudadanía Buscar voz..., colonias Buscar voz..., municipios Buscar voz....)

Finalmente, el extraordinario geógrafo y astrónomo que fue Ptolomeo redactó unas tablas de situación de todas las ciudades de su tiempo (época de los Antoninos, siglo II d.C.), dando su emplazamiento en grados y minutos astronómicos. Sus apreciaciones absolutas son, habitualmente, erróneas; pero, en cambio, suministran en su aridez tres clases valiosísimas de información: a qué pueblos o tribus se hallaban adscritas (lo que posee elevado interés en un momento en que el tema interesa poco a los estudiosos, por hallarse las etnias en desintegración, y porque la pax Romana eliminó los conflictos bélicos y sus fuentes de información); en qué situación relativa se hallaban esas poblaciones entre sí y, por último, los nombres de las mismas, en numerosas ocasiones sólo conocidos por estas listas escuetas.

Mención aparte merece, por el interés de sus citas sobre lugares menores de Bilbilis Buscar voz... y su comarca, Cayo Valerio Marcial Buscar voz... que, imposibilitado por un tiempo para vivir en Roma, regresó a las orillas del Jalón, en donde escribió parte de sus famosos epigramas. Pero, desde el punto de vista de la historiografía, no es mucho lo que puede obtenerse del poeta.

A partir de un estado suficientemente desarrollado de la romanización se elaboraron guías de la red oficial de calzadas del Imperio (llamadas, genéricamente, «itinerarios»), en las cuales se indicaban, muy escuetamente los caminos principales, las etapas más o menos regulares en que podían recorrerse (en cuyas mansiones existían postas y alojamientos) y las distancias que separaban los puntos contiguos de población. El Itinerario de Antonino Buscar voz... y otro de autor ignorado, al que denominamos Anónimo de Rávena Buscar voz..., son los principales. En ambos se hallan enunciadas numerosas localidades del actual Aragón, aunque no todas han sido convenientemente identificadas (especialmente las que se internan desde Zaragoza hacia las tierras turolenses), no obstante ser muy precisas las indicaciones miliarias (debiendo hacerse el cálculo aproximado de 1,5 km. por cada milla o conjunto de milia passuum -mil pasos- romanos). De los dos, ofrece más garantía el de Antonino, más antiguo, ya que el Ravennate (como se llamó al otro desde el Renacimiento), sobre ser de época bastante posterior, fue anotado y recopiado numerosas veces, con modificaciones que pueden llegar, incluso, hasta el siglo X; de manera que presenta muchas alteraciones, nombres corruptos y, en general, menos facilidad para su utilización por los investigadores.

Para los siglos III, IV y V d.C. (ya que las fuentes para la historia visigoda de la zona son extraordinariamente escasas: concilios Buscar voz..., crónicas cesaraugustanas, Gregorio de Tours Buscar voz..., Hidacio Buscar voz..., Isidoro Buscar voz..., visigodos Buscar voz...) nuestra situación es aún más menesterosa. No contamos sino con una docena de citas aisladas, en su mayoría relativas a la vida religiosa y casi todas localizadas en Caesaraugusta, referidas a sucesos ocurridos allí. Algunas de estas fuentes tienen extraordinario valor, como la que guarda la mención del primer cristiano de nombre conocido (Cipriano de Cartago Buscar voz..., cristianismo Buscar voz...), el inicio de las persecuciones romanas (glosado por Prudencio Buscar voz..., admirablemente) o episodios aislados como la última (y única, que sepamos) visita de un emperador romano a la hoy capital aragonesa (el emperador Mayoriano Buscar voz...). Destacan, para estas tres centurias, además de los citados, algunos escritores de la Galia vecina, como Ausonio Buscar voz... y San Paulino Buscar voz..., que mantuvieron una poética correspondencia mientras el segundo residía momentáneamente en nuestra zona, a finales del siglo IV, y la serie de actas y cánones de los primeros concilios episcopales de la Iglesia, por hallarse en algunos de ellos presentes los representantes de la comunidad cristiana de Caesaraugusta, tanto en sínodos celebrados en Hispania (el de Elbira, en Granada, poco después del 300, el I de Caesaraugusta, en el 380) cuanto fuera de ella (como el concilio de Arlés, en Francia, del año 314; o el de Sérdica -la moderna Sofía búlgara- en el año 344). Estas fuentes conciliares tienen el valor directo del testimonio que aducen, y el indirecto de mostrarnos cómo los romano-cristianos de la zona se hallaban permanentemente al tanto de los avatares político-eclesiales y doctrinales del siglo IV, poseyendo capacidad suficiente como para desplazarse hasta lugares muy alejados de la Península.

Por último, debe decirse algo de la Lingüística como fuente para el conocimiento de la Antigüedad. Los nombres de persona y de lugar (onomástica prerromana, onomástica romana Buscar voz...) son una preciosa información para todo estudioso de las sociedades aunque lo difícil de su interpretación puede llevar a graves errores, si no se cuenta con una metodología depurada (así, la abundancia del nombre femenino Magdalena, que viene de la ciudad oriental de Magdala, no es indicio de existencia masiva de judíos Buscar voz... en la España de hoy). Los lingüistas, a partir sobre todo del siglo XIX, han llegado a establecer una sistemática depurada que consiente utilizar los elementos onomásticos como fuentes de información histórica, a veces muy precisa. De esta manera, es seguro que la mayoría de nuestros actuales nombres de lugar acabados en -én o en -ena, por ejemplo, y siempre que su primer componente sea un nombre latino, encierran designaciones de latifundios de época imperial romana, los nombres de cuyos propietarios se han transmitido hasta hoy por ese procedimiento (Leciñena, que viene de Licinio; Sariñena, de Sarinio; Grisén, de un tal Grisio; Marcén, que lo hace de Marcio; Lupiñén, de Lupinio, etc.). Otras veces, el nombre de lugar detecta el paso de una vía romana (Utebo, que recibe su nombre de un Octavus, u octavo mojón miliario de una calzada). De acuerdo con tales métodos, es posible establecer las grandes áreas de difusión de las lenguas prerromanas Buscar voz..., indoeuropeas o no, y, en consecuencia, el tipo de cultura y poblamiento que pudieron tener en un momento dado, si bien todo ello sujeto a numerosas limitaciones.

Los sufijos en -briga, en -dunum y en -acum (como los que se detectan en Munébrega, Navardún y Litago, respectivamente) denotan la presencia de celtas Buscar voz... (y, en el último caso, de celtas galos); mientras que los nombres en -güés (Sigüés) pueden significar presencia «vasca» (en el sentido más laxo y menos científico de la palabra), al igual que los en -erre, -gorri o -berri (aunque no siempre se puede determinar si su eventual «vasquización» es anterior o posterior a la expansión medieval navarra).

Desde un punto de vista más genérico, cualquier elemento susceptible de guardar en su estructura o configuración elementos antiguos puede, hoy, ser incluido en la categoría de «fuente histórica», la necesidad de cuyo respeto es mayor, si cabe, en Aragón, por la escasez que, como se ha dicho, existe de antiguos testimonios escritos. Es, entre otros, el caso de los yacimientos; pero también el de la ordenación antigua de los núcleos urbanos, que presentan frecuentemente en los trazados viales y en determinados aspectos de su disposición general muchos vestigios de cómo fueron en sus orígenes. Especial cuidado habría de ponerse en la conservación de nombres de lugares menores (despoblados, campos, pardinas, lomas) que ya desaparecen de la moderna cartografía, privándose con ello para siempre a la investigación de preciosos elementos insustituibles.

(Anónimo de Rávena Buscar voz..., Apiano Buscar voz..., Ausonio Buscar voz..., Avieno Buscar voz..., Catón Buscar voz..., César Buscar voz..., Cipriano Buscar voz..., concilios Buscar voz..., Cornelio Nepote Buscar voz..., crónicas cesaraugustanas, Diodoro Sículo Buscar voz..., Dión Casio Buscar voz..., Epigrafía Buscar voz..., Esteban de Bizancio Buscar voz..., Estrabón Buscar voz..., Gelio Buscar voz..., Gregorio de Tours Buscar voz..., Honorio, Hydacio Buscar voz..., Isidoro Buscar voz..., Itinerario de Antonino Buscar voz..., Livio Buscar voz..., Marcial Buscar voz..., Marciano Buscar voz..., Mela Buscar voz..., Orosio, Paulino Buscar voz..., Plinio, Plutarco Polibio Buscar voz... Posidonio, Ptolomeo, Salustio, Séneca, Sulpicio, Valerio Máximo Buscar voz... y Veleyo Patérculo Buscar voz....)

• Bibliog.:
Prácticamente la totalidad de las fuentes significativas para nuestra Historia Antigua se halla censada en la ponencia «Historia Antigua», de las I Jornadas de Estudios sobre Aragón, Teruel, 1978, Zaragoza, 1979, pp. 120 a 180 del tomo I. El trabajo, elaborado por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad de Zaragoza, ahorra la mención de todos los anteriores. Está dirigido por G. Fatás y cuenta con los apartados siguientes, de interés para el tema: fuentes literarias (M. T. Andrés, M. V. Escribano, G. Fatás, L. Sancho); localidades antiguas y sus fuentes (G. Fatás); fuentes epigráficas latinas (G. Fatás); fuentes numismáticas (F. Beltrán, A. Domínguez, L. Sancho), nómina de personas antiguas y lugares en que aparecen (G. Fatás, F. Marco, P. Utrilla, M. A. Villacampa) y toponimia (F. Marco).

No existe edición en castellano de la totalidad de las fuentes antiguas referidas al actual Aragón. Pueden consultarse, en buena parte y ordenadas cronológicamente, en la serie Fontes Hispaniae Antiquae, editada por la Universidad de Barcelona desde los años 30 bajo la dirección de A. Schulten y con traducciones españolas en casi todos los tomos. Los párrafos de Estrabón y Plinio, con anotaciones aclaratorias, están editados en castellano por A. García y Bellido en la colección Austral, de Espasa-Calpe, bajo los títulos respectivos de España y los españoles hace dos mil años (1945) y La España del siglo I de nuestra Era (1947), continuamente reimpresos desde entonces. Para Zaragoza en la Antigüedad, con notas y comentario, G. Fatás: Lo que el mundo antiguo escribió de Caesaraugusta; para la mal conocida área pirenaica, G. Fatás, Los pueblos antiguos del Pirineo aragonés; para la conquista romana, J. Lostal, La conquista romana de las tierras aragonesas; los tres títulos, en la colección Cuadernos de Zaragoza, Zaragoza, 1978, 1979 y sin fecha, respectivamente. Los relatos de César sobre su campaña por la cuenca del Segre, en su Guerra Civil, libro I, con numerosas traducciones (es cómoda la de V. López Soto, ed. Juventud, Barcelona, 1972).

 

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