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Felipe I de Aragón

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 13/11/2008

(Valladolid, 1527 - El Escorial, 1598). Ocupó el trono de España -como Felipe II de Castilla- entre 1556-1598. Cuando accedió al poder contaba ya con una amplia experiencia de gobierno. Desde 1543 había estado al frente de la regencia que sólo abandonó entre 1548-1551 y entre 1554-1556, ausencia esta última que se prolongó siendo ya rey hasta 1559. Las razones de este abandono estuvieron justificadas por sus viajes a los territorios europeos y por su casamiento en 1554 con María Tudor. En Inglaterra permaneció un año. En 1555 partió a Flandes donde estuvo hasta 1559. Como regente presidió, por ausencia de su padre, las Cortes de 1547 y 1553.

Ya de monarca, celebró Cortes Buscar voz... en 1563, 1585 y 1592 aunque estas últimas fueron a todas luces ilegales. Su reinado como rey de Aragón podría definirse como la última y definitiva etapa de imposición del autoritarismo regio de signo castellano sobre el régimen constitucional medieval aragonés que culminó en las Cortes de 1592. Esta transformación se llevó a cabo en medio de graves y profundas tensiones. Al enfrentamiento de dos concepciones políticas dispares se sumaron otra serie de factores que si por una parte hicieron más difícil el cambio, por otra constituyen el contexto en el que se desarrollaron las relaciones monarquía-reino y, por tanto, su análisis, aunque sea someramente, es imprescindible para entender el comportamiento de las dos partes.

La llegada de los Austrias supuso para Aragón una auténtica ruptura con su pasado. El reino aragonés perdió toda participación en los destinos de la nueva monarquía contrariamente al protagonismo que había tenido anteriormente. Como parte del imperio, estaba sometido a la estrategia que en cada momento exigía el mantenimiento de tan vastos territorios sin recibir nada a cambio. Al contrario, la evolución política internacional obligaba al nuevo monarca a imponer decisiones que además de ir contra los Fueros Buscar voz... perjudicaban los intereses de Aragón. El poderío demográfico y económico de Castilla, muy superior al de la Corona de Aragón, y sobre todo al del reino aragonés, se vio poderosamente acrecentado por la llegada de los metales preciosos del Nuevo Mundo. Unido todo ello al régimen político de Castilla, que permitía al monarca disponer prácticamente con entera libertad de tales recursos, determinaron, juntamente con otros factores, la castellanización de la monarquía. Todos estos cambios provocaron entre los aragoneses sentimientos de marginación y olvido que dificultaron el entendimiento entre las dos partes, agravados por la incomprensión demostrada por Felipe I hacia Aragón.

El nuevo monarca, educado en Castilla y según los principios del autoritarismo castellano, rodeado de castellanos o de extranjeros que servían ante todo su política y convencido del carácter divino de su misión, no sólo ignoraba la realidad aragonesa, sino que además estaba incapacitado para comprenderla. A toda esta compleja situación se sumó el absentismo generalizado de la monarquía, en una época en que la presencia del monarca era imprescindible para conseguir prebendas y justicia. Éstas fueron a grandes rasgos las coordenadas que presidieron las relaciones entre el «rey prudente» y Aragón.

Si por su propia formación, Felipe I tendía a dirigir los destinos de sus reinos a la manera castellana, las necesidades de su imperio acentuaban su tendencia al autoritarismo. Bajo tales condiciones resultaba muy difícil que Felipe I fuera respetuoso con los Fueros como tradicionalmente se ha dicho. Las investigaciones confirman, como era lógico prever, que tal respeto no existió. Conservó los Fueros, pero en modo alguno gobernó de acuerdo con ellos. Frente a los cambios operados en la monarquía, Aragón no sufrió transformaciones en sus estructuras políticas. El régimen constitucional medieval se perpetuó sin solución de continuidad hasta 1592. Más aún, Felipe I no dudó en jurar respeto y acatamiento a este régimen que exigía, por otra parte, una profunda renovación para dar respuesta a las necesidades que tenía planteadas la sociedad aragonesa. Existían por tanto grandes diferencias entre la forma de entender el gobierno de Aragón por parte de la monarquía y de sus súbditos. Tales diferencias únicamente podían superarse mediante las correspondientes transformaciones del régimen político aragonés. Esto no se hizo. Felipe I pasó por alto los Fueros y gobernó, o al menos lo intentó, autoritariamente ante la resistencia de los naturales.

Esta resistencia, que se erigió como la primera oposición de la Península al centralismo de Felipe I, fue fundamentalmente política. Se realizó dentro de los cauces marcados por la ley y con los medios que esa misma ley había previsto. Los protagonistas fueron, de acuerdo con las competencias concedidas por los Fueros, la Diputación Buscar voz..., el Justiciazgo y las Cortes. Fue, por tanto, una oposición oficial. Junto a ella, se dio la de los fueristas, que en algunos momentos protagonizaron determinados alborotos, motines y enfrentamientos armados en defensa de la foralidad. Tradicionalmente se ha afirmado que esta oposición a Felipe I fue practicada por una minoría privilegiada deseosa de conservar sus privilegios. Esta afirmación, si tenemos en cuenta el estado de la investigación, resulta precipitada. Sólo después de estudiar los registros de los brazos Buscar voz... de las Cortes, la documentación municipal que recoge las instrucciones dadas por los concejos a sus síndicos, y los pasquines y panfletos que vierten opiniones sobre el reinado de Felipe I, podremos conocer las dimensiones exactas de la misma. En estos momentos podemos decir que Aragón estuvo muy lejos de formar un frente común ante su rey. Más aún, hubo muchos aragoneses que por ambición o por convencimiento sirvieron los intereses reales antes que los de su reino. En cualquier caso, hubo dos grandes grupos, fueristas y realistas, mientras una gran parte de la población por sus condicionantes socioeconómicos y políticos permanecieron al margen de la lucha. En ambos partidos formaron gentes de los estamentos privilegiados y del pueblo. El monarca, por su parte, utilizó todos los medios a su alcance para vencer esta oposición, ejercida a través de las firmas de inhibición -que interferían las órdenes de la monarquía y obligaban a sus representantes a paralizar su actuación hasta que fuera comprobada por los órganos competentes la legalidad de estas órdenes y acciones-, del privilegio de la Manifestación Buscar voz... y, sobre todo, a través de las cartas y embajadas a la monarquía que protestaban por la conducta de los oficiales reales y por las medidas de Su Majestad contrarias a los Fueros, exigiendo además el correspondiente reparo.

Las Cortes de 1563 y las de 1585 recogieron asimismo los agravios de que había sido objeto el reino y pidieron su reparación. Sin embargo, no se consiguió otra cosa, ante los poderosos medios con los que contaba el monarca, que alargar la difícil vida del régimen foral aragonés. Entre los medios que Felipe I utilizó sistemáticamente contra los Fueros cabe destacar por su importancia la Inquisición Buscar voz... -asociada definitivamente a la imposición de la política de la monarquía y convertida en policía política de la misma-, el soborno y la coacción. Los resultados de esta pugna no se hicieron esperar. El autoritarismo avanzó a grandes pasos en medio del descrédito general de los Fueros, instituciones y autoridades aragonesas. En la década de los ochenta nada funciona con normalidad. Las autoridades e instituciones aragonesas parecen ya dominadas íntegramente por el monarca. Esta imposición del autoritarismo arrastró consigo irremediablemente una castellanización de Aragón.

Paralelamente, ciertos sectores de la población, ante el fracaso de la oposición oficial en la defensa de los Fueros, radicalizan sus posiciones postulando la acción como único medio de hacer frente a las pretensiones de la monarquía. A partir de 1585, los derroteros que estaba tomando el conflicto de Ribagorza, la guerra entre montañeses y moriscos, la desaforada actuación del Privilegio de los Veinte Buscar voz... de Zaragoza en la represión de los bandoleros Buscar voz..., montañeses y moros de la venganza nacidos de la guerra anteriormente señalada, la desafortunadísima renovación del pleito del virrey extranjero y la impolítica actuación del marqués de Almenara Buscar voz..., predispusieron a amplios sectores del pueblo, fuertemente sensibilizados por los últimos acontecimientos, a escuchar a estos radicales.

En estas circunstancias llegó Antonio Pérez Buscar voz.... Su presencia terminó por desencadenar la crisis. Los aragoneses se encontraron con un auténtico dilema. La devolución del ex secretario suponía de hecho la sumisión definitiva de Aragón. La negativa representaba el desacato a la voluntad real y lógicamente el enfrentamiento con el monarca más poderoso de la tierra. Es muy posible que las autoridades hubiesen entregado a Antonio Pérez, pero éstas carecían de poder. Los verdaderos dueños de la situación eran los más exaltados, que habiendo conquistado la voluntad del pueblo zaragozano no dudaron en enfrentarse, mediante las correspondientes movilizaciones populares, a la autoridad real, a la Inquisición y a las mismas autoridades aragonesas. De esta forma, no sólo evitaron la extradición de Antonio Pérez, sino que además propiciaron su huida. Los desacatos a la autoridad real y a la Inquisición y, sobre todo, las graves consecuencias políticas que llevaba consigo la huida del ex secretario decidieron a Felipe I a intervenir militarmente.

A principios de noviembre entró el ejército castellano en Aragón sin apenas resistencia. La represión fue la que realmente convenía al monarca. Más tarde celebró unas Cortes que introdujeron las reformas en los Fueros, que Felipe I consideraba necesarias, sin la menor oposición. Estas reformas se han tratado de minimizar. En realidad cabe decir de las mismas que no fueron las que necesitaba Aragón sino las que interesaban a Felipe I. A partir de este momento, el reino aragonés quedó totalmente a merced del monarca e inerme ante la influencia castellana.

Contrariamente a lo que se ha dicho hasta ahora, el gran vencido de 1591-1592 fue el pueblo aragonés. La nobleza y el alto clero no sufrieron merma en sus privilegios, incluso llegaron a conservar la potestad absoluta sobre sus vasallos, potestad que ha sido objeto de las más duras críticas por parte de la historiografía conservadora. Mientras tanto, si a lo largo del siglo XVI los servicios en dinero y en hombres a la monarquía habían sido fuertemente controlados por las Cortes, a partir de 1592 este control deja de ser efectivo y los servicios votados o arrancados en estas Cortes superaron con mucho a los anteriores, y estos servicios, no lo olvidemos, eran pagados por el pueblo.

Es indudable que los Fueros aragoneses precisaban de profundos cambios. De hecho, en el siglo XVI fueron incapaces de dar respuesta a los graves problemas sociales que tenía planteados Aragón. Al mismo tiempo, las instituciones mostraron un profundo desgaste, exigiendo la correspondiente renovación, pero los aragoneses no quisieron, no supieron o no pudieron hacerla. A lo largo de la centuria faltó un grupo social lo suficientemente numeroso como para emprender esta reforma enfrentándose a los intereses de los estamentos privilegiados, a los municipios encastillados en sus exenciones, privilegios y franquicias y al mismo monarca. La falta de esta burguesía dejó la reforma en manos del único que la podía hacer: la monarquía. Lógicamente, ésta la hizo en su propio interés, que distaba mucho de ser el del reino.

El reinado de Felipe I se vio además envuelto en profundas alteraciones del orden y la paz social. A los conflictos entre concejos y vecinos, típicamente medievales, se sumaron el bandolerismo Buscar voz... que azotó violentamente el norte de Aragón y las revueltas señoriales de Ariza, Monclús y Ribagorza que alcanzaron una virulencia extraordinaria. Esta conflictividad que las autoridades del reino y las del rey fueron incapaces de cortar acentuó el desgaste del régimen político aragonés, que se fue consumiendo en su propia inoperancia, favoreciendo lógicamente los intereses del monarca. (Alteraciones de Zaragoza Buscar voz... y de Aragón Buscar voz....)

• Bibliog.: Marañón, G.: Antonio Pérez; Madrid, 1958; interesa el t. II, pp. 477-501. Riba, C.: El Consejo Supremo de Aragón en el reinado de Felipe II; Valencia, 1914. González Antón, L.: Las Cortes de Aragón; Zaragoza, 1978, pp. 157-193. Colás Latorre, G., y Salas Auséns, J. A.: Aragón bajo los Austrias; Zaragoza, 1977. Colás Latorre, G, y Salas Auséns, J. A. : Aragón 1500-1600. Alteraciones y conflictos políticos; Zaragoza, 1980.

 

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