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Coronación real

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 10/02/2009

(Hist. Med.) Acto litúrgico que en la Edad Media solemnizaba el acceso al trono del nuevo rey, e implicaba la aceptación de la corona y otros símbolos propios de la realeza lo que confiere o confirma el título de rey y permite ostentar la corona real sobre el escudo de armas. De origen visigodo Buscar voz... se difundió luego entre los francos, y posteriormente por toda Europa, llegando también a los reinos españoles de la Reconquista.

Como tal acto solemne, en Aragón no es anterior a Pedro II Buscar voz... (se ignora la práctica anterior), lo que resulta tardío en relación a Castilla y otros territorios europeos (aunque monarcas como Alfonso II Buscar voz... y otros llevan corona, que deben adoptar cuando se casan o son armados caballeros, pasados los veinte años, sin que conste que hayan sido alzados sobre el pavés, a la manera navarra).

En 1204, Pedro II viaja a Roma e infeuda el reino al papa (entonces Inocencio III); es decir, se declara su vasallo y se compromete a pagarle doscientos cincuenta mancusos anuales -renovando en parte lo que había hecho Sancho Ramírez Buscar voz... en 1089, aunque éste se había encomendado sólo personalmente, y comprometido al pago de quinientos mancusos-. Inocencio III autoriza que los sucesores de Pedro II se coronaran del mismo modo, pero solicitando en cada caso la corona a la Santa Sede.

Los monarcas posteriores no aceptaron esta situación, Jaime I Buscar voz..., aunque viaja a Roma, vuelve sin coronarse, porque admite pagar los atrasos debidos, pero no quiere comprometerse a nada que reduzca el poder que ha conquistado con su espada; no logró que el papa aceptara sus condiciones, y murió sin coronarse.

La coronación se reanuda con Pedro III Buscar voz... (1276), pero dentro del reino y, aunque se realice por la Iglesia, sin que se renueve la infeudación. Pedro III y Alfonso III Buscar voz... (1286) protestaron ante notario que no recibían la corona de Roma, sino por derecho propio.

Alfonso IV Buscar voz... y sus sucesores, para borrar todo vestigio de supeditación a los eclesiásticos, se colocaron la corona ellos mismos sin permitir que lo hiciera el prelado oficiante, rompiendo así una larga tradición. Pronto fueron imitados por otros reyes españoles.

A partir de Pedro II, la coronación se efectúa en Zaragoza, lugar designado por Inocencio III, oficiando el metropolitano de Tarragona hasta que le sustituyó el de Zaragoza, diócesis elevada en 1318 a arzobispado Buscar voz.... Aunque algunos reyes protestan que pueden hacerlo donde quieran, aceptan coronarse en la ciudad que se considera cabeza del reino y de la Corona, y esta coronación se refiere a toda la Corona de Aragón, pues asisten representantes catalanes y de los restantes territorios de aquélla. Pedro III no se intitula rey hasta que se corona, aunque probablemente frente a Roma, y porque se entienda que no renuncia a los derechos a la herencia total de Jaime I; y Alfonso III tiene que justificar ante los aragoneses el que se llame rey antes de coronarse, para lo que alega que ya se le dirigen como tal, y que, además, ya lo es de Mallorca.

A Pedro II le había impuesto Inocencio III manto y dalmática, y además, corona, cetro, pomo y mitra. (No es cierta la leyenda de que, colocando los pontífices la corona con los pies, el monarca aragonés, para evitar la humillación, construyera la corona de pan blando, obligando así al papa a emplear las manos.) En la coronación de Pedro II se ha debido de observar un libro de ceremonial utilizado para los emperadores, en tanto que en la de Pedro III y Alfonso III se emplea uno existente en el archivo biblioteca del cabildo de Huesca, que resulta adaptación de otro, borgoñón. Con Alfonso III el rito se estructura claramente en función, coronación, recepción de la orden de caballería y prestación del juramento mutuo entre rey y reino.

Alfonso IV solemnizó notablemente la ceremonia, cuya ordenación corrió a cargo de sus tíos, los infantes Pedro y Ramón Berenguer. Su coronación, celebrada en 1328, constituye un verdadero espectáculo para el pueblo y los demás asistentes, que presencian, ante todo, la procesión entre el palacio de la Aljafería y La Seo. El que ya tiene la condición de arzobispo de Zaragoza practica la unción -procedente de los visigodos, con inspiración en el Antiguo Testamento-, que confiere al rey un carácter sagrado y fortalece así su autoridad frente al reino, y aun frente a la Iglesia. En este sentido, hay que destacar que toda la coronación tiene un sabor eclesiástico, lo que se manifiesta en las vestiduras que se imponen al rey, y en las que se observa una evolución: en tanto con anterioridad a Alfonso IV se asigna al monarca el anfíbalo -equivalente a la casulla, que es propia del sacerdote-, aquél recibe la estola cruzada sobre el hombro y la espalda, que es propia del diaconado, condición que el rey puede ejercer efectivamente y que, por tanto, no es meramente simbólica como la del presbiterado. Los reyes se ciñen ellos mismos la espada, e innovación importante de Alfonso IV es, como se ha dicho, la de ponerse él mismo la corona, gesto que sigue Pedro IV; éste toma el cetro también por sí mismo, con lo que la intervención del arzobispo queda prácticamente eliminada, aunque intente participar de alguna forma, por ejemplo, corrigiendo la colocación de la corona.

Renovados los ritos por Alfonso IV, ordenó por escrito y amplió todo ello Pedro IV, en cuya coronación debe utilizarse otro libro de ceremonial, redactado con precipitación, que tiene como núcleo el aludido borgoñón, pero que utiliza asimismo otro empleado para los emperadores. Este ceremonial es objeto de nueva redacción por el propio Pedro IV, monarca justamente conocido como «El Ceremonioso», quien lo realiza, posiblemente, a través de un eclesiástico catalán en 1353, y que emplea los nuevos rituales que circulaban en ese momento por Europa. En ese mismo año lo incorporó a sus Ordinaciones, constituyendo uno de los ceremoniales más completos, imitado por Carlos V de Francia.

Al atardecer de la víspera de la coronación, se iniciaban los actos con una cabalgata que partía del palacio de la Aljafería Buscar voz... y recorría las calles que iban hacia La Seo, en medio de luminarias y otros signos de regocijo popular. Todas las representaciones de los estamentos de los distintos reinos de la Corona, convocados solemnemente por el rey para esta ocasión, formaban en la comitiva, ordenados meticulosamente según su dignidad. El rey cabalgaba el último, luciendo sus mejores galas, mientras el pueblo le aclamaba gritando: «¡Aragón, Aragón!».

Ya en La Seo, pasaba la noche velando sus armas, si se hallaba con fuerzas para ello, ya que había de estar bien dispuesto al día siguiente para ofrecer a todos sus reinos reunidos la imagen sacralizada que la institución pretendía. A la mañana siguiente, durante la misa solemne, tenía lugar la ceremonia principal: el rey era ungido por el prelado oficiante, de modo similar al de los eclesiásticos en su ordenación; luego recibía las insignias de la realeza: el cetro, el anillo, el pomo o esfera -insignia propia de los emperadores, que Inocencio III había otorgado a los reyes de Aragón- y la corona, en la forma que se ha explicado. Pedro IV reguló la coronación de las reinas, que también son ungidas, aunque unos días después de serlo los reyes.

Concluida la ceremonia litúrgica, la comitiva regresaba a la Aljafería siguiendo el mismo orden anterior, sólo que el rey desfilaba ahora coronado, portando las demás insignias en sus manos. En el palacio se celebraba un «banquete político», así llamado porque estaba destinado a exaltar la institución monárquica ante los representantes de la Corona. El rey ocupaba un lugar apartado y solitario, más elevado que el del resto de los comensales. Los más altos nobles de la corte desempeñaban los antiguos oficios de la casa del rey: mayordomo, camarlengo, copero, botellero, ventalle, etc. Durante varios días el rey tenía mesa puesta a cuantos del pueblo quisieran acudir.

La coronación de los reyes aragoneses es el tema de uno de los libros más destacados del cronista Jerónimo de Blancas Buscar voz..., que ofrece un cuadro detalladísimo de las fiestas que se celebran, y según el cual, en el caso de la coronación de Martín I Buscar voz..., el arzobispo pregunta varias veces a los obispos si el rey tiene el realme, que significa la sucesión a los reinos de la corona. La práctica de la coronación decayó con la introducción de la dinastía Trastámara, siendo Fernando I Buscar voz... el último en celebrarla, en el año 1414.

• Bibliog.: Schramm, P. E.: «Die Krünung im Kathalanisch-aragonesischen Konigsreich»; Estudis Universitaris Catalans, XXIII, 1936, pp. 577-598. Palacios Martín, B.: La coronación de los Reyes de Aragón. 1204-1410; Valencia, 1975.

 

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