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Contrabando

Contenido disponible: Texto GEA 2000

(Hist. Mod.) Las sucesivas trabas impuestas a lo largo de los siglos XVI y XVII en Aragón tuvieron, entre otros, el efecto de motivar un notable incremento del contrabando en las fronteras del reino. En centurias anteriores, la salida ilegal de productos solía estar relacionada con las ódenes dictadas por los diputados, que, en años de cosechas deficientes, vetaban la exportación de cereales, aceite o vino. Se intentaba asegurar de este modo el aprovisionamiento de los regnícolas. Era en aquellos momentos cuando las quejas de los arrendadores de los impuestos aduaneros y las denuncias de los diputados se hacían más frecuentes, claro síntoma del incremento del contrabando.

En la Edad Moderna comienza a limitarse la salida de otros productos que, hasta entonces habían sido de libre comercio. En tiempos de Carlos I, el príncipe heredero, Felipe, prohibió la exportación de cabalgaduras al vecino país francés, bajo el pretexto de que podían servir a los intereses de los hugonotes. Casi de manera inmediata se generalizó el contrabando de caballos. Las noticias sobre esta actividad son frecuentes y sus protagonistas, por lo general, bandoleros montañeses, perfectos conocedores de los pasos pirenaicos. Barbastro se convirtió en el mayor núcleo de concentración de cabalgaduras con destino a su salida ilegal hacia Francia. Las autoridades del reino, considerando que la prohibición no era acorde con los Fueros, pusieron escaso empeño en la persecución de los contrabandistas. La actividad era muy lucrativa y el éxito de la represión escaso, hasta el punto de que el virrey aragonés afirmaba en 1549: «Pronto no quedará un buen cavallo en Espanya que no pase a Francia». Muchas personas, entre ellas los propios soldados encargados de acabar con el contrabando, arrostraban el riesgo de sufrir las duras penas con que se castigaba a los infractores, que podían llegar hasta la pena de muerte.

En el siglo XVII, y como consecuencia de una serie de medidas comerciales, se generalizó el contrabando de otra serie de productos. Aunque resulta imposible valorar el volumen del comercio ilegal, se colige que la actividad fue importante, al menos si tenemos en cuenta las numerosas protestas y denuncias que se suceden a la promulgación de una serie de fueros en las Cortes de Barbastro-Calatayud del año 1626. En este año se prohibió la importación de tejidos de lana y seda, con la intención de favorecer la producción local, al tiempo que se incrementaban los derechos aduaneros en un ciento por ciento. Lejos de lograr los fines propuestos, estas medidas provocaron un notable descenso de la actividad comercial legal, a la vez que una nueva explosión del contrabando; éste perduraría durante casi toda la centuria, no remitiendo hasta la puesta en marcha de las medidas comerciales liberalizadoras adoptadas en las Cortes de Zaragoza del año 1686.

 

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