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Servetismo

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 04/08/2009

La heterogeneidad y novedad de las doctrinas de Servet Buscar voz... dieron origen desde el principio a múltiples malentendidos determinando épocas en que se antepuso el médico al teólogo o se le mantuvo en olvido en ambos campos a causa de la campaña de silencio y condena total debida a su heterodoxia y herético radicalismo. Es, pues, necesario distinguir entre el servetismo historiográfico y el sistemático.

1. La persecución de las obras de Servet comenzó ya el 24-VII-1532, cuando, descubierto su Errores de la Trinidad durante la Dieta de Ratisbona y alertada la Suprema, ésta envió desde Medina del Campo una serie de cartas a la Inquisición Buscar voz... de Zaragoza mandándole registrar todas las librerías «para ver si tenían libros de Lutero, de Colampadio [sic] o del Maestro Reués o de otros reprobados». Por una carta del nuncio Alejandro sabemos que Servet había tenido el coraje de enviarle un ejemplar al arzobispo de Zaragoza. De los mil ejemplares impresos de Restitución, secuestrados por la Inquisición francesa o por Calvino o la católica en Alemania, sólo tres han llegado hasta nosotros. Pero Servet tenía numerosos admiradores secretos, aunque no siempre admitieran todas sus doctrinas. Tales, los que Uwe Plath ha llamado «el círculo de Basilea»: Borrhaus, los Curione, Alciati, Gentile, Gribaldi, Castellio, Vergerio, y sobre todo, anónimos estudiosos de la Universidad de Padua tanto italianos como polacos, algunos de cuyos nombres están siendo descubiertos ahora. Fue lamentable, sin embargo, que sólo se tomaran como esencialmente servetianas las dos posiciones más llamativas de Servet, por las cuales fue teóricamente condenado: su antitrinitarisno y su anabaptismo. Todos sus adversarios del XVI y XVII, desde Calvino, Melanchton, Alex. Alesius (quien le llamó «el hereje de los herejes»), los historiadores protestantes Wigand en 1575 y Schlüsselburg en 1599, y por supuesto la Iglesia católica Buscar voz..., no tienen sobre él otra mira, alicorta y miope, por interesada.

La memoria de Servet, aparte de por sus adversarios, que le atacaban sin leerlo, fue, pues, mantenida por secretos grupos de seguidores. Al ser asesinado un estudiante polaco, Miguel Salecki, en Tübinge en 1559, se descubrió entre sus propiedades el manuscrito de una obra aún inédita de Servet: Declarationis Iesu Christi libri V, hoy en Stuttgart, letra de Gribaldi al parecer y notas marginales de Curione. Un amigo de aquél, el lituano Pedro de Goniadz, estudió en Padua y visitó Ginebra en 1554 y 1555. Vuelto a Lituania, interesó por el servetismo al príncipe Nicolás Radziwill y diseminó sus doctrinas en el sinodo de Secymin en 1556. Poco después, otro médico y teólogo italiano, Giorgio Biandrata, formado en Montpellier, sin contacto personal con Servet, que se sepa, conoció sus doctrinas en Venecia y Padua por los mismos años, y también las defendió y propagó, ya en Polonia, ayudado por Radziwill; su libro De regno Christi es una adaptación del Restitutio, reimpreso también allí parcialmente. El servetismo, aunque mutilado, pervivió así en amplias zonas de Europa oriental, de Lituania a Hungría y Rumanía, de donde bajo la forma moderna de unitarismo fue llevado a Inglaterra y posteriormente a los Estados Unidos. Según Rotondò, en polémica con Friedman, hay que descartar que tuvieran origen servetiano las doctrinas unitarias de Lelio y Fausto Sozzini también activos en esa misma zona. En todo caso, los unitarios actuales, que han deshuesado el servetismo de su armazón filosófica y teológica y de sus dimensiones bíblicas y místicas ancladas en su teoría bautismal, reconocen a Miguel como uno de sus grandes inspiradores. Unidos desde 1961 con los universalistas en la American Unitarian Universalist Association, cuentan hoy día unos dos millones de adeptos repartidos en unas 1.800 congregaciones en Europa y América.

Las doctrinas médicas y científicas de Servet quedaron de este modo totalmente olvidadas ejerciendo influjo también clandestino sin podérselas atribuir a él. Tan sólo al dar el texto de la circulación de la sangre W. Wotton en 1694 en Londres en sus Reflections upon ancient and modern learning volvió a ponerse su nombre en circulación con respeto. Recogiólo el gran Leibnitz, verdadero iniciador de la «restitución» moderna de Servet, y de una nota en las Mémoires de Trévous de 1737 mencionándolo lo tomó nuestro Feijóo, aunque regateándole la gloria para atribuirla al Libro de albeytería de Francisco de la Reyna, de 1552. Los médicos españoles se han cubierto de ella defendiendo siempre, con argumentos convincentes, la primacía de Servet en el Occidente respecto a ese descubrimiento. Se deben consignar en este contexto nombres como los de Banón, Castro y Calvo Buscar voz..., Curieses del Agua, García Llauradó, Izquierdo, Mariscal, Trueta, Vega Díaz, y tantos otros. Pero es claro que este servetismo médico también nos da un Servet mocho y desenfocado, infiel a la amplitud de sus miras.

Otro enfoque también parcial, aunque igualmente glorioso, es el que presenta a Miguel y su sacrificio como arranque de la polémica que llevó a la admisión de la libertad de pensamiento y expresión como un inalienable derecho humano esencial. El tema fue iniciado a su propósito en el libro De haereticis, an sint persequendi (Si hay que perseguir a los herejes), redactado a fines de 1553 por el «círculo de Basilea» bajo la dirección de Castellio, primer rector de la Universidad de Ginebra y exiliado por Calvino, y debatido en otros contra la Defensio publicada por éste, acosado por el clamor suscitado en Europa por el proceso y ejecución. En manos de los liberales del XVII y XVIII se convirtió Servet en símbolo de la víctima intelectual; sería un tremendo error tenerlo, como Alfonso Sastre en una obra desdichada, por símbolo de la víctima política, tradición iniciada por Stefan Zweig. Esta línea equívoca llegó al colmo al organizarse en varios países diversos actos en su honor a fines del XIX y principios del XX, a cargo, nada menos, que de la Sociedad Internacional de Librepensamiento.

Cualquier serio estudioso de Servet podrá comprobar que estas tres direcciones historiográficas del servetismo, aunque relativamente fieles a partes de su contenido, no pasan de ofrecer sólo elementos del mismo, desprovistos de aliento sistemático.

2. El auténtico servetismo, el que aspira a descubrir en él todo un fecundo sistema de pensamiento, ha ido abriéndose camino frente a no pocas dificultades. Los primeros historiadores científicos, no sectarios, del protestantismo (los católicos siempre lo silenciaron) le llaman, como Allworden y Mosheim, «un monstruo de desorden». Fue Pünjer el primero en ver un sistema en Servet y en intentar recomponerlo, en una tesis de 1876, corriente culminante en Tollin, el máximo estudioso del servetismo de todos los tiempos; también en Francia, hombres como Chauvet y Saisset. La obra de Menéndez Pelayo Buscar voz... sobre él, si siempre valiosa por su documentación y sinceridad, como todo lo de Don Marcelino, cojea, vista hoy, por incompleta aquélla y fanática ésta: los Heterodoxos, de 1880, a cuyas páginas siempre hay que volver pero para saber superarlas, regatean a Servet organización y principios metódicos, abundando por el contrario en improperios indignos de una exposición que aspira a objetividad científica. Los tratadistas españoles de las últimas décadas o no se interesaron técnicamente por Servet, condicionados por circunstancias de predominio escolástico y restricciones inquisitoriales, o no tenían acceso a las fuentes imprescindibles para estudiarlo sin prejuicios y con erudición.

La determinación del sistema de Servet depende, primero, de la posesión personal de un cúmulo de conocimientos análogos a los suyos en tan varios terrenos humanistas y científicos como aquellos en que él brilló; segundo de la detección en el océano de sus páginas de unos principios filosóficos y teológicos de raigambre nucleica respecto a sus a veces prolijas e inconexas exposiciones; tercero, de una espiritualidad desligada de prejuicios sectarios, abierta, como la suya, a la inquieta búsqueda y a la convivial tolerancia.

Esto supuesto, hay que señalar tres direcciones analíticas en los servetistas actuales: Bainton, que con su libro (cuya primera edición coincidió con el 4.° centenario del holocausto servetiano), ha insistido en la decisiva importancia de las «criticas nominalistas» de la Escolástica decadente y su asimilación por Servet para formular las suyas propias al dogma tradicional trinitario; Manzoni ha señalado como detonante de mayor impacto los «postulados humanistas» precisamente italianos, de Valla en adelante, especialmente con sus Annotationes al Nuevo Testamento, las del Viejo Testamento de Pagnini, y los textos neoplatónicos en la versión de Ficino; Friedman destaca el intento de Servet de construir lo que él llama, quizá erradamente, una «cristiandad judía», dado que Miguel otorga enorme importancia en su lectura del Viejo Testamento al sentido literal en su estricta interpretación rabínica y a la reposición del absoluto monoteísmo, puente de reconciliación irenista entre cristianismo, judaísmo y mahometismo.

Los estudios más recientes intentan superar también estas limitaciones, entendiéndolas como simples elementos metodológicos utilizados por Servet para la concreción de un personalísimo sistema, objeto de muy precoces intuiciones suyas, cuyos materiales va almacenando lentamente en sus lecturas e investigación progresivas y cuyos principios, casi siempre implícitos, deben hacerse emerger en las nuestras. Siendo imposible extendernos aquí en su exposición, bastará notar que «el servetismo» debe ser entendido como un auténtico sistema filosófico-teológico original, con los mismos honores y claridad de clasificación con que nos referimos ya al platonismo, al aristotelismo, al tomismo, sistemas que reciben el nombre de sus fundadores, y no de su contenido. Junto con el suarecianismo a fines del XVI, el krausismo a mediados del XIX, el ruibalismo y acaso el orteguismo (¡pero no es sistema!) en la primera mitad del XX, el servetismo es el único sistema integral de pensamiento filosófico de un español, de un aragonés, que está obteniendo reconocida universalidad.

El Instituto de Estudios Sijenenses «Miguel Servet» Buscar voz..., es el alma del nuevo servetismo español. Sin él se hallaría sin un promotor y un mecenas que precisa continuadores.

• Bibliog.:
Alcalá, A.: El sistema de Servet; Madrid, Fundación Juan March, 1978.
Id.: Servet en su tiempo y en el nuestro. El nuevo florecer del servetismo; Villanueva de Sijena, 1978.
Bolam, C. G. y Twinn, K., ed.: Essays in Unitarian Theology; New York, 1959.
Feijóo, J.: Cartas eruditas; ed. 1928, t. IV, pp. 145-161.
Feist-Hirsch, E.: «Michael Servetus and the Neoplatonic Tradition»; Biblioth. d´Humanisme et Renaissance, XLII, 1980, pp. 561-575.
Ferrer Benimeli, J. A.: Voltaire, Servet y la tolerancia; Villanueva de Sijena, 1980.
Friedman, J.: Michael Servetus. A case study in total heresy; Ginebra, Droz, 1978.
Kot, S.: «L´influence de Servet sur le mouvement antitrinitaire en Pologne et en Transylvanie», en el libro en colab. Autour de M. Servet et de S. Castellion; ed. por B. Becker; Haarlem, Holanda, 1953, pp. 72-115.
Manzoni, C.: Umanesimo ed Eresía; Nápoles, 1974.
Ongaro, G.: «La scoperta della Christianismi Restitutio di Michele Serveto nel XVI secolo in Italia e nel Veneto», en Episteme, V (1971), 3-44.
Plath, U.: Calvin und Basel in den Jahren 1552-1556; Zürich, 1974.
Rotondò, A.: «Calvino e gli antitrinitari italiani»; Studi e Ricerche di Storia Ereticale Italiana del Cinquecento; Torino, vol. I, 1974, pp. 57-86.
Sánchez-Blanco, F.: Michael Servets Kritik an der Trinitatslehre; Philosophische Implikationen und historische Auswirkungen; Frankfurt a.M., 1977; ed. española: Miguel Serveto: Una filosofía entre Renacimiento y Preilustración. Wilbur, E. M.: A History of Unitarianism; Cambridge, University of Harvard, 1946.

 

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