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Poesía aragonesa contemporánea

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 25/03/2009

Si es escasa la presencia de nombres aragoneses en la historia de la literatura española, hay que llegar a los años cuarenta del siglo XX para perfilar un resurgimiento del quehacer poético de los aragoneses, cuyas figuras, históricamente, han sobresalido más en el campo de la erudición que en el de la creación literaria.

Los poetas aragoneses contemporáneos no forman un grupo coherente, en relación a unas características comunes, y son difícilmente clasificables por generaciones. La actividad de muchos de ellos se ha desarrollado, además, fuera del ámbito regional: Camón Aznar Buscar voz..., Ginés de Albareda Buscar voz..., Francisco Carrasquer, J. E. Aragonés, Mariano Altemir, M. Alvar, R. J. Sender Buscar voz..., etc.

Ya antes de los años cuarenta, I. M. Gil Buscar voz..., encuadrado en la generación del 36, había publicado Borradores (1931) y La voz cálida (1934) y fundado con R. Gullón la revista Literatura (1934), años en los que también publicarían el surrealista Tomás Seral y Casas Buscar voz..., Baylín, Julio Calvo Alfaro Buscar voz..., etc. Ildefonso Manuel Gil, M. Pinillos Buscar voz... y Miguel Labordeta Buscar voz... serán los tres nombres que, a partir de la década de los cuarenta, darán una mayor proyección a su obra en todo este período actual, que estará señalado, como síntomas de su vitalidad, por su abundante creación de revistas, aunque de vida efímera (tras la ejemplaridad de Noreste, 1932-35), donde colaboraron, entre otros, Cernuda, Aleixandre, L. Panero, Altolaguirre, junto a Seral y Casas, Gil, Raimundo Gaspar, María Dolores Arana, Maruja Falena, etc., Proa, Pilar, Doncel, Alcor, Almenara, Alcoraz, Andabata, Cerbuna, Ansí, Orejudín, Esquina, Pliegos poéticos, Despacho literario, Poemas, Albaida, Abrotjos, Narra...; colecciones de libros Orejudín, Dezir, de Coso Aragonés del Ingenio, Papageno, Poemas, fundada en 1963, Fuendetodos, una de las más ambiciosas, San Jorge, Horizontes, Puyal, Olifante...; tertulias (señalaremos por su repercusión y los miembros que la integraron, la del café Niké Buscar voz..., animada por Miguel Labordeta); premios (San Jorge, Luzán, Amantes de Teruel, etc.).

Muchos son los nombres que definen el quehacer poético aragonés de estos años. En la Antología de la poesía aragonesa contemporánea (Colección Aragón, 1978), se destacaba a quince poetas representativos por la calidad y continuidad de su obra. Junto a Gil, M. Pinillos y M. Labordeta, aparecían Luciano Gracia Buscar voz..., premio San Jorge con Vértice de la sangre (1974), director de la colección Poemas; Guillermo Gúdel Buscar voz..., premio San Jorge con Égloga nueva de la tierra propia, 1970; Mariano Esquillor Buscar voz..., de aparición tardía, y que publica, de 1971 a 1981, nueve libros que manifiestan uno de los casos de mayor fecundidad y originalidad poéticas de la actual poesía regional; Miguel Luesma Castán Buscar voz..., premio San Jorge por En el lento morir del planeta, 1972 premio Ciudad de Barcelona por Aragón sinfonía incompleta, 1977; José Ignacio Ciordia Buscar voz..., de obra más reducida, Cafarnaúm (1965), Estuario (1975); Rosendo Tello Aína Buscar voz..., una de las voces de mayor perfección formal de la poesía aragonesa, premio San Jorge por Fábula del tiempo (1969), y Luzán, fundador, con A. M. Navales Buscar voz..., de la revista Albaida Buscar voz...; Julio Antonio Gómez Buscar voz..., fundador de Fuendetodos Buscar voz..., de vigoroso verbo poético, surrealista y social, como en Acerca de las trampas, 1970; José A. Labordeta Buscar voz..., fundador de Orejudín, novelista, iniciador y principal animador del fenómeno de la canción popular; José A. Rey del Corral Buscar voz..., Tiempo contratiempo (1977), Cancionero de dos mundos (1978); Ana María Navales Buscar voz..., premio San Jorge, Del fuego secreto, 1978, y accésit del premio Adonais por Mester de amor, 1979, novelista; Ángel Guinda Buscar voz..., premio San Jorge por La senda, 1973, editor de la colección Puyal Buscar voz..., y José Luis Alegre Cudós Buscar voz..., premio Adonais por Abstracción del diálogo de Cid Mío con Mío Cid, 1973, y Boscán, Primera invitación a la vida, 1979, novelista y autor teatral, premiado por la Academia Española.

A estos nombres habría que añadir los de Fernando Ferreró Buscar voz..., Emilio Gastón Buscar voz..., Benedicto Lorenzo de Blancas Buscar voz..., Raimundo Salas, Alfonso Zapater Buscar voz... (premio San Jorge con Hombre de tierra, 1973, galardonado novelista) y, también, Manuel Estevan, José Verón Gormaz Buscar voz..., Joaquín Sánchez Vallés Buscar voz..., Fernando Castrillo (premio San Jorge 1980), entre otros.

Algunas de estas figuras desaparecen en los años ochenta y noventa. Las letras de nuestra comunidad se vestían por primera vez de luto en 1986 por la muerte de Luciano Gracia quien, después de Tiempo recobrado y huellas de ceniza (1982), dejaba dos testimonios póstumos del mismo palpitar humano y anhelante que los versos de aquella recopilación parcialmente antológica: Cuando la luz asoma (1987) y Eslabones de sombra (1988). Tras la desaparición de Julio Antonio Gómez en Las Palmas de Gran Canaria (1988), la obra de este poeta venía a recibir una atención que no había suscitado durante su tormentosa y errática existencia. En 1989, Antón Castro Buscar voz... editó en Olifante, El fuego de la historia, breve poemario inédito de temática marroquí —con el que había alcanzado en 1977 el premio Marruecos de poesía en español—, como apéndice a una recopilación epistolar (El corazón desbordado). Antonio Pérez Lasheras Buscar voz..., por su parte, en los dos volúmenes de Una pasión sombría. Vida y obra de Julio Antonio Gómez (1992), ha procedido con solvencia a la edición de la obra completa —precedida de un detenido estudio introductorio—, con novedades como la publicación del libro de 1955 Los negros y las de otros materiales inéditos (correspondencia, labor crítica y algunos esbozos para un estudio sobre la poesía y el teatro en España entre 1939 y 1960) que, pese a su entidad menor, resultan indispensables para la comprensión de la trayectoria literaria del autor de Al Oeste del lago Kivú, los gorilas se suicidaban en manadas numerosísimas (libro reeditado de forma independiente en 1993 también por Pérez Lasheras). El año en que murió Manuel Pinillos (1989) aparecía, firmada por José-Luis Calvo Carilla una Aproximación a la poesía de Manuel Pinillos (Estudio y Antología). La tesis doctoral de María del Pilar Martínez Barca, Manuel Pinillos en la poesía de posguerra en Aragón (1997), viene a confirmar el interés que sigue despertando uno de los poetas sobresalientes de la posguerra, algunos de cuyos libros más significativos —Sentado sobre el suelo, La muerte o la vida, Débil tronco querido, Lugar de origen y Cuando acorta el día— fueron reeditados en el volumen Poesía (1990) por la Institución «Fernando el Católico», a modo de homenaje póstumo a quien, por otra parte, dejó a su muerte muchos poemas sin publicar. La desaparición en 1995 de José Antonio Rey del Corral ha sido la penúltima de esta relación de sentidas ausencias. Le había precedido en un año la del polifacético Emilio Alfaro, quien, después de una ya lejana entrega en el «Coso Aragonés del Ingenio» (Mano abierta, 1959), legaba póstumamente la visión amada y agridulce en ocasiones de la ciudad que le vio nacer (Esa otra ciudad, 1994); más desapercibida pasó la del oscense trasplantado a Méjico, Julio Alejandro de Castro Buscar voz... (1906-1995), cuyo renombre como guionista, asociado principalmente a la filmografía de Luis Buñuel Buscar voz..., había dejado en segundo plano su callada dedicación a la lírica, después de La voz apasionada, libro de poemas de 1932 prologado por Antonio Machado (una selección de la creación posterior fue editada en 1987 por Agustín Sánchez Vidal Buscar voz... bajo el título de Singladuras). De Rey del Corral quien había resumido retrospectivamente en Poesías (1987) su ya extenso canto personal popular y solidario, quedará su Poemas del sentido (1988) quizás como el libro más representativo de una plenitud creadora abierta a los más modernos envites temáticos y expresivos. Un cierto retorno a la rítmica sencillez de la canción popular, compatible con reflexiones metalíricas y con un conceptismo de más sombrío calado muestra su variado Inventario (1990) y el por ahora único libro póstumo conocido Parlapalabra (1995).

Uno de los acontecimientos significativos de estos años lo constituyen los ciclos universitarios «Poesía en el Campus» que, dirigidos durante los primeros años por Javier Delgado%4586% y por María Ángeles Naval, han venido ofreciendo la mejor poesía nacional en recitales de los propios autores invitados. Esta actividad ha quedado plasmada hasta el momento en más de cuarenta cuadernos monográficos, cada uno de los cuales constituye una pequeña antología, acompañada de varios estudios breves y, en muchos de los casos, de una completa bibliografía. Hasta enero de 1987 se dilató la existencia de las «Galeradas» de Andalán, una colección que había venido entregando quincenalmente sus separatas desde 1982. Predominantemente líricas y abiertas preferentemente a los vates regionales, las «Galeradas» no se olvidaron de los más jóvenes y del espíritu recuperador que las caracterizó desde sus inicios. Sin desatender la poesía regional, la nacional ha tenido también durante este período un constante seguimiento en las secciones específicas de dos espléndidas revistas (Turia Buscar voz..., co-dirigida por Ana María Navales desde su aparición en 1983, y la desaparecida El Bosque Buscar voz..., por Javier Barreiro Buscar voz... y Ramón Acín Buscar voz... entre 1992-1996) y hacia ella han derivado los números finales de la colección de plaquettes de Fernando Andú, Cave Canem, iniciada en 1989 con seis breves selecciones de otros tantos autores aragoneses.

A la poesía europea, con un interés predominante hacia la italiana, apuntan los objetivos de «Olifante», colección fundada en 1983 por Trinidad Ruiz Marcellán y que, como la más reciente y modesta Lola Editorial, de Manuel M. Martínez Forega, edita poetas de la tierra como contrapunto a traducciones de literatura extranjera. Con todo, el acceso de los poetas aragoneses a la publicación de sus versos sigue siendo facilitado por la ya veterana «San Jorge» de la Institución «Fernando el Católico», única colección de poesía que sigue en pie desde décadas anteriores. En 1983 clausuraba su breve pero cualificada andadura «Puyal», de Ángel Guinda, mientras la benemérita «Poemas» sólo lograba sobrevivir en un año a su director, Luciano Gracia —quien, durante veintitrés años, había cuidado su generosa selección de entregas, las primeras en compañía de Guillermo Gúdel y con la colaboración de José Luis Melero Rivas las últimas—. Heredera de estas empresas editoriales, «La Gruta de las Palabras» de las Prensas Universitarias zaragozanas, fundada, y dirigida desde 1986 hasta 1999, por J. L. Rodríguez Buscar voz..., se ha convertido en la colección de poesía aragonesa de más entidad, con un flexible y ya dilatado muestrario de registros contemporáneos.

Una ininterrumpida atención hacia la vida y la obra de Miguel Labordeta se ha traducido en las reediciones de Sumido-25 (1988) y de Transeúnte central (1991) y en 1994, a propósito del cuarto de siglo de su muerte, en la edición del dietario lírico de Abisal Cáncer por Clemente Alonso Crespo, y de la antología Donde perece un dios estremecido, por Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña y en un Congreso cuyas Actas —Hacia lo alto del Faro (1996), editadas por los dos antólogos citados— contienen, entre otras, la colaboración bibliográfica de Inmaculada y Matilde Cantín, con entradas que recogen incluso la realización de tres producciones fílmicas sobre la figura del poeta. Otras miradas retrospectivas, las dirigidas hacia la poesía de los años treinta y cuarenta, han fructificado en Poesías (1988), antología de Tomás Seral y Casas al cuidado de José Enrique Serrano Asenjo, coeditor, junto con Alberto Montaner Frutos, de los también vanguardistas versos, relatos y prosas líricas de Torbellino de aspas (1991), del catedrático de filosofía pacense Eugenio Frutos (Guareña, 1903 - Zaragoza, 1979) tan ligado a la historia de la cultura y de la poesía aragonesa. De Serrano acaba de aparecer también, en mayo de 2000, en la oscense Larumbe, Fragmentos de la modernidad (Antología de la poesía nueva en Aragón, 1931-1945). Menos pródiga en novedades ha sido la poesía anterior a esas fechas, que cuenta con el exiguo balance de una recopilación de las Poesías (1992), de Luis López Allué, preparada por Ana María Ramírez de Arellano, y una reedición de Flores de muerto (1996) de Luis Ram de Víu, al cuidado de María Ángeles Naval.

Fenómeno digno de destacar en estos años ha sido la colección de reediciones facsimilares de las revistas poéticas aragonesas fundada y dirigida desde 1989 por Luis Ballabriga bajo los auspicios de la D.G.A., y que cuenta con algunos títulos todavía pendientes de aparición. Entre los ya publicados, se encuentran los de las revistas modernistas Azul (1907-1908) y Ambiente (1912), de las de preguerra —Cierzo (1930), Noreste (1932-1936) y Literatura (1934)— y de una nutrida representación de las décadas posteriores a la guerra: Pilar (1945), Doncel (1948-1953), Ámbito (1951), Almenara. Alcandora (1951-1952), Ansí (1953-1955), Orejudín (1958-1959), Papageno (1958-1960), Despacho Literario (1960-1963), Poemas (1962-1963) y Pliegos de producción artística (1974-1975). Todas ellas, incluso las más modestas, han recogido en sus páginas muchas de las plumas nacionales y regionales que contaban en los diferentes momentos de sus fugaces comparecencias, por lo que, consideradas en su conjunto, constituyen un reflejo bastante aproximado del acervo poético aragonés de esta ya agonizante centuria. No tanto lo representa la Poesía aragonesa contemporánea (Antología consultada) (1996) editada por Antonio Pérez Lasheras, mucho más útil por los estudios introductorios y por la información bibliográfica, que por el resultado de su intento de clarificación de la poesía aragonesa del siglo XX, fallido en buena parte por la amplitud cronológica de la consulta, cuando no por la ambigüedad de los criterios propuestos a los encuestados. Nóminas más amplias de la poesía de este siglo reúnen, pese a su brevedad, las dos antologías que Javier Barreiro seleccionó y editó en 1994 y 1995 para su traducción al rumano y al búlgaro (Un veac de poezie în Aragón y Canto del Ebro), exóticas exportaciones de la sensibilidad terruñera publicadas en Bucarest y Sofía respectivamente, aunque con patrocinio institucional aragonés. Intentos panorámicos del estado de la poesía de nuestra comunidad pueden considerarse también los que han quedado plasmados en las tres jornadas de Poemas a viva voz, editadas por la Institución «Fernando el Católico» en 1987, 1989 y 1993, o la representada por los autores que desde 1986 vienen compareciendo en la ya mencionada colección de Prensas Universitarias «La Gruta de las Palabras».

En los años que comprende el presente recuento, Ildefonso Manuel Gil, nacido en 1912, sigue representando venerablemente la única voz viva nacida poéticamente en los años inmediatamente anteriores a la guerra. Con el poemario Por no decir adiós (1999) parece cerrarse un ciclo cuyos perfiles creadores más notables han sido objeto de reedición: Vuelta al amor en 54 poemas (Antología) (1986), Cancionero segundo del recuerdo y la tierra (1992), en el que refunde y amplía su anterior Cancionerillo del recuerdo y la tierra, y Heptapoemario (1995), en el que recupera siete de sus libros anteriores. Director de la Institución «Fernando el Católico» de la Diputación Provincial entre 1985 y 1994, desde 1882 —fecha de su jubilación como catedrático de Literatura Española en Estados Unidos, ha visto reconocida su fecunda labor poética con varios estudios, homenajes y reconocimientos institucionales y públicos—. De 1995 es la tesis doctoral de Manuel Hernández Martínez sobre La obra literaria de Ildefonso Manuel Gil, que supone la contribución más cualificada al conocimiento del poeta.

Antonio Fernández Molina Buscar voz... —nacido en Alcázar de San Juan (Ciudad Real), aunque desde los años sesenta desarrolla su actividad en Zaragoza—, continúa ejercitando en estos años un irrefrenable y seductor desarrollo personal de los transgresores fundamentos postistas bebidos precozmente en los años cuarenta. La fecundidad de su escritura hace poco menos que imposible seguir el incesante fluir de sus publicaciones, algunas en plaquettes o incluso en hojas desplegables o cuadernillos volanderos, con su firma o con la de sus heterónimos «Roberto Goa» y «Mariano Meneses». Destacados libros suyos son, entre otros, Sonetos crudos (1985), La arena del silencio (1986), La punta del iceberg y Lluvia de sonetos (1993), Cabeza de árbol, El visitante melancólico. Las fuerzas iniciales (1994), Carpeta azul, Cantata en el iceberg y Fuego húmedo (1995), además de las recopilaciones retrospectivas Antología poética (1988), El cuello cercenado (1991) e Idiomas diferentes (1992) y de la reedición en 1996 de dos de sus libros más afortunados (El cuello cercenado. Platos de amargo alpiste).

En activo se encuentran también gran parte de los poetas que empezaron a publicar al filo o a comienzos de la década del sesenta. Es el caso de Fernando Ferreró, Rosendo Tello, Emilio Gastón, José Antonio Labordeta, Guillermo Gúdel, Miguel Luesma, José María Aguirre —catedrático en Cardiff hasta su jubilación, aunque hasta 1980 sólo publicó en revistas, ha recogido en Libro de meditaciones (1990) parte de su producción anterior— o Benedicto Lorenzo de Blancas, cronista de una nutrida «generación del Niké» y poeta de tan prolongados silencios como el anterior (Regreso a la tierra, 1986). Por edad puede incluirse por derecho propio en esta hornada a Mariano Esquillor, nacido en 1919 y, pese a haber publicado su primeros versos al cruzar la cincuentena, en posesión de una importante voz en el panorama regional, lo que corrobora una vez más la dolorosa diafanidad sometida a leves distorsiones surreales de sus Elegías a Fuensanta (1993). Lagunas despiertas. Trovador aturdido (1992), Épocas sedientas (1994), Arco lírico (1999) y Tierra negra, cinco poemas (2000) son las últimas entregas publicadas de quien todavía conserva inédita la mayor parte de su producción. Desde los años finales de la década de los ochenta, Fernando Ferreró viene desarrollando una inusitada actividad poética que, de modo paralelo a su obra plástica, ha evolucionado a unas originales abstracciones creacionistas y/o neoconstructivistas. De 1988 son La densidad implícita (1988) y El texto mínimo [1980-1985] (1988), a los que siguen El paisaje continuo (1989) —que recupera parte de su producción entre 1980 y 1985—, Falacia (1992) y Ácromos (1994). La poesía de Rosendo Tello continúa elaborando su prometida «hexalogía» bajo el título general de El vigilante y su fábula. De ella ha entregado Las estancias del sol (1990), el encarte Caverna del sentido (1992) y Más allá de la fábula (1998). Publicadas con motivo de su jubilación como profesor, sus Confesiones en vísperas de domingo (1996) suponen un paréntesis de un mayor grado de espontaneidad, a modo de descanso en la construcción de su ambiciosa mitopoesía, en la que la historia personal cobra un relieve casi esotérico sobre el fondo difuminado de las señas de identidad colectivas. Aunque desde una perspectiva bien diferente —legislativa o procesal, testimonio de su actividad como primer Justicia de Aragón—, las circunstancias personales y regionales más inmediatas son también el factor desencadenante de los Manifiestos (1995) de Emilio Gastón, cuya vocación de poeta cívico se manifiesta en los versos de Musas enloquecidas (1986) y El despertar del hombre selva (1987) y en una recopilación de expresivo título: Antología ética (1990). Con la misma sencillez, lirismo intimista, épica y planto terruñeros de sus canciones, José Antonio Labordeta ha recogido en sus poemas en Diario de un náufrago (1988) y Monegros (1994). Después de su recopilación antológica Acordes para andar por un planeta vivo (1982), Miguel Luesma Castán ha intentado trascender metafísicamente la referencialidad colectiva en una ambiciosa Trilogía del caos, constituida por Elegías apócrifas (1987); Crónicas del abismo (1990) y Reflexiones para después de un sueño (1993). Con ambiciones metafísicas semejantes, desde Asiduo ofrecimiento hasta el olvido (1990) la inspiración de Guillermo Gúdel se ha multiplicado en más de una docena de cuidados poemarios de autor, algunos de los cuales, de escritura reciente, testimonian los mejores registros de su lira, en tanto que otros recuperan parte de su abundante poesía inédita de pasadas décadas Dilema entre camino y caminante (1992); Entre días y noches estivales y Ecos de lo encontrado y lo perdido (1993); En algún punto no aparece el sol y Analogía del amar y el mar (1994); El tiempo sumergido en el espacio, El curso accidental de la existencia y Amor y desamor en claroscuro (1995); Halago natural de los sentidos, Tetralírica de los elementos y Cercos de oscuridad y claridad (1996), Evidencia de las contradicciones, Alegorías de la brevedad (1997), La oscuridad delante de la luz y Viejo episodio para un mundo nuevo.

Originada a caballo entre las décadas del sesenta y del setenta, la poesía de Ana María Navales —actividad que comparte con su dedicación a la novela, al cuento y al ensayo— está representada en estos años por los libros Los labios de la luna (1989) y Hallarás otro mar (1993). En ellos, y diáfanamente en la subtitulada «antología personal» Los espejos de la palabra (Antología personal) (1991), quedan patentes una vez más los temas y los rasgos constitutivos de una poesía caracterizada por su vistosidad formal y, simultáneamente, por un denso clímax meditativo.

Entre los poetas que comenzaron a publicar al comienzo de la última de las décadas mencionadas, Ángel Guinda —afincado desde 1987 en Madrid, donde dirige la revista poética Malvís, con constante presencia de autores aragoneses en sus páginas—, ha proporcionado en Claustro (1990) un nuevo reagrupamiento selectivo de libros y aun de poemas publicados desde 1970, a la vez que el anticipo de proyectos líricos en germen, junto con otros entregados en años sucesivos, como Después de todo (1994) y Conocimiento del medio (1996) y La llegada del mal tiempo (1998). Complementariamente, por su íntima relación con la producción lírica de Guinda desde Vida (a) Vida (1980), cabe citar su libro de Aforismos (1992) y su manifiesto Poesía útil (1994). Tentado por el cuento y la novela, aunque no hasta el punto de que la lírica haya dejado de ser su actividad predominante Joaquín Sánchez Vallés inició en 1988 con La invisible memoria del invierno un reconocido ciclo productivo, que comprende hasta el momento Cuadernos de ejercicios (1989); A la puerta del mar (1990); El tiempo irreparable (1991), El nombre de las cosas (1994), y Preludio y fado (1999). José Luis Alegre Cudós, activo en el teatro y en la narrativa, ha entregado Días de ti y Poemas de la ciudad de dos (1985), Discurso de la dignidad poética (1987) y El canto del siglo (1989). Caso similar es el de José Luis Rodríguez García, orientado actualmente hacia la novela, a cuyo reconocimiento como poeta contribuyen notoriamente De luminosas estancias (1986), Elogio de la melancolía (1992), En la noche más transparente (1993) y Pentateuco para náufragos (1998). Más tardío en su comparecencia pública ha sido José Luis Trisán (Vaniloquios, 1988; Narciso y otras formas del cristal, 1989); Fuga en Espejo, 1991; Nieve de primavera, 1993; y La libertad sonríe (Homenaje a Luis de Pablo), 1999. El zaragozano residente en Madrid, Luis Moliner (Los cuerpos en el límite, 1987; Balada de la misericordia, 1989; Gárgaras: Gárgolas, 1991, y Bethel y Música, 1992); Javier Delgado (El peso del humo, 1988) y Javier Barreiro, poeta de Dientes en un cofre (1988) y editor de una antología sobre la ya copiosa producción de José Verón Gormaz (Baladas para el tercer milenio, 1987; Auras de Adovento, 1988; Ceremonias dispersas, 1990; Pequeña lírica nocturna, 1992 y 1999, A orillas de un silencio, 1995, Epigramas del último naufragio, 1998 y El naufragio perdido, 1999). Antonio Ansón (los poemarios Efemérides, 1979, Memoria del Limo, 1989, y La misiva, 1990, y los ensayos sobre poesía El istmo de las luces, 1994 y Novelas como álbumes, 2000). Manuel Estevan (Diario del frío, 1988, Maigüai, 1992, y El que cuenta las sílabas, 1996); o Manuel Martínez Forega, (Cuerpo de la edad, 1985, y He roto el mar, 1987 y 1993), son otros de los nombres dignos de mención por su actividad publicística.

Los últimos quince años enmarcan también la primera madurez de jóvenes trayectorias que se aventuran sólidas, entre las que cabe destacar la de Manuel Vilas (Osario de los tristes, 1988; El rumor de las llamas, 1990, El mal gobierno, 1993, El cielo, 2000); Ángel Petisme (Un ejercicio sobre la normalidad, 1988; El océano de las escrituras, 1989); Habitación salvaje, 1990; Amor y cartografía, 1992, y Constelaciones al abrir la nevera, 1996); Magdalena Lasala (Seré leve y parecerá que no te amo, 1993; Sinfonía de una transmutación, 1995; La estación de la sombra, 1996; Lo que el corazón me dijo, 1997, Los siete sentidos capitales, 1998); Alberto Montaner (Furor jamás cansado (1985), Tras sus doradas huellas (1986) y Teatro de delicias, 1993); María Pilar Martínez Barca (Epifanía de la luz, 1988; Historia de amor en Florencia, 1989; Flor de agua, 1994); Fernando Andú (La sangre de los alerces y otros poemas —plaquette de 1989— y En otros términos, 1992); Adolfo Ayuso (Para sorpresa y desdén de las hienas, 1987; El ruido del triángulo, 1989; Sal sobre carne, 1989), o Alfredo Saldaña (Fragmentos para una arquitectura de las ruinas, 1989), pueden citarse en este capítulo de nombres que cuentan en el panorama poético más reciente, sin olvidar tardías aunque esperanzadoras iniciaciones, como las de María Carmen Gascón, Joaquín Carbonell o Fernando Sanmartín.

Difícil resultaría la tarea de contabilizar los en muchos casos aún indefinibles ecos juveniles de una posmodernidad creadora babélica y colorista. A la espera de la futura consolidación de algunas voces, el lector interesado en estas primeras tentativas debe recurrir a la colección «Poesía en el Campus» —que viene publicándose desde 1988 como hermana menor de las entregas del ciclo poético del mismo título—, a la cita habitual de las páginas de la revista Rolde —dirigida actualmente por el también poeta en activo Gerardo Alquézar—, a la publicación anual de los premios «Poemas de Zaragoza» (desde 1984) y de los Premios Literarios de la Universidad de Zaragoza, así como a los oscenses «Pliegos Literarios Altoaragoneses», por citar una de las escasas iniciativas poéticas regionalmente descentralizadas. En este heterogéneo capítulo deben citarse finalmente revistas efímeras —a veces casi clandestinas y, generalmente, con el contrapeso de firmas de mayor solidez: entre estas fechas muere Lapsus Calami (1984-1986) y acontecen los natalicios de Caracola (1987), Poetaria (1989), Aquisgrán (1991), Calibán (1994), Poetas al Matadero (1995), etc.—; antologías de presuntas precocidades líricas —como Los placeres permitidos (Joven poesía aragonesa) de A. Guinda (1987), Rerum Novarum (aparecida en los números de Rolde correspondientes a 1988/89 y 1989), Penúltimos poetas en Aragón (1989), de T. Ruiz Marcellán; o Cinco jovencísimos poetas aragoneses (1992), de A. Pérez Lasheras— y colecciones poéticas minoritarias que reflejan las inquietudes de colectivos de convicta marginalidad (como la «Asociación Cultural Braulio Casares» con sus variadas series «Drume Negrita» o, entre otras, la quizá más consecuente «El Último Parnaso», que viene alternando la presencia de los nuevos con la de consagrados como A. F. Molina.

Poesía en aragonés. Tras la generación de los años 70, que inicia la reivindicación y el cultivo literario del aragonés (A. Conte Buscar voz..., F. Nagore Buscar voz..., E. Vicente de Vera Buscar voz...), surge una segunda en los años 80, con Chusé Inazio Navarro Buscar voz..., Chusé M.ª Guarido, Francho Rodés Buscar voz...... que dota a la poesía en aragonés de mayor sentido culturalista y modernidad. A lo que se añade el florecimiento de la poesía en diversas modalidades geográficas de aragonés, con autores como Luzía Dueso Buscar voz... en arag. chistabín Buscar voz..., Bienvenido Mascaray Buscar voz... en arag. ribagorzano Buscar voz... de Campo, Cleto José Torrodellas Buscar voz... Mur en arag. bajorribagorzano, Chusé M.ª Ferrer en arag. benasqués Buscar voz..., Victoria Nicolás y Rosario Ustáriz Buscar voz... en arag. cheso Buscar voz...... Con esta base, en los años 90 se produce la consolidación de la poesía en aragonés común. Entre los autores de esta última generación poética destacan Usón Buscar voz..., Carlos Diest Buscar voz... y Roberto Cortés Alonso (Zaragoza, 1972), este último ganador del premio Ana Abarca de Bolea de 1994 con Escais d’un zarpau d’intes (1995), que aportan una gran dosis de modernidad y de mestizaje cultural. Otros abren la poesía en aragonés hacia otros paisajes y sensibilidades (Bajo Aragón, Sur de Aragón, lo mediterráneo...), así Chuan Chusé Bielsa (Antoloxía, 1990, Diez poemas. Un paisache, 1992; A frescor en a penumbra, 1994), Chusé M.ª Cebrián (Paisaches, 1990) y Chusé Carlos Laínez Buscar voz.... Novedosas resultan las ediciones bilingües aragonés/castellano: Cruzillata (1994), de Usón, y Animals esclarexitos (1995), de Diest. Ch. I. Navarro continúa publicando poemas en volúmenes colectivos y en solitario: En esfensa de as tabiernas y atros poemas (1998). Muy destacable es la nueva aportación poética de Ánchel Conte, O tiempo y os días (1996), así como la última entrega de Francho Nagore, Baxo a molsa (1999).

Poesía en catalán. En la producción poética de los aragoneses de la Franja coexisten la tendencia, predominante en la narrativa, a hablar de la tierra, el paisaje y las gentes de estas comarcas con otra que aborda paisajes humanos y sentimientos no enmarcados en una topografía concreta. En cuanto a las formas predominan el verso libre y las rimas ocasionales, aunque no faltan estrofas clásicas como el soneto y la sextina. De la nómina de poetas aragoneses en lengua catalana, Desideri Lombarte Buscar voz... (Peñarroya de Tastavíns, 1937 - Barcelona, 1989) es el que dejó, al morir, una mayor cantidad de obras, las primeras más pegadas al territorio que lo vio nacer y las últimas de carácter más reflexivo sobre la existencia humana, sin acidez, más bien con tierna ironía. En Hèctor B. Moret Buscar voz... (Mequinenza, 1958) el mundo rural y el urbano no sólo coexisten sino que se funden en una unidad vital y de sentimientos. Otros poetas como Marià López Lacasa Buscar voz... (Mequinenza, 1958) o Juli Micolau (Alcañiz, 1971) parecen querer huir, salvo excepciones, de su marco geográfico vital y abordar temas como el amor y la existencia. La realidad cotidiana, los sentimientos de nostalgia, lo cromático y lo sensorial se dan la mano en la producción de la ceramista calaceitana Teresa Jassa, mientras que el costumbrismo más sencillo y directo se trasluce en los poemas de Aurelia Lombarte (Monroyo, T., 1933), M.ª Pilar Febas (Mequinenza, Z., 1947) y Carmela Pallarés (La Ginebrosa, T., 1947). No podemos olvidar el paisajismo descriptivo, teñido de nostalgia por la pérdida de las tradiciones, de los versos de Josep Galán Buscar voz... (Fraga, 1948) y la importante aportación poética de los cantautores Tomás Bosque Buscar voz... (La Codoñera, 1948), Ángel Villalba (Fabara, 1945) y Antón Abad Buscar voz... (Zaidín, 1958).

 

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